4 de mayo de 2013

El Arte nos enseña que nada es para siempre, ni inevitable, ni grandioso, ni único.



Marta de Florian fue una actriz de teatro francesa que vivió en el París de la Belle Epoque y los años de entreguerras... Llegaría a conocer al pintor Giovanni Boldini (1842-1931), el cual la retrataría en fulgurantes cuadros modernistas como a otras tantas modelos-amantes del creador italiano, antes y después de a ella. A finales de los años treinta, poco antes de que la Segunda Guerra europea llegara a París en el año 1940, moriría Marta de Florian dejando sus recuerdos adosados a su apartamento. Sus descendientes decidieron entonces abandonarlo y marcharse de París al sur de Francia. Y allí, en la suave costa azul francesa, viviría hasta su muerte su nieta, producida a comienzos del siglo XXI. Cuando por entonces se marchara cerraría así, definitivamente, su piso parisino dejando atrás, y dentro, ocultamente todos y cada uno de los recuerdos de la apasionada y maravillosa vida de su abuela..., desde objetos, muebles y cartas, hasta sus más queridos cuadros y retratos modernistas. Así se mantuvo el inmueble desde entonces, cerrado por completo y sin vida, durante los casi setenta años siguientes a su huida. Unos años en los que nadie lograría ver su interior, olvidado como estaba desde que ella, su bohemia dueña parisina, se alejara decidida a abandonarlo para siempre. 

Así estuvo la vivienda hasta que, en junio del año 2010, unos empleados de una casa de subastas parisina lograron, por fin, abrir el viejo y olvidado apartamento malogrado. Estaba cargado de recuerdos, y guardaba en su interior hasta una obra maestra de Arte, una obra desconocida -no vista nunca antes por nadie- que le hiciera el gran Boldini a su dueña a fines del siglo XIX. Era un retrato de Marta de Florian pintado hacia 1898, cuando ella tendría por entonces unos maravillosos treinta y cuatro años. Alojaba así el cerrado lugar los recuerdos de una vida pasada, alocada y errabunda. De cartas llenas de remitentes perdidos entre cajas entreabiertas, de personajes escondidos entre múltiples cartas de amor resguardadas por el tiempo. No existían referencias de esa obra de Arte de Boldini. Nunca se habría llegado a mencionar ese retrato por nadie. Se mantuvo la obra así, inexistente en la vida, sólo entonces ya olvidada -con vida extinguida- por su modelo parisina, la cual la dejaría así, abandonada, junto a cientos de existencias perdidas; cosas que luego, para nada, quisieran recordarlas llevándoselas consigo... Fue subastado el retrato de Boldini -vuelto a recordar, vuelto a nacer ahora para el Arte- en más de dos millones de euros. Mucho más, o mucho menos, que cualquier otro valor que para ella tuviese -entonces como ahora- todo aquel recuerdo perdido de antes.

El Arte fue desarrollado, realmente, por los antiguos griegos hace siglos. Ellos fueron los primeros que le dieron el sentido de belleza resguardada, de memoria de lo bello... También le dieron un sentido de grandeza, uno con el que quisieron eternizar tanto valor efímero como albergara, sin embargo, el fútil sentido de la vida y su existencia. La mitología fue su sostén literario, los poetas y pintores fueron los primeros creadores griegos que divagaron artísticamente por sus épicos lugares mediterráneos. Esos mismos lugares, tan bellos, que ellos ya quisieran recordarlos para siempre. Y así fue como descubrieron la memoria... Y así fue como quisieron glorificarla con el Arte. Y la ensalzaron, la cubrieron de pasión, de emoción, o de subyugantes efluvios divinos. Dionisos, el dios griego de los placeres, el dios oscuro de los momentos a recordar, fue el mayor símbolo mítico de sus eternas creaciones artísticas. Así surgieron sus obras, sus relatos, sus leyendas o sus imágenes, así, también, sus recuerdos y su Arte... Orfeo sería uno de esos míticos personajes griegos recreados de toda aquella mitología inicial. Él consagraría su vida mitológica -o real- a su pasión más desbordante, es decir, a sus deseosos momentos de mayor gozo y éxtasis personal. 

