En el Arte sabremos, desde el siglo XIX, que la Belleza es una cosa relativa, subjetiva y sustituible... Que, así, cuando ella es el resultado de otras cosas diferentes de las que antes habría sido coronada hace siglos, revoloteará ahora displicente o desdeñosa, con unos rasgos portadores además de una significación muy distinta ahora de la que, por ejemplo, definieron los pensadores y filósofos renacentistas en su enfervorizadora muestra de atributos platónicos, o de refulgentes expresiones de una armoniosa, exultante, grandiosa o hermosa descripción de unos elementos estéticos favorecedores de emoción, de arrobamiento, de encantamiento o de un cierto candor armonioso, equilibrado ahora así además con la conjunción de lo grande y lo pequeño, de lo sutil y de lo gratificante; de lo satisfactorio también, con la propia vida expresada ahora con gran fervor y llena así de un esplendor fragante. De la vida exultante; pero no con algunos elementos de la muerte, que la pueden hacer ahora así más degradante o más desarmoniosa con el sentido más heróico o trascendente de ésta. Sin embargo, en el Arte, la muerte de la divinidad, o la de los héroes, fue un motivo grandioso de extraordinaria sublimación artística poderosa. La muerte como transfiguración de emociones universales asociadas a la salvación o a la ética apolínea más gloriosa, sería encumbrada por el Arte desde siempre en su historia. Pero no tanto la demostración evidente de los restos de unos elementos humanos cadavéricos asociados así con lo macabro o más rechazable estéticamente; de unas formas escatológicas separadas ahora de atributos solemnes o de majestad trascendente o de luminosidad infinita. Y esto fue lo que el extraordinario pintor veneciano del Renacimiento, Vittorio Carpaccio, llegaría, sin embargo, a realizar una vez con su obra renacentista La preparación de la sepultura de Cristo en el año 1505. Este primoroso creador veneciano, tan original como habilidoso, mostraría en sus obras la nueva y acentuada perspectiva renacentista de aquel momento extraordinario. Es Arte lo que compuso con la grandiosa capacidad de combinar espacios, planos, distancias, momentos o escenas de una geometría artística maravillosa. Sin embargo, en esta original obra sobre la sepultura de Cristo, con su alarde creativo tan extraordinario, con su acorde transmisión de una semblanza estética llena ahora de un fuerte contraste trascendente, llevaría a cambio a la Belleza, a la idea grandiosa y exultante de la Belleza, a una vulgar servidumbre estética, mortalmente ahora impactante, despiadada o fatalmente grotesca.
En la Pintura, en el Arte, la representación de los diversos símbolos estéticos, sean estos los que sean, serán absorbidos por la genialidad global de una escena artística grandiosa. Es así, sin duda, si además la obra está fechada en una etapa y en un estilo tan primoroso de relevante sentido artístico y de grandeza. Pero, aun así, el sentido de uno de los más grandes valores universales y eternos de la estética, la Belleza, debería sostenerse también así en la difícil conjunción de la demostración de lo requerido (la crudeza de lo real o demostrativo de una representación) con la composición final de la justificación artística tan necesaria de una obra de Arte. La originalidad es una capacidad majestuosa del Arte, y lo es además en la medida en que realizará un armonioso equilibrio de la expresión de una representación conocida con los alardes estéticos ahora de una novedad atrevida y sorprendente. Pero la armonía de la Belleza exige expresar o representar algo, lo que sea, sin la grosera estampación de una muestra real de aquello, sin embargo, que la espanta, la desluce o la aniquila... Los valores estéticos son subjetivos, por supuesto, pero la Belleza no lo puede ser nunca. Vittorio Carpaccio fue un especial creador veneciano, más intelectual por entonces que la mayoría de sus colegas. Pero, a diferencia de los Bellini, tanto Gentille como Giovanni, pintores venecianos también, se acercaría más al precursor del Renacimiento Mantegna, un creador que favorecería más la realidad anatómica, verosímil y cruda de la vida y de la muerte que la gratificación armoniosa de una Belleza sublime. En la obra de Carpaccio la expresión de lo sublime está más en el universo variable y diferenciador de las distintas escenas que compone que en los detalles independientes y atrevidos que abruptamente resalta. Aquí en eso es genial, como lo es también en su otra obra Visitación del año 1506. Es en esta obra el mejor Renacimiento ahora compulsivo de perspectiva geométrica, de planos superpuestos en escenas inconexas, pero llenas así en el conjunto, y en sus partes, de armonía y belleza. Sin embargo, en La preparación de la sepultura de Cristo, la muerte de Cristo la sublimaría ahora el pintor sin la ayuda solemne de una emoción cargada de expresiva Belleza. Es una muestra artística ahora ésta más intelectual que estética de una representación evangélica sagrada, tan trascendente y sublime además: la repugnancia cruda, sórdida y definitiva de la muerte es vencida por otra, ahora esta tan solo paralizada aquí por solo tres días, antes de vencer así, para siempre, la impenitente y terrible huella de su universal y fatal designio poderoso. Pero lo hizo entonces Carpaccio sin Belleza, sustituyendo o anulando partes ahora de esta por los restos parciales cadavéricos, tan groseros y grotescos, de un repulsivo torso y su brazo derecho mortecino, también de la parte superior de un cadáver ahora saliente de su tumba en un primer plano a la izquierda, de múltiples calaveras y huesos, estos más convencionales y alejados así de la sordidez por un simbolismo iconográfico universal más acorde estéticamente, y, finalmente, hasta por un esqueleto aún no del todo degradado y apoyado así al fondo de la pared de una cueva. Toda esa demostración de elementos macabros muy bien compuestos en la totalidad de la obra, agradablemente acompañada por un paisaje que, ahora, combinará también aquí el sentido magistral de la vida y de su belleza.
