9 de febrero de 2021

La satisfacción humana más visceral eludirá a veces la belleza.

 



Cuando en el Paleolítico superior (hace unos 40.000 años) el ser humano realizara las más extraordinarias muestras de creación artística de la Prehistoria, el clima en el mundo era, sin embargo, helador, intempestivo, duro y muy desagradable. Entonces los humanos se refugiaron en cuevas profundas, más acogedoras que el páramo desolador de su entorno salvaje. Las pinturas elaboradas en las pétreas paredes de sus refugios fueron compuestas entonces impulsadas, probablemente, por la incertidumbre, la rudeza, la escasez, la violencia o la desesperación de sus individuos. Fueron realizadas así como un maravilloso subterfugio ante la salvación, la satisfacción o las esperanzas anheladas. El clima de la edad del hielo obligaría a ocultarse en las cálidas grutas naturales, donde ahora la sublime creatividad artística buscaría una belleza por entonces apenas conocida. Así pasarían los años esos humanos prehistóricos, sin comprender todavía el misterioso sentido de su asolada existencia. Pero, hace unos 12.000 años el clima cambió de repente. Las temperaturas subieron como no se había conocido antes, casi diez grados de media en algunas latitudes de la Tierra. Entonces el Mesolítico (12.000 - 8.000 años antes del presente) llegó para asombrar agradablemente a la especie humana, que empezaría entonces abandonando sus habitaciones ocultas para acercarse a las praderas florecidas, a las suaves marismas sobrevenidas o a las verdes riberas maravillosas, donde ahora la vida y sus recursos proliferarían sin carencias. El Arte por entonces, sin embargo, disminuiría alarmantemente. Para ese momento prehistórico el ser humano reduciría sus composiciones artísticas con respecto al período anterior (Paleolítico Superior). ¿Qué habría sucedido para que el hombre, el homo sapiens, dejara de necesitar por entonces de la belleza?:  su satisfacción vital tan extraordinaria. Porque, al parecer, cuando el ser humano alcanza la mayor satisfacción existencial conseguirá eludir la necesidad, tan visceral, de crear, de combinar, de admirar o de producir belleza.

Con la mitología griega, los poetas helenos de la antigüedad idearon pronto el concepto abstracto del período de la Edad de Oro. Fue ésta una época muy antigua donde la abundancia, la felicidad, la igualdad, la serenidad, la armonía, la paz..., favorecerían a los humanos con sus dones. Pero, pronto todo esto acabaría en la siguiente Edad de Plata, y también luego con la de Bronce, y después la de los Héroes, para, finalmente, llegar a la Edad del Hierro. En la cronología histórica académica se establecieron unas etapas parecidas (Edad del Cobre, del Bronce, del Hierro) para los períodos históricos de las etapas llevadas a cabo después del Neolítico. Haciendo un paralelismo atrevido, se podría asimilar el Neolítico, por ejemplo, a la edad de Plata mitológica. Entonces, la idealizada edad de Oro sería el Mesolítico, la etapa prehistórica  anterior al Neolítico en que el ser humano experimentaría una mayor satisfacción con su vida, luego ya de que las masas de hielo desaparecieran de la parte más habitable de la Tierra. La satisfacción humana entonces acabaría con la deseada necesidad de un Arte buscador de la belleza. Nunca se volvieron a realizar esas extraordinarias composiciones artísticas parietales de antes, ni en las cuevas, ni en las terrazas ni en los salientes telúricos que el Paleolítico helador viese florecer antes entre sus desgracias. El ser humano buscará entonces ávido la belleza cuando la satisfacción no alcance un mínimo imprescindible para él. Así que no hubo un período más satisfactorio, según lo vivido antes, como lo fuera el Mesolítico en la historia inicial del hombre. Ni siquiera después tampoco, ya que el Mesolítico ofrecería por entonces mucha abundancia para una población relativamente reducida. Todo abundaría por entonces, ya que la temperatura y los recursos naturales no harían más que producir belleza, tanto natural como no; esa misma belleza que, tiempo antes, tan sólo podría el ser humano reproducir con su anhelado y buscado arte. 