Pero, también fue Orfeo quien olvidaría muy pronto su recuerdo -la bella Eurídice-, asombrado ahora quizás por lo visto en su delirio... Porque, ahora, él olvidaría a Dionisos para adorar, a cambio, al dios Apolo, el gran dios -contrario por completo al delirio- de la luz más poderosa, de la más perfecta, de esa misma luz que todo lo asombrara. Las Ménades, aquellas muchachas dionisíacas que bailaban enamoradas de la música de Dionisos, desataron un día la furia hacia su antiguo héroe -Orfeo- al verse ellas ahora despreciadas con su nuevo gran dios impertinente... Orfeo acabaría siendo decapitado por esas mismas muchachas..., como aquellas ofrendas que, en las bacanales fiestas de sus bailes dionisíacos, acabaran luego siendo, a la vez, sacrificadas. En el cuadro del pintor simbolista Gustave Moreau aparece ahora degollada la cabeza de Orfeo entre las manos de una desolada joven dionisíaca. La imagen melancólica enfrenta ahora aquí las miradas de ambos personajes, uno destruido y olvidado, y otra que, sin embargo, le recordará para siempre nostálgica y triste. ¿Querría así la joven, con su gesto gentil y bondadoso, querer olvidar ya la locura tan fatal y vil que cometieran las Ménades...?

El filósofo griego Platón escribiría una vez sobre la magia del Arte... y sus sobrecogedores efectos en el alma del espectador. Acusaría de magos a todos los creadores de imágenes, tanto poetas como pintores. Todos ellos atraen -decía el filósofo griego- los ojos de los hombres hacia imágenes fulgurantes antes que hacia el fulgor de la verdad... Entonces, ¿es lícito recordar con la memoria del Arte todo lo que queramos recordar, o sólo aquello que verdaderamente lo merezca? Otro griego que vivió años después de Platón, Plutarco, escribiría también sobre el recuerdo: La memoria es para nosotros la visión de las cosas para las cuales estábamos antes cegados. ¿Qué nos puede entonces decir de todo esto el Arte? Porque, ¿qué es lo que nos ofrece una imagen iconográfica?: ¿un presente permanente?, ¿un pasado inspirador?, o ¿un eterno sin tiempo que permanecerá por siempre vívido y recordado? ¿Bastará además una sola imagen para ello, o podrá haber siempre nuevas imágenes que puedan hacernos olvidar las anteriores? Un gran escritor francés, Marcel Proust, nos dejaría una prodigiosa cita escrita en su gran obra literaria En busca del tiempo perdido: Este falso efecto, que me acercaba un momento del pasado incompatible con el presente, este falso efecto, no duraba. Esta contemplación, aunque de eternidad, me era fugitiva...

(Óleo El beso, 1925, Franz Helbing; Retrato de Marta de Florian, 1898, Giovanni Boldini; Óleo Contemplación, siglo XIX, del pintor británico Thomas Benjamin Kennington; Cuadro Orfeo, 1865, Gustave Moreau, Museo de Orsay, París; Relieve romano Baile de las Ménades, 140 d.C., copia de una obra griega del siglo V a.C., Museo del Prado, Madrid.)

3 comentarios:

sacd@ dijo...

Ciertos hombres esconden en el alma un gran fuego y nadie viene a calentarse en él. Unas palabras de un hombre que pasó por la vida fugazmente, con un corazón volcánico. Después de su muerte explosionó como el Vesubio; calentando el helador corazón humano.
Un caluroso saludo.

PACO HIDALGO dijo...

Gran reflexión. Me ha gustado conocer la historia de Boldini y ese apartamento parisino. El arte siempre nos deja recuerdos, fragmentos de la existencia y eso vale mucho. Un fuerte abrazo, Alejandro.

Booklovers dijo...

Precioso todo, y más aún me gustó la reflexión del titulo. Adoro tu blog, y te desde ahora te sigo.

¿Me ayudas con un comentario en mi blog de literatura? Es para un concurso, te lo agradecería muchísimo.
Saludos.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...