Un año después crearía su obra renacentista Visitación. Esta obra compone ahora la Belleza del Renacimiento más extraordinario. El Renacimiento tiene una característica estética curiosa: sus elementos iconográficos parecen estar separados unos de otros claramente, da igual que estos sean semejantes o no. Es decir, no existirá relación estética o no alguna entre ellos. El pintor renacentista crea aquí una obra compuesta de pequeñas obras a su vez, una con las que, finalmente, estructurará el sentido global de su creación final primorosa. Aquí, como en el caso anterior, podremos comprobar eso. El Barroco, por ejemplo, no fue así; el Barroco reuniría sus partes enlazando unas con otras sin separar ni abstraer una de otra, y, así, sin poder romper, ni estética ni realmente, el sentido final global o no de las mismas. En estas obras del Renacimiento que vemos de Carpaccio es distinto todo eso, las cosas y elementos de sus obras tienen vida autónoma propia y pueden escindirse así del conjunto alguna parte sin perder el sentido incluso completo de la misma, y de poder así disponer, además, finalmente, de la capacidad estética de solemnizar siempre la obra artística. Esta individualidad de los elementos estéticos, situados así en una perspectiva ahora diferente, hace a la obra renacentista una genial representación de cosas que, a la vez, pueden estar y no estar juntas en la obra. Es ahora la dimensión, la distancia, la relatividad de las formas y de las cosas las que el Renacimiento primará sobre cualquier otra cosa estética en el Arte. Tal vez por eso Carpaccio se atrevió a representar esas sórdidas formas cadavéricas tan alejadas de la Belleza: podrían abstraerse fácilmente del maravilloso y sublime efecto total de una grandiosa obra de Arte renacentista. Este curioso pintor veneciano compuso tiempo antes, en el año 1490, sin embargo, otra curiosa obra relacionada con la muerte, La meditación sobre la Pasión. En esta obra, actualmente en el Metropolitan de Nueva York, podemos así observar y comparar también una obra de el mismo pintor sobre la muerte de Cristo. Sin embargo, ahora no está aquí la Belleza zaherida por la muerte estética, aunque ésta también se intelectualice aquí: Cristo, ya fallecido, se sitúa ahora entre dos personajes sagrados, Job y San Jerónimo. Este último a la izquierda del cuadro y Job a la derecha. Este personaje del antiguo Testamento, Job, se sitúa también en el cuadro donde la Belleza herida buscaba entonces refugiarse en un grandioso paisaje estimulante. En aquella obra de antes es el anciano personaje sentado y apoyado en un árbol pensativo y displicente ante lo que ahora observa, seguro, de su fantástico sentido trascendente. Este árbol además es un símbolo, así mismo, de combinación perfecta sobre la Belleza y la falta de ésta: más florido en un parte y nada o muy poco en la rama de la otra. Pero es la originalidad también de Carpaccio en esta obra del Metropolitan. Cristo está ya muerto, y, sin embargo, parece estar dormido, descansando ahora así entre dos personajes que no se lamentan, ni lloran, ni se entristecen por el trágico o luctuoso fenómeno. A cambio de la otra muestra de la muerte, en esta la Belleza apenas se resiente ahora, ni siquiera por la tenebrosidad, con respecto al otro cuadro, que aquí el paisaje dispone en su atmósfera nocturna o más sombreada. No así la otra obra, la preparación de su sepultura, en donde la luz es primorosa, resuelta, espaciosa, clarificadora de todas las cosas..., aunque también, desafortunadamente, de la desaparecida por entonces, algo oculta, transformada, perdida, o muy desencantada Belleza...
(Óleo La preparación de la sepultura de Cristo, 1505, del pintor veneciano Vittorio Carpaccio, Museo Galería de Arte de Berlín, Alemania; Lienzo Visitación, 1506, del pintor Carpaccio, Galería Giorgio Franchetti, Venecia; Cuadro de Vittorio Carpaccio, La Meditación sobre la Pasión, 1490, Vittorio Carpaccio, Metropolitan de Nueva York.)



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