El mundo, sin embargo, volvería a experimentar cambios climáticos tiempo después. Pero también a evolucionar en población, en guerras, en enfermedades y en desgracias. El clima se mantuvo cálido y agradable hasta el año 1000 antes de Cristo.  Sin embargo, se volvería a enfriar a partir de entonces paulatinamente. Unos pocos grados menos como para que el ser humano necesitara resguardarse ahora en palacios, en casas o en refugios construidos. El Arte volvería así a prosperar entre los siglos VI y V antes de Cristo y en los años subsiguientes, sobre todo en la parte geográfica de la cornisa oriental mediterránea. Pasaron los siglos y el clima volvería a calentarse luego, entre el siglo X y el siglo XIII después de Cristo. El medievo final fue también cálido, como aquel período mesolítico primitivo. Así se reflejaría también en el Arte, que dejaría entonces de ser producido considerablemente, al menos en comparación con los periodos anteriores, pero, sobre todo, con los posteriores. A partir del siglo XIV el clima empezaría, sin embargo, a enfriarse de nuevo. Sería el período moderno históricamente más prolongado de temperaturas menos templadas del planeta. De hecho, ha sido llamado pequeña edad del hielo (en comparación a los grandes periodos de hielo prehistóricos). Con el Renacimiento conseguiría entonces Europa llegar a un acorde climático necesario para animar al hombre insatisfecho a alcanzar así, de nuevo, la belleza anhelada. Acabaría este clima desasosegado, más frío, a mediados del siglo XIX, cuando, curiosamente, el ser humano y su Arte occidental dejaran, poco a poco, de admirar, de producir o de recrear tanta belleza como antes. Para cuando el genial Miguel Ángel, subido ahora a unos frágiles andamios vaticanos, compusiera su maravilloso fresco de la Capilla Sixtina, el mundo europeo no habría nunca antes visto una belleza semejante. La representación de la forma humana, el reflejo de su insatisfacción tan íntima, la sintonía perfecta de unos colores asombrosos, eran por entonces la expresión más auténtica de una estética requerida, comenzada ya miles de años antes, para tratar de exorcizar la maldición de una vida tan dura, asolada o miserable. Un siglo después de la decoración de aquella capilla vaticana, Caravaggio compuso decidido la mejor expresión primorosa de una representación artística barroca. Con su obra David vencedor de Goliat el pintor italiano realizó otra grandiosa creación no antes, ni después, conseguida en la historia del Arte. ¿Por tanto, cómo es posible alcanzar a componer algo tan excelso de belleza artística sin disponer ahora de una mínima decepción personal ante el mundo? La satisfacción humana más profunda, al parecer, dejará, a cambio, a un lado cualquier necesidad de creación o belleza artística. Porque no debe ser posible conseguir esa tonalidad, ese contraste, esa delineada forma tan artística, sin la compensación grandiosa de una belleza que el ser humano, sin embargo, no hallará disfrutando tanto de su propia existencia. 

(Óleo David vencedor de Goliat, 1600, del pintor barroco Caravaggio, Museo del Prado, Madrid; Detalle del fresco de la Capilla Sixtina, Profeta Jeremías, 1511, del renacentista pintor italiano Miguel Ángel Buonarroti, Roma.)

6 de febrero de 2021

La versatilidad del Arte es la más prodigiosa forma de comprender el mundo sin necesidad de verlo.

 


Una de las maravillosas consecuencias que el Arte tiene es la de hacernos sentir cosas que no correspondan exactamente a lo que la representación objetiva de sus formas reflejen del mundo. La auténtica percepción del Arte hará que lo que sintamos al ver una obra sea más lo que brote en nuestro espíritu que lo que nuestros ojos decidan equivocados. Sólo la poesía y el Arte lo consiguen. Es una experimentación física imposible lo que hacen inspirados. Sin embargo, eso mismo es una de las cosas que nos hacen humanos verdaderamente. Ni la inteligencia racional, ni la capacidad de imaginación calculada, ni la evolución desarrollada de estrategias para sobrevivir lo conseguirán igual. Lo que nos hace especialmente humanos es la capacidad de sentir aquello que no es y, sin embargo, acabará siendo. Es una forma de representación que sobrepasa el horizonte previsible y real del mundo. Algo que no es posible demostrar desde las expresiones propias de lo corroborable. ¿Qué extraño sobrecogimiento universal fue aquel que llevara al ser humano a ser el único viviente en el mundo que pudiera transformar una experiencia en otra diferente? A hacer, por ejemplo, que la realidad fuese solo una palabra auxiliar de algo que no tuviera nada que ver con la realidad íntima del sujeto. Cuando vemos la obra clásica del pintor americano (nacido en Inglaterra) Benjamin West llamada La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, observamos en ella un gesto expresivo tan humano que llegará a traspasar la estereotipada escena bíblica tan manida. ¿Quiénes son esos seres que, abrumados, han convertido su deseo en una congoja tan inesperada como irresoluble? ¿No servirán también esos gestos para hacernos ver la grandeza de una especie tan capaz de poder transformar ahora una desesperación en una esperanza? ¿No hay ahí también un prodigio para comprender la verdadera razón de dos seres tan distintos? Entrelazados por el destino inapelable del terrible gesto exaltado del ángel, llevarán ellos a descubrir el profundo sentido misterioso de su efímera existencia. La serpiente instrumental a sus pies vaga aquí sin culpa por el frío escenario de lo incomprensible. ¿Cómo habrán sido los hechos del Universo para que nada sea responsable e inocente al mismo tiempo? ¿Son esos hechos lo real, son lo auténtico? ¿Qué sutil cosa puede ahora ayudarnos a comprenderlo?

