9 de abril de 2012

Y acabó por desvanecerse como el viento nocturno entre la hierba de la roca...



Los Cantos de Ossian fueron unas antiguas composiciones épicas y celtas escritas, sin embargo, en el moderno siglo XVIII por el escocés James Macpherson. Fueron estos poemas equivalentes a los antiguos clásicos griegos de Homero y sus leyendas: con tragedias y héroes, con gestas y traiciones, con dolor, orgullo y sufrimiento. Estos cantos tuvieron una gran influencia en los poetas románticos posteriores, como lo expresaría el poeta romántico alemán Goethe, que en su obra Werther incorporaría algunos de sus famosos versos. Uno de los personajes de Werther se pregunta ahora, ante otro individuo igual de desesperado, uno de esos seres doloridos que justificarán la narración, lo siguiente: ¿Acaso estos cantos no han sido hechos para enternecer y agradar a las almas aturdidas? A lo que le responde, desconsolado y convencido, el individuo desesperado: Yo escuchaba los lamentos de mi hija, abandonada sobre la roca que azotaban las olas. Sus gritos eran afilados, desgarradores; y nada podía hacer yo por ella. Su voz se debilitó antes del amanecer, y acabó por desvanecerse como el viento nocturno entre la hierba de la roca...

El gran poeta Goethe afirmaría, como otros lo hicieron antes que él, que la poesía, la lírica idílica de los cantos, el arte subyugador de lo emotivo, no podrían aliviar verdaderamente la angustia de existir ni devolver al hombre la armonía con el mundo. Porque lo idílico vendría a definirse pronto como oposición a lo real, como lo contrario a lo inevitablemente desolador y duro de la vida. Así comenzarían los poetas griegos de la antigüedad a elaborar sus églogas, unas composiciones poéticas pastoriles donde, en un maravilloso escenario natural, los líricos personajes, pastores indolentes y amables, dialogarían amorosamente sin final. Luego, al llegar el Renacimiento, comenzarían los poetas a crear entonces lugares utópicos, otros mundos idílicos, en parajes lejanos y exóticos, donde la vida ahora se reflejara dichosa en una sociedad del todo idealizada.

Pero, después de los avatares históricos de las revoluciones políticas, industriales y sociales del siglo XIX, las cosas cambiarían del todo para siempre. Así que el sufrimiento, aquella emoción sublime que habría sido enaltecida como recurso elogioso en los mártires de la antigüedad, en los héroes caballerosos del Renacimiento o en los idealizados seres abatidos por el desamor del Romanticismo, ahora se avenía terrible a la glosa más realista y sórdida de lo cotidiano, de lo más íntimamente existencial y duro de la vida más indeseable de los hombres. Y no hubo más remedio que inventar por entonces otros paraísos, otras sensaciones, para volver a recuperar aquella Arcadia, o país imaginario y dichoso donde todo es felicidad y paz, y donde el ser humano aliviaría ahora -creerá ingenuamente- el temible desgarro que le producirá el abrupto despeñamiento continuo de su vida.

Y para eso, como para todas las cosas que vienen a agitar de alguna forma el molesto escozor de la existencia, el Arte traducirá en imágenes las sensaciones más necesitadas de justificación, de reflejo vital, de sentido único o de esperanza... Los pintores, a veces, consiguieron reproducir en sus obras aquellas imágenes de escenario idílico, de lugar encantado, de entorno privilegiado o también del gesto fascinante unido a la apostura más placentera. Pero otros pintores también, a cambio, crearían la fatal y contraria exposición de lo espantoso, del dolor más íntimo o del despropósito más alarmante. Pero, entonces, ¿es que sólo podremos balancearnos entre el sufrimiento más agreste, desconsolador y tormentoso o, a cambio, entre el idílico, eufórico y maravilloso estado personal más encumbrador y paradisíaco?

Sin embargo, otros creadores elegirían otra cosa, como el pintor belga Alfred Stevens y su obra Adiós a la orilla del mar, o el español Ulpiano Checa y su lienzo Celebrando el verano con una lámpara china. Estos pintores mostrarán