7 de enero de 2012

La argucia ante la probidad y el hallazgo ante la ofensa: el fauvismo de Matisse y el olvido de otro.



Al ver por primera vez la Alhambra granadina el pintor francés Henri Matisse (1869-1954) escribiría en 1910 a su mujer para decirle: Estoy contento de haber visto Granada. La Alhambra es una maravilla. Ahí he sentido mi más grande emoción. Un amigo español, el también pintor Francisco Iturrino, le había recomendado hacer un viaje por España, particularmente Andalucía, entre los años 1910 y 1911. Seis años antes, en 1904, Matisse había compuesto una obra influida por el Puntillismo anterior -una forma peculiar de postimpresionismo-, pero ahora desbordantemente colorista y muy diferente por la simplicidad y sutileza de sus trazos. Matisse titularía esa creación pictórica como Lujo, calma y Voluptuosidad, palabras líricas que fueron parte de un verso compuesto cuarenta años antes por el poeta decadentista Baudelaire: ¡Hija mía, mi hermana, piensa en la dulzura de ir a vivir juntos allí! ¡Amar sin cesar, amar y morir en ese país a ti parecido! Los soles mojados, los cielos nublados, para mi alma tienen los encantos tan misteriosos de tu traidora mirada, brillando a través de tus lágrimas. Allá todo es orden y belleza, lujo, calma y voluptuosidad.

Expuesta la obra de Matisse en París en el año 1905, sus fuertes colores alarmaron los ojos de un público acostumbrado al suave fluir de las obras impresionistas y hasta postimpresionistas de antes. Así que los críticos que vivieron -descubrieron- aquel espectáculo de color abigarrado no supieron más entonces que calificar esa obra como llena de fiereza, de una fiereza febril y agresiva, casi ofensiva... De ahí el término que acabaría por denominar este nuevo estilo artístico, fauve, fiereza en francés: fauvismo. Pero nadie supo por entonces entender aún que eso acabaría por convertirse en el estallido más revolucionario en la historia del Arte. Este nuevo estilo generaría una belleza cromática que conseguiría atraer a muchos otros creadores en los siguientes años. Muchos seguidores acabarían por utilizar esta nueva tendencia para manejar así los colores con la libertad que nunca ellos habrían imaginado antes. Algunos creadores comprendieron entonces que lo que ellos habrían querido hacer antes con los colores era lo que ahora estaban consiguiendo hacer con esta tendencia. Y ahora hallaban que eso era el fauvismo, lo mismo que sus propios espíritus habrían deseado hacer antes, ignorantes entonces de que pudiera existir algo así en el Arte... Pero que, finalmente, acabarían por hallarlo en el fauvismo.

El pintor español Francisco Iturrino González (1864-1924) sería uno de ellos. Viajaría el pintor español hasta Bélgica tratando de encontrar lo que él quería hallar no sabría muy bien dónde. Allí estudiaría pintura y se acercaría también así a la Flandes histórica y contemporánea del Arte. Luego llegará a París, ¡y descubrirá a Matisse!, y entonces su vida cambiaría para siempre. Siente el pintor ahora que puede llegar a crear lo que nunca antes supuso saber cómo hacerlo... Sin embargo, su vida acabaría siendo un intento malogrado de ser tanto en lo personal como en lo artístico. Varios de sus hijos así como su esposa fallecerían antes que él. Y luego llegaría a padecer incluso una terrible enfermedad que acabaría con su vida antes de ser reconocido como artista. Nunca fue reconocida su obra ni pudo vivir de ella en sus años de creación, entusiasmado sin embargo al encontrar, al fin, toda aquella inspiración cromática y fauvista que tanto le apasionara por entonces.

Cuando la diosa griega Hera descubriera que el dios Zeus -su propio esposo- sintiera una ardiente pasión por la bella y joven ninfa Ío, acabaría transformando a ésta en una ahora indeseada y nada erótica ternera blanca... Pero, para estar segura Hera de que el dios no la volvería a transformar en una bella amante lujuriosa, le encargaría al gigante Argos que vigilara a Ío tanto de día como de noche de la presencia del dios. Este gigante poseía además de una fuerza extraordinaria una visión permanente y poderosa..., una gran visión de todo aquello que le rodeara gracias a disponer de cien ojos su cara. Pero sobre todo disponía Argos de una personalidad muy fiel y confiada para con la diosa, ya que era un eficaz servidor de Hera y sus cien ojos le permitían además estar siempre atento a todo lo que pasara a su alrededor. Así que Hera, muy segura en su elección, pensaría confiada en que Argos guardaría del dios Zeus eficazmente a la transformada y antes hermosa ninfa Ío. Pero el astuto Zeus no dejaría que nada se interpusiera en su deseo. Mandaría llamar al hábil y taimado Hermes para conseguir vencer al gigante y fiel cumplidor Argos. ¿Pero cómo podría vencer el dios Hermes algo que no dejaba de mirar y no descansaba nunca, gracias sobre todo a mantener la mitad de sus cien ojos despiertos mientras la otra mitad dormía? Sólo se le ocurrió a Hermes una sencilla estratagema: se disfrazaría de pastor y engañaría al gigante con la serena intención de contarle mil historias aburridas. Acabaría por conseguir que Argos cerrara así, inofensivamente, todos sus cien ojos permanentes.

La diosa Hera (Juno en la mitología romana) quiso recordar para siempre la memoria y el abnegado gesto de su más leal sirviente. Cuando le entregaron la cabeza de Argos, degollada por el decidido Hermes luego de dormirlo, dedicaría Hera todo el tiempo que necesitara en quitarle, uno por uno, todos sus cien ojos mortecinos al gigante para colocárselos, vibrantes, al plumaje desplegado y hermoso de un bello Pavo Real. Así homenajearía la celosa diosa el recuerdo más vivo de aquel que muriera confiado en su labor. El pintor flamenco Rubens inmortalizaría en su cuadro Juno y Argos la tierna escena mitológica. Porque así aparece ahora ahí la diosa griega, ferviente y dulce tomando entre sus manos todos y cada uno de los cien ojos entreabiertos del malogrado Argos. La magnífica obra barroca ilustrará una composición extraordinaria: aparecerá el cuerpo degollado del gigante a los pies de la diosa como el gesto fiel de un servidor a su señora. Exhibe así Argos una pose confiada a los pies de Hera, recordando de ese modo que murió por hacer lo único que sabía hacer en su vida... La diosa reconocería así públicamente su leal entrega. Porque Argos habría conseguido hacer algo muy virtuoso: ser el más leal de los servidores. Decidida y orgullosa por tan entregada actitud, no entendería la diosa mejor recuerdo para la memoria de su servidor que mantener ahora la belleza esplendorosa de sus cien ojos... entre las grandiosas alas desplegadas de un Pavo Real. Aunque nadie supiese nunca de quiénes fueron antes esos ojos y por qué fueron así entregados bellamente. Como hiciera a su vez el Arte clásico también con el moderno... 

(Obra Fauvista de Henri Matisse, Odaliscas, 1928, Suecia; Óleo del pintor barroco Rubens, Juno y Argos, 1611; Cuadro El Paseo, del pintor simbolista -influido por fauvismo- Franz von Stuck; Autorretrato, del pintor español Francisco Iturrino, 1903; Lienzo de Henri Matisse, Lujo, calma y voluptuosidad, 1904, París; Óleo fauvista Concierto moruno, 1912, del pintor Francisco Iturrino; Cuadro del pintor Francisco Iturrino, Can-Can, 1898; Óleo fauvista La bailarina, 1906, del pintor André Derain.)

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