21 de mayo de 2012

Lo que esconde el sortilegio maravilloso de una obra: su color, su sensación y su belleza.



Siempre hay mucho más que ver de lo que vemos, al pronto, en una representación iconográfica romántica... Porque la sutileza de su autor, junto a la sensibilidad subjetiva del que lo mire, producirá el milagro indescriptible de lo mágico y lo bello. Porque entonces lo bello no es sólo una evidencia somera de rasgos equilibrados, definidos o ajustados a la proporción de una hermosa decoración narrativa, no, lo bello se expresará ahora huérfano, solitario, sin sentido, y otras oculto, desde las cuatro esquinas del paralelogramo artístico de un escenario romántico. A veces, se verá..., y otras no tanto. ¿Qué cosa hace, entonces, que se perciba o no? Pues, porque sólo se percibirá con los ojos invisibles de lo más emocional, aquello que ocasiona ahora la singular sensibilidad del que lo mire. Cuando el famoso héroe mitológico griego Ulises alcanzara las islas traicioneras de las Cíclopes, deseoso de conseguir víveres para sus hombres, descubrió cerca de una gran cueva de la isla el ganado que ellos necesitaban para sobrevivir. Allí mismo asarían luego la carne y disfrutarían relajados dentro de la cueva. Pero, ignoraban que el dueño de ese ganado fuese el gigante Polifemo. Éste llegaría a su cueva hacia el atardecer y entonces vieron Ulises y sus hombres la envergadura tan monstruosa y el rostro tan aterrador de Polifemo. Ahora, con su poderoso, céntrico y único ojo, verá Polifemo tendidos en su gruta a Ulises y sus hombres. El gigante, irritado, taponaría con grandes piedras la entrada de la cueva, quedando de ese modo todos encerrados allí.

A principios del siglo XIX, sobre el año 1809, un gran creador británico del Romanticismo, Joseph Mallord William Turner, compuso su óleo romántico Ulises burlando a Polifemo. Sin embargo, la obra de Arte no se fecharía sino hasta muchos años después, en 1829, año en el que se presentaría al público londinense en la National Gallery. La fuerza de sus colores románticos, la genialidad de la composición, la originalidad con la que plasmaría entonces la narración mitológica bajo un grandioso paisaje crepuscular, fueron absolutamente impresionantes para un lienzo romántico, de un alarde artístico casi sagrado e inigualable. Es mucha la belleza estética que existe ahí, desperdigada ahora entre formas, colores o elementos desubicados, sin orden, confundidos además en una mezcolanza de tonalidades apenas sin contornos. Porque aquí la belleza no se percibirá en nada en concreto, en alguna cosa determinada que pueda, ahora, reflejarse claramente en la obra. No, sólo se manifestará en lo que no se ve, en lo que, desde el conjunto de todos esos matices deslavazados, se presiente apenas ahora como una sagrada y luminosa constelación muy poderosa.

Lo que el autor romántico inglés decide contarnos aquí, en su obra romántica de Arte, es una huida de Ulises y de sus hombres en el barco de su Odisea. Pero, sin dejar ahora claro quién es quién, o cómo son, o dónde están, realmente, ubicados los protagonistas de esa leyenda mitológica. Pero, ¿se necesitará saber todo eso en verdad para apreciar la obra romántica?, ¿es preciso conocer aquí cómo son y quiénes son los personajes antagonistas de esta mitología? Porque uno es Ulises, el taimado, inteligente y osado héroe legendario, el que imagina ahora los recursos necesarios para sobrevivir. El otro es el malvado gigante Polifemo, el hijo del dios Poseidón que gobierna las Cíclopes a su antojo. Pero, ninguno de estos dos relevantes personajes aparecen claramente representados en el lienzo, éste además titulado con sus nombres. Ulises decide ahora una hábil y engañosa estratagema para salir de la cueva y huir de la isla en su barco. Porque, sin embargo, no es tan fácil ahora conseguirlo. A la fuerza y ferocidad de Polifemo y sus aliados hermanos en la isla, se unen también las piedras que taponarán la salida de la cueva. Ulises, primero, engañará al gigante no diciéndole su verdadero nombre: le dice ahora que él se llama Nadie. Segundo, lo emborrachará para hundirle luego una rama de olivo en su único ojo. Tercero, se atarán todos -él y sus hombres- a los vientres del ganado que pasta dentro de la cueva. Como el gigante no ve nada, pero no ha perdido su fuerza ni poder, grita a sus hermanos que: ¡Nadie le ha herido en su ojo! Luego, tantea con sus manos el lomo -no el vientre- del ganado, y sacará uno a uno a todos de la cueva, aunque, sin quererlo, también sacará a los griegos, que, aferrados a los vientres, saldrán junto al ganado.

El gran pintor romántico Turner reflejaría en su obra el momento en que los marinos y Ulises, ahora en su barco, se burlarán de Polifemo. Miran ahora todos ellos hacia el lado izquierdo del cuadro, y es por esto que suponemos que ahí estará el gigante. Pero, éste no se ve. Podremos intuir ahora que está ahí, aunque sin verlo. Lo podremos imaginar intercalado apenas entre una silueta montañosa de la isla. A Ulises, sin embargo, sí podremos ubicarlo si nos fijamos detenidamente. Está él en su barco, al parecer en algún lugar del mismo, desde donde ahora llama, retador, a su ofendido gigante. Según la leyenda, ahora le está diciendo a Polifemo de veras quién es él. La belleza romántica del magnífico encuadre iconográfico, sin embargo, no nos exige ahora a nosotros saber nada de todo eso. Sólo admiraremos la maestría tempestuosa de los colores estrellados con el fondo espectacular de un atardecer extraordinario. Pero, ¿es un atardecer realmente lo que estaremos ahora viendo?, ¿por qué no un amanecer?, ¿cómo lo distinguiremos, sin embargo?

Pero, no importará nada de todo eso aquí. Lo esencial aquí es sólo ahora la impresión emocional de ese momento. La narración, si acaso, la sabremos: o la conoceremos de antes o la leeremos después. Ésta no hace más que conferir y ubicar los contornos del magnífico encuadre. Una leyenda que, luego, justificará así lo que ahora estamos viendo, pero que, sin embargo, ya nos habría estremecido mucho antes... ¿El qué?: ¡la magnífica belleza romántica de este encuadre! Aunque sólo esté plasmada aquí con retazos de pigmentos o de líneas desgarbadas, de espacios separados o de formas misteriosas y desconocidas... De elementos siderales y naturales, transformados todo ellos además ahora en una amalgama refulgente de color, casi de fantasía iconográfica pero que comprenderá, así, el sentido más completo de una bella imagen romántica, algo que nos seducirá y convencerá tan solo con verlo. Una belleza que nos evitará elucubrar ahora qué es, exactamente, eso que tenemos delante de nuestros ojos. Porque lo importante en una representación iconográfica romántica como esta es tan sólo ya lo que parece, lo que subyace oculto y misterioso en la obra de Arte, lo que nos sobrecogerá al pronto, ¡su belleza romántica!, tan sólo ahora ya lo que miramos...

(Óleo Ulises burlando a Polifemo, 1829, del pintor romántico británico Turner, National Gallery, Londres.)

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