11 de abril de 2011

La crueldad insondable del destino, el enfrentamiento como defensor de la calumnia... y la verdad.





Las parcas fueron tres diosas de la mitología romana, también llamadas moiras en la mitología griega. En esta última mitología eran conocidas como Cloto, Láquesis y Átropos. Eran la simbología del destino del ser humano, destino vital que las tres diosas juntas completaban a su vez. Porque Cloto representaba el nacimiento del ser, cuándo había que nacer, dónde y cómo; desenrollaba el hilo de la vida de cada cual, con los anhelos, deseos, azares..., y gran parte del contenido de la misma (se podría entender, en un símil hilandero, aquella diosa que elegía los colores, el tipo de hilo y su grosor). Luego Láquesis determinaba la dirección de ese hilo, hacia dónde debía ir ese destino, y, sobre todo, cuánto debería medir (en la trama del tejido es su urdimbre directora) ese camino vital. Por último, Átropos establecía cómo sería ese final..., y el final mismo. Sus equivalentes romanas eran Nona, Décima y Morta.

A última hora de la noche del día 25 de julio del año 1956 faltarían aún unos doscientos cincuenta kilómetros para que un buque italiano de pasajeros, el Andrea Doria, llegase por fin a su destino: el puerto de Nueva York. Pero, a su vez, hacía diez horas que había salido de ese mismo puerto de Nueva York, pero en dirección contraria, un barco mercante de bandera sueca, el Stockholm. En un punto fatídico, cercano a la isla atlántica de Nantucket, ambas embarcaciones colisionaron irremediablemente. El océano Atlántico no fue lo suficientemente ancho, ni los instrumentos náuticos lo suficientemente fiables, ni la experiencia marina lo suficientemente valiosa, ni las condiciones atmosféricas lo suficientemente graves, como para que los responsables pilotos de ambos buques, alertados, pudiesen entonces evitar la terrible tragedia...

El barco mercante sueco embistió su proa mortífera -preparada y reforzada para los hielos del Norte- en el lateral vulnerable del gran transatlántico italiano. El Andrea Doria naufragaría definitivamente, y el Stockholm pudo, sin su proa pero con las compuertas cerradas, alcanzar de nuevo el puerto de Nueva York, lugar de donde había salido casi veinticuatro horas antes. Gracias a la cercanía del continente y a una ruta frecuentada, pudieron ser salvados la mayoría de los pasajeros y tripulantes de ambos buques, excepto las trágicas 51 víctimas: 46 del Andrea Doria y 5 del mercante. Pero, sin embargo, alguien más había perecido en ese lastimero, fatídico y despiadado día: la solitaria verdad. La verdad que, ahora, se ocultaba y disfrazaba esclava de los intereses y de la maledicencia, de la perfidia, la cobardía, la insidia o el abandono. Un tribunal norteamericano trataría de esclarecer las responsabilidades de cada cual, pero las dificultades de esclarecimiento, los intereses encontrados y sus taimados defensores legales, ávidos de acuerdos crematísticos más que de llegar a la verdad, obtuvieron entonces un injusto veredicto en tablas. Se llegaría a establecer un acuerdo económico, y a sentenciar así una mentira y un desprestigio profesional.

Alguien debía cargar con la culpa, aunque ésta solo fuera decorativa... Se lucharía más para evitar la verdad que para tratar de encontrar al culpable objetivo. Ésta, la culpa efectiva, necesitaba un responsable si debía haber, necesariamente, un afectado a quien compensar... Y las influencias y determinaciones de los suecos -y su dinero- consiguieron una mejor publicidad y una mejor ejecución legal, más favorable, de las resoluciones finales para su inmoral causa. Catorce días después de aquel suceso, los propietarios del buque Stockholm publicaron un manifiesto donde acusaban al Andrea Doria de toda la responsabilidad ante el maléfico abordaje. Como consecuencia de esto, al poco tiempo, la tripulación del buque sueco fue incorporada a otro navío de línea, totalmente disculpada y legitimada luego para seguir ejerciendo su profesión. En cambio, el capitán del Andrea Doria, Piero Calamai, un marino que había conseguido una brillante carrera en los años de la guerra mundial, asumiría él solo toda la maldita responsabilidad ante el accidente. A pesar de no sufrir formalmente ninguna causa, sin embargo nunca más se le volvió a confiar el mando de ningún otro barco, y, lo que es peor, tuvo que soportar la dura, fría y áspera losa de la calumnia y la perfidia. Investigaciones llevadas a cabo años después por la marina mercante norteamericana, trataron de resarcirle y de justificar técnicamente las decisiones que el capitán Calamai tomase aquella noche fatídica. Últimamente la verdad asoma decidida y tímida, aunque sólo sea ahora ya para recomponer la memoria de un marino honesto que falleció, incluso, sin haberlo sabido...

El historiador David Hackett Fischer (EEUU, 1935) explora curioso en las mentiras de la Historia para desarrollar unas teorías con las cuales tratar de exponer la verdad de los hechos. En su genial obra, Las Falacias del historiador, describe Fischer lo que viene él a llamar la falacia de las cuestiones encontradas. Dice el autor americano: Hay algunos que parecen pensar que los historiadores, como los abogados, deben actuar por el modo adversativo (la estrategia de ir contra los argumentos del adversario). Un debate entre dos lunáticos acalorados no asegura que, al final, triunfe la razón. Una discusión entre dos mentirosos patológicos es un improbable camino a la verdad. Los métodos adversativos puede que sean apropiados en el juzgado, donde el objetivo es la justicia, pero son inapropiados en la historia donde el propósito es la verdad (es por lo que, se supone, la justicia no suele ser nunca la verdad...).

Cuando el gran pintor de la antigüedad griega Apeles (352 a.C.- 308 a.C.) alcanzara su fama como mejor artista plástico del mundo heleno, vio entonces truncada su vida por la denuncia de otro artista, Antifilo, el cual le culparía ahora, falsamente, ante el entonces rey heleno de Egipto, Ptolomeo I. Este faraón había recibido amenazas de una posible conspiración contra su reinado, y sin considerar nada más, ni tener en cuenta otras cuestiones, decidió detener, acusar y encarcelar al pintor Apeles sólo por la delación manifestada de Antifilo. La envidia de este artista griego fue lo que le llevó a la insidia y a la indignidad. Al poco tiempo, un testigo imparcial compareció luego ante el faraón Ptolomeo I y acabaría demostrando así la inocencia de Apeles. Fue reparado en su injusticia sufrida, y decidió el pintor griego inmortalizar su blasfemante vivencia en una malograda y perdida obra pictórica: La Calumnia. Siglos después, cuando el magnífico pintor florentino Botticelli descubriera la historia clásica, la volverían a inmortalizar en un lienzo, aunque esta vez para siempre en una genial y magistral obra maestra del Arte renacentista.

(Cuadro Las Parcas, 1525, del pintor italiano del renacimiento Giovanni Antonio Bazzi; Fotografía del capitán del buque Andrea Doria, Piero Calamai; Témpera sobre madera del genial Sandro Botticelli, Calumnia de Apeles, 1495, Galería de los Uffizi; Portada de una publicación con la ilustración del accidente del transatlántico Andrea Doria y el buque Stockholm, 1956; Fotografía del capitán del Stockholm y su tercer oficial -realmente el responsable de la tragedia, ya que en ese momento estaba al frente de las operaciones náuticas en el puente-, Gunnar Nordenson y Ernest Carstens-Johannsen, respectivamente.)

Vídeo documental sobre el hundimiento del Andrea Doria:

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