9 de febrero de 2017

El naturalismo intimista de Bail transmutará la mirada del espectador a la retratada.



¿Qué es el Arte si no mirada? Los que nos acercamos a él queremos mirar lo que nos representan sus misterios, deseamos aprehender cada rasgo, cada color, cada gradación, cada detalle o cada cosa que nos descubra a nosotros reflejados en algo ahora en el lienzo.  El Arte nos enseña algo desconocido; nos hace conocer lugares o cosas que otros, antes que nosotros, han visto o conocido o sentido o percibido con su inspiración..., también desconocida para ellos. Sin embargo, queremos al visualizar una obra reconocer muy pronto lo que en ella vemos. Por eso nos fascina el Arte, porque siempre nos sorprenderá, aunque sea en un instante desconocido o manifiesto. Luego podremos satisfacer o no nuestra curiosidad o nuestra emotividad inquieta. Pero necesitaremos ver, antes que nada, lo que el Arte nos ofrece delimitado, enfocado así en su pequeño universo que, ahora, para nosotros, es todo el mundo que existe. Cuando nuestro cerebro acaba por familiarizarse ya con la representación concreta de lo que vemos, terminaremos por asociar esa imagen con un concepto, con un símbolo, con una realidad y con una sensación específica: aquéllo indefinido que el creador, sin embargo, habría plasmado de modo definido en su obra. A este fenómeno concreto nos limitaremos para comprender qué cosa es lo que, agotando cualquier otra, realiza en nosotros el sentido sublime -o no tanto o nada- de la maravillosa experiencia del Arte.

Pero, ya está, se habrá acabado pronto ese misterio. Porque hemos visto la realidad del fenómeno representado, de ese paisaje, de ese retrato o de ese objeto concreto que, con todas sus características, o no, describirá así el sentido estético e icónico de la imagen inspirada. Nuestra curiosidad estará satisfecha entonces, no hay ya nada más. Aquí, sin embargo, salvaremos las obras maestras, unas creaciones excelsas que, extrañas, geniales o sublimes, siempre nos arrebatarán a cada nuevo intento de visionado posterior. Pero, en general, todas las obras de Arte acabarán satisfaciendo pronto nuestro deseo innato de ver...  Salvo que no veamos... Es decir, salvo que no veamos lo que, existiendo en la realidad relacional de la obra, no aparezca ahora a nuestros ojos. Pero que, sin embargo, está ahí, en el sentido artístico del hecho relacionado manifiestamente con lo principal de la obra. Y este es el caso del creador naturalista francés Claude-Joseph Bail (1862-1921) y su lienzo La joven encajera. El pintor admiraría las obras de aquellos pintores detallistas de interiores que, reflejando las cosas como son más que como parecen o simbolizan, acabarían siendo denominados naturalistas. En sus escenas de género o en sus retratos de interior nos hacen descubrir la cotidianeidad de la vida sosegada. Y en algún momento de finales del siglo XIX o principios del XX compuso esta extraordinaria encajera, un personaje además muy compuesto a lo largo de toda la historia artística.

Pero el creador francés no solo representa a una costurera típica en su tarea, sentada incluso con sus útiles en su regazo, con el canasto en el suelo ahora conteniendo el tejido para encajar. No, aquí hay algo más, algo que hace a esta encajera -desde la famosa obra de Vermeer- una singular creación entre todas las encajeras del Arte. Porque ella ahora no está tejiendo, no está haciendo nada ahí, solo algo muy extraordinario: mirar. La encajera de Bail está ahora mirando algo. Pero el enfoque artístico va más allá de una simple mirada ocasional de un personaje retratado. No, ni siquiera eso. Ella no ha empezado aún su tarea. Se ha sentado frente a la ventana abierta y, sin comenzar nada, mira atenta a algo que solo ella ve. Sólo ella. Nadie, ni el pintor, está viendo ahora lo que ella ve. Por eso el misterio aquí es sublime. Por eso podremos elucubrar lo que queramos para satisfacer la curiosidad imposible de esta obra, que nunca acabaremos por satisfacerla. Cualquier cosa, de la infinidad de cosas que el universo pueda poner a los ojos, está ahora representado ahí. Nunca terminará la obra por agotar nuestra mirada, nuestra curiosidad o nuestro ánimo de aprehensión. Esta fue la grandiosidad artística de su autor: que convirtió una escena de costumbre o género en una extraordinaria obra de Arte.

Por que siempre nos preguntaremos ¿qué es lo que la joven encajera está viendo? Si nos fijamos bien, la mirada de ella es algo displicente ahí, es decir, es desdeñosa incluso, desinteresada. Pero no tanto como para que ella no eleve ahora, arqueada levemente, su ceja izquierda en un gesto de cierta curiosidad natural imprecisa. Pero, sin embargo, su ademán es claramente pensativo. La imagen de lo que ella ve no es, probablemente, la imagen de lo que la ventana encierra. Pero, esto es más genial incluso: el pintor francés reflejaría en ella lo que podremos hacer ahora nosotros mismos al visionar esta obra: divagar con el pensamiento la mirada de lo que solo imaginamos...  Es, también, lo que se hace simpre con el Arte. Lo que la joven está haciendo ahí es parte de lo que el Arte nos produce a nosotros: recrear emociones múltiples, tantas como ojos diferentes vean la misma o distinta cosa. Porque el interés de la mirada está representado vagamente siempre, como el Arte; porque el objeto de la mirada está representado subjetivamente siempre, como el Arte. Porque la visión de una imagen artística nos producirá siempre esa misma elusiva, evanescente y tenue emoción. La misma emoción que la joven encajera de Bail nos transmitirá en esta naturalista, intimista y genial obra de Arte.

(Óleo La joven encajera, finales siglo XIX-principios del XX, del pintor naturalista francés Claude-Joseph Bail, Colección privada.)

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