10 de enero de 2014

La expresión más inútil, melancólica y frustrante por buscar y crear Belleza durante toda una vida.



Con la maravillosa forma de endulzar lo trágico que tiene el Arte, el manierista además, vemos en este lienzo de Tiziano (c.1485-1576), para ese momento histórico de gran exaltación de la Belleza, una de las creaciones más sórdidas, impactantes, duras o sanguinarias tanto del propio pintor como de toda la mitología grecolatina. Fue al final de su larguísima vida cuando el gran pintor veneciano compuso esa escena trágica, una imagen donde ahora un sátiro -una criatura mitológica alegre, pícara y atrevida- es colgado bocabajo de un árbol para ser torturado vilmente, en un desgarro tan criminal y violento, con el desollamiento más despiadado de su cuerpo. Basado en una leyenda del escritor latino Ovidio -de su gran obra Las Metamorfosis-, donde nos contaba el poeta romano el enfrentamiento entre el dios Apolo, conocido por su orgulloso alarde artístico con la lira, y el indolente y bondadoso Marsias, un virtuoso de la más sencilla y amable flauta. Este agradable sátiro -Marsias- había adquirido con su flauta una extraordinaria confianza y virtuosismo, por tanto, acabaría llegando a realizar con ella unas ejecuciones musicales maravillosas. Así que fue entonces cuando el despiadado dios Apolo le retase en una competición artística muy diabólica... Para ese momento, no dudaría Marsias, sin embargo, enfrentarse al poderoso e implacable dios mitológico. ¡Pero qué ingenuidad...! ¡Qué cruel destino peligroso el de los que, como Marsias, no verían el terrible y espantoso gesto de querer atreverse a retar a los dioses, a la cruel vida poderosa y desatenta! Esa misma vida que, a veces, ofuscada y vengativa, se ofenderá fatalmente ya con sus criaturas indolentes.

No le bastaría al gran Apolo con ganar obligando a los jueces -en este caso Midas y unas Bacantes- a elegirle a él. No, decidió además el dios apolíneo, sin remilgos, atropellar con la violencia más desgarradora al atrevido, amable e ingenuo Marsias. En otra leyenda mitológica se enfrentaba el rey Midas con la tesitura de juzgar una competencia entre dos dioses: Pan y Apolo; algo peor aún, donde sólo ahora el juzgador podría salir mal. Y así fue. El independiente y honesto Midas siempre ofrecía su opinión libremente y en ningún caso ésta sería para el vanidoso Apolo. Así que ahora, frente al dios Pan, acabaría también el dios Apolo ofendido para siempre. Luego, hasta transformaría las orejas de Midas en las de un torpe burro entristecido. Sin embargo, en el lienzo manierista de Tiziano, El castigo de Marsias, Midas sólo sería ahora aquí un juez más. Ofrecería su aplauso a Marsias, mientras que las Bacantes, más simpatizantes del apolíneo dios, se lo acabarían negando trágicamente. Es por lo que el dios de la razón, de la luz, de lo perfecto y lo correcto -el dios Apolo- acabaría destruyendo así a uno de los representantes de lo dionisíaco, de lo amable, de lo ingenuo o de lo confiado. Justo todo lo contrario de lo que representaba el vanidoso dios Apolo. Es decir, la fuerza de la inspiración, de la emoción, de la oscuridad, de lo imperfecto o de lo desbordante..., eso era lo que representaba el dionisíaco y bondadoso sátiro Marsias.

El pintor Tiziano decide terminar pocos meses antes de morir este misterioso, melancólico, duro y esclarecedor lienzo manierista. Esclarecedor porque él acabaría comprendiendo que, después de todos sus largos años de creación artística tan clásica, nada terminaría nunca siendo justificado como un extraordinario alarde estético -ni siquiera como éste, uno artístico tan ético- para descubrir y representar ahora la gran Belleza tan querida, perdida o anhelada por los hombres. Porque, ¿dónde estaría esa Belleza, la gran belleza deseada, en un mundo tan carente de ella? En el cuadro manierista de Tiziano aparece autorretratado incluso el propio pintor, ahora como el personaje del rey Midas -sentado a la derecha-. Reflejaba así, con su imagen representada, el semblante meditabundo y desolado de un ser que observa ahora cómo, al final de su vida, la ilusión confiada e ingenua de algunos personajes terminaría, irremediablemente, superada por los acontecimientos más viles de un mundo -o de los taimados seres humanos- torticero, injusto, cruel y desatento. Y el pintor italiano utilizaría aquí -anticipadamente, como los grandes genios- una fuerza estética muy poderosa con sus colores y sus trazos manieristas, ahora tornasolados, ahora abigarrados, casi expresionistas, para plasmar con ellos las terribles  contradicciones o sinrazones más absurdas de este mundo. Como serían fijados también en su obra los rasgos estéticos de una sensación muy expresiva de querer ahora narrar, con ellos, el dolor o el tormento más descorazonador de una vida y sus miserias.

Tal fue así la obra manierista que creadores actuales se han inspirado en ella para componer, muy expresionistamente, sus homenajes modernos al gran maestro renacentista veneciano. Porque en esta curiosa obra maestra de Tiziano está ahora todo lo que ofrece así una alarmantemente anatomía de la crueldad, de lo más despiadadamente inhumano de la vida. Porque aquí, sin embargo -a pesar de eso-, son ahora los mismos dioses, descaradamente, los que intervendrán decididos en el terrible castigo a Marsias: los dioses Apolo, el dios Pan y otro sagrado personaje. Y, además, son también aquí unos ajenos espectadores, pasivos y tranquilos, los que acudirán a su vez a observarlo mientras él sufre así, calladamente. Por ejemplo, Midas, representado aquí como el propio pintor; también Atenea, con su violín; y diosecillos varios así como algunos que otros inocentes animales. Porque es aquí hasta el propio Marsias el que ahora mire, invertido su cuerpo, hacia afuera -hacia nosotros, hacia los que estamos mirando ahora el cuadro- con sus ojos inhibidos y una mirada sin dolor, sin rencor incluso, sin ira, sin otra cosa más que una especial dulzura incomprensible... Esa misma dulzura que, sin embargo, de las cosas inevitables se terminará engarzando así en la vida, sosegadamente, ahora ya entre una inútil emoción y su evadido ánimo...

(Óleo Desollamiento de Marsias, 1576, Tiziano, Palacio Arzobispal de Kromeriz, República Checa; Cuadro del artista actual Daniel Goodman, Desollamiento de Marsias después de Tiziano; Obra Estudio sobre el desollamiento de Marsias, Tom Phillips, 1986, National Portrait Gallery, Londres; Obra Marsias desollado por Apolo, 1964, André Masson.)
 

2 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Este es un mito de lo más político. En el fondo nos está diciendo "al que se le ocurre desafiarme lo elemimino". Teniendo en cuenta la creencia del origen divino del poder de por entonces y los supuestos ancestros míticos de los monarcas la lectura es de un elemental que me avergüenza resaltarla. Por otra parte los artistas de la época eran socialmente poco más que criados de sus clientes. El poder sacralizado, desde luego pero no olvidemos que ciertos temas esconden los bajos instintos del humano, en este caso la crueldad y ¿por que no? un cierto sadomasoquismo latente.
Un abrazo

lur jo dijo...

Quizás, que la obra del último periodo de su vida, no fuera entendida o apreciada al máximo, fue debido a que él, se adelantó con su pintura en el tiempo.

Un abrazo.

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