El sentido estético representado por el pintor de una leyenda tan confusa, hace que la mera realidad de lo causado (la expulsión dramática) se convierta en una ocasión para poder comprender el mundo. Lo auténtico no es lo real, del mismo modo que lo que percibimos no es lo que sería creado expresamente para ello. Hay una autenticidad que no puede corromperse nunca, ni por la transformación, ni por la adecuación, ni por la tradición, ni por la veneración de lo necesario. De lo aparentemente necesario, claro. Es todo esto como un canto universal y misterioso. Canto es existencia..., decía el poeta Rilke en sus sonetos a Orfeo, porque cantar o expresar es pertenecer así a la totalidad de lo que es el mundo. Y ese canto de salvación universal no puede ser el premeditado gesto de imponerse y prevalecer que representa el ser calculador y realista. Ese canto salvífico no es una plegaria en el sentido de desear, sino aquella otra plegaria que no pide nada ni trata de transformar nada con su expresión sincera. No, ahora lo que se obtiene con esta plegaria es como lo que decía un antiguo verso romántico del poeta Hölderlin: Y mientras el hombre calla en su tormento, un dios me dio el poder para saber decir cuánto sufro...  Y al poder decirlo se liberó, convirtió la realidad en un prodigio y transformó así una mera circunstancia en una posibilidad muy distinta. Es lo que la obra del pintor West nos ofrecerá con su sobrio estilo clasicista. A que no acabemos de comprender hasta que nuestros ojos dejen de estar encadenados a algún destino falsamente primoroso. Reconocer un mal no es entregarse a él, como abatirse no es expresar sometimiento sino asumir lo humano que tiene todo sentido incomprensible. La humanidad de las cosas está en lo acompasado que dos seres al menos puedan llegar a tener para aferrarse a la vida. No hay en esta imagen pictórica nada que lleve a presentir, para quien lo sepa ver, algo que tenga algún atisbo de destierro trágico o de desarraigo improductivo o de desolación espantosa.

El filósofo Nietzsche dejaría escrito este lamento, a la vez que el más prodigioso canto de esperanza:   Cuando ayer vi la luna me pareció que iba a parir un sol; tan abultada y grávida yacía en el horizonte. Pero me engañaba con ese presunto embarazo; antes creeré que la luna es hombre, no mujer. Aunque a decir verdad ese tímido noctámbulo que se pasea por los tejados de la noche sin tener la conciencia tranquila parece poco hombre.  Piadoso y callado, camina sobre alfombras de estrellas, pero no me gusta ese hombre que anda con sigilo y que ni siquiera hace sonar espuelas. Los pasos del hombre honrado hablan por sí solos, mientras que el gato se desliza furtivo por el suelo. "Cuánto me gustaría amar la tierra como la ama la luna y tocar su belleza tan solo con los ojos", se dicen los hombres sin espuelas. No amáis la tierra como creadores, como engendradores, como los que gozan de devenir. ¿Dónde se da la inocencia? ¡Donde hay voluntad de engendrar! Para mí, quien posee una voluntad más pura es aquel que quiere crear por encima de sí mismo. ¿Dónde se da la belleza? ¡Donde yo tengo que querer con toda mi voluntad; donde quiero amar y hundirme en mi ocaso, para que la imagen no quede reducida a pura imagen! ¡Amar y hundirse en su ocaso son dos cosas que van unidas desde toda la eternidad! Voluntad de amor significa estar dispuestos incluso a morir. ¡Esto es lo que tengo que deciros, cobardes! Pero vosotros pretendéis llamar contemplación a vuestra forma bizca y castrada de mirar. Encontráis bello lo que se deja mirar por unos ojos pusilánimes. ¡Cómo prostituís hasta las palabras más nobles! Estáis malditos, hombres inmaculados del conocimiento puro; sí, estáis malditos a no engendrar jamás, por muy hinchados y preñados que aparezcáis en el horizonte. Os llenáis la boca de nobles palabras, ¿y hemos de creer, mentirosos, que hay una gran abundancia en vuestro corazón?... ¡Empezad teniendo fe en vosotros mismos y en vuestros intestinos! Quien no tiene fe en sí mismo siempre miente. Vosotros los puros os tapasteis el rostro con la máscara de un dios. Y, realmente, habéis conseguido engañar, contemplativos. En otro tiempo, hombres del conocimiento puro, creí yo ver jugar en vuestros juegos el alma de un dios. No creí que hubiera un arte superior al vuestro. La distancia no me permitía captar vuestro mal olor a serpientes. Pero me acerqué a vosotros y despuntó el día en mí, como ahora despunta para vosotros. ¡Se acabaron los amores con la luna! ¡Mirad allí cómo se ha quedado la luna atrapada ante los resplandores de la aurora y qué pálida se ha puesto! ¡Sí, ya surge la ardiente aurora solar; ya llega su amor a la tierra! El amor del sol es inocencia y afán de crear. ¡Mirad con qué impaciencia se alza sobre el mar! ¿Es que no sentís ya la sed y el cálido aliento de su amor? Quiere sorber el mar y tragarse su profundidad para llevárselo a las alturas, y el deseo del mar se eleva con mil pechos. Y es que el mar ansía ser sorbido y besado por la sed del sol; quiere convertirse en aire, en altura, en rastro de luz, ¡en luz incluso! En verdad os digo que yo también amo la vida y los mares profundos. Y esto es, para mí, el conocimiento: que todo lo profundo debe ascender hasta mí.

(Óleo del pintor neoclásico Benjamin West, La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, 1791, National Gallery of Art, Washington D.C., EE.UU.)