2 de abril de 2012

El universo de la vida encerrado en un cuadro o la síntesis más existencial y divina del todo.



El luminismo hace referencia en el Arte al procedimiento pictórico por el cual se tratará de captar la incidencia de la luz sobre los objetos, obteniendo con ello finalmente una especial exaltación cromática de éstos. Aunque el término empezaría a ser utilizado en el siglo XIX por los norteamericanos para catalogar paisajes con grandes efectos luminosos, la realidad es que comenzaría a utilizarse mucho antes, antes incluso de que Caravaggio lo llevara a la genialidad en el Barroco. Después de este gran pintor italiano, otros maestros dedicaron ese recurso de luz a sus creaciones artísticas, como lo hicieran el francés George de La Tour o el flamenco Gerard van Horthorst (1590-1656). El gran escritor argentino Borges, en su cuento de ficción El Aleph, escribiría una vez lo siguiente: Dijo que para terminar el poema le era indispensable el Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos...  La palabra Aleph hace referencia al primer símbolo del alfabeto hebraico. Un símbolo expresado por una pequeña diagonal, cuyo extremo izquierdo estará más elevado y separará así dos pequeños trazos, dos cortos brazos en cada uno de sus extremos diagonales. Ambos trazos dirigidos ahora hacia lo opuesto: uno hacia arriba y otro hacia abajo. Según la cabalística -estudio de sabiduría ancestral judía- este símbolo hebraico separaría así dos mundos, y, con ello mismo, las aguas superiores de las inferiores... Entre ambos mundos o realidades se encontraría el firmamento, que será aquí esa pequeña diagonal que actuará así como un vínculo o una frontera.

En el año 1625 el pintor holandés Gerard van Horthorst compuso su lienzo La alcahueta. En su obra de Arte apenas un tercio de la misma se encuentra iluminado, el resto, es penumbra, oscuridad o un fondo plano acaso percibido levemente. El creador barroco nos presentaría así dos identidades enfrentadas y una que intermediará con ambas. Esta última es la alcahueta o celestina, un personaje que se beneficia aquí materialmente del encuentro que ella misma propicia. Está ella aquí de pie, en un claroscuro que sólo permitirá ver ahora de ella dos cosas: un rostro taimado y una mano dirigida. La mano la muestra el pintor útil, avara, angulosa y contenida. De espaldas se situará uno de los dos personajes enfrentados: el hombre que ahora persigue, busca y necesita a la vez... Pero, ahora está él totalmente oscurecido aquí en la obra, apenas sus manos o su atuendo se vislumbrarán ahí. Luego, iluminada, visible por completo y enfrentada a todo, aparecerá la risueña y confiada figura de una joven impactante: es aquí la meretriz, el otro personaje enfrentado que ofrecerá luego, complaciente, sus favores y promesas deseadas. Incluso sujetará ella, vanidosa, un instrumento de cuerda ahora entre sus manos, un artilugio que, sin embargo, aún no está ella muy convencida de tocarlo...

Pero esta composición pictórica es en sí misma un universo... Como el Aleph, esta obra de Horthorst es ahora una pequeña expresión de algo mucho más grande, de algo que representará la visión de todo un mundo en un pequeño espacio. Un espacio artístico ahora que contiene a su vez toda la expresión de un universo. Porque, por un lado, estará lo perseguido, lo anhelado, lo elevado, lo único que veremos iluminado ahí para nosotros; pero que todavía no dejará satisfacer aún el sonido de un laúd insuficiente... Por otro lado estará el mundo tenebroso, el inferior, el suplicante. También está ahora ahí en esa parte el mediador, el perviviente, el que enlaza, se beneficia y sonríe, provechosamente, ante el sentido material de la vida, lo que permitirá aquí finalmente  la consecución de un motivo para con otro... La luz frente a la oscuridad. Pero, también, lo deseado frente a lo necesitado. En síntesis, lo material como medio frente a lo espiritual como sentido. Todo está justificado además en ese pequeño universo: porque todo ahí es comprensivo, es natural y allegado. Porque ahí mismo, representado en esa obra de Arte, está ahora lo que se quiere, lo que se aprovecha y lo que persigue... Está el medio y está lo pretextado, está lo iluminado y está lo oscurecido...; esto último, lo oscurecido, que aquí ahora separará ambos mundos claramente.

Siguiendo con aquel relato del escritor Borges, continuaría el narrador diciendo: Vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mizapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra y en la tierra otra vez el Aleph, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara y sentí vértigo y lloré porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

(Óleo barroco del pintor holandés Gerard van Horthorst, La alcahueta, 1625, Museo Central, Utrecht, Holanda.)

2 comentarios:

lur dijo...

Estupenda entrada y perfecta explicación de la pintura.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias, lur. Saludos a ti.

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