28 de julio de 2016

La alegoría encubierta de una emoción efímera que descubre una belleza dormida.



Un crítico francés de la Ilustración -Denis Diderot- le dijo una vez a este pintor en el año 1767: Amigo mío, está usted lleno de gracia, pinta y dibuja muy bien, pero no tiene imaginación ni espíritu; usted sabe estudiar maravillosamente la naturaleza, pero desconoce el corazón humano... Louis Jean Francois Lagrenée (1724-1805) fue uno de los pintores más famosos de su tiempo, sin embargo. En su época supo distinguirse de un Rococó demasiado monótono para rozar pronto un Neoclasicismo académico, impregnado tanto de los grandes maestros italianos como de sus grandes antecesores franceses. Pero, efectivamente, no consiguió la gloria.

En el año 1770 se decide Louis Jean Francois Lagrenée por crear un pequeño lienzo (65 cm x 54 cm) al que titularía Marte y Venus, Alegoría sobre la paz. ¡Cuánto mensaje hay ahí... en tan poco espacio! El dios Marte representa la fuerza desestabilizadora, la agresión más violenta, la manifestación del terrible conflicto o de la Guerra... Venus es la diosa de la Belleza, de justo todo lo contrario: del equilibrio más estable, del sosiego más embriagador, de la satisfacción más placentera. Ambos dioses, en la leyenda, se amaron una vez. La Mitología es aquí compleja porque, ¿fue un amor adúltero o legítimo? Pero no es eso lo importante ahora aquí para el Arte. En el Arte han sido glosados ambos dioses romanos por su atracción y por su oposición. Y aquí, en su obra neoclásica, el creador francés Lagrenée compone ahora su idea de lo que una alegoría de la paz debía ser...

¿Por qué una alegoría de la paz con dos amantes tan opuestos? Ya se había entendido y representado antes por otros pintores la capacidad de Venus de calmar la fuerza arrasadora de Marte, es decir, la sutileza ahora de la Belleza para tratar de frenar el impulso más demoledor del conflicto humano. Y el pintor francés diseña aquí su pequeño universo pictórico para componer una escena alegórica sobre la paz. Aparecen los dos dioses juntos luego de haber consumado su amor. Venus está aquí dormida y los símbolos de las armas de Marte están situados en el suelo. Hay dos palomas blancas además, aquí dedicadas a la paz ¿Qué otra cosa si no puede ser esta escena galante y plácida? La paz está ahora totalmente brillando aquí por doquier mientras Marte siga seducido por la visión de la Belleza.

Y es en ese mismo momento, el que dura la visión esplendorosa de la Belleza tranquila, vencida o dominada aquí por la emoción padecida poco antes, cuando ahora el pintor fije su escena pictórica con una representación, sin embargo, muy dramática. El creador la encuadra con una cortina verde descorrida por la mano poderosa y decidida del dios. Quiere mostrarnos así él la maravillosa visión de Venus dormida. Quiere hacernos partícipes de esa visión maravillosa. Pero, también, sin aquél mismo quererlo así, nos ofrece aquí el pintor ahora otra: la oscuridad más tenebrosa detrás del mismo dios maravillado. ¿Por qué? La escena pictórica solo nos descubre ese momento, ese pequeño instante que dura menos de lo que su visión pueda mantenerse en un tiempo. Porque, luego, el dios Marte volverá a colocarse su armadura, se cubrirá su cabeza y acabará tomando su espada...

Esa oscuridad del fondo de la imagen, representada en el lienzo también y descubierta ahora, es la simbología más sutil para comprender aquí la más efímera sensación de una alegoría semejante. Porque no es que no desee el dios quedarse subyugado para siempre de algo que admira convencido. No es que las palomas no deseen anidar en el casco ahora útil que una de ellas ocupará decidida. No es que la diosa no confie ya en la dulzura del presagio placentero que siente ella mientras duerme tranquila. No; es que el pintor francés, aquel que enjuiciaron una vez como exento de conocimiento, quiso entonces describir bellamente en este pequeño óleo neoclásico, ahora sin angustiar, sin desembridar, sin incomodar o sin desesperanzar mucho, la fragilidad más invisible e inevitable que encierra siempre la oscura, tenebrosa y enigmática naturaleza humana.

(Óleo Marte y Venus, alegoría sobre la paz, 1770, del pintor Louis-Jean-Francois Lagrenée, Museo Paul Getty, Los Ángeles, EEUU.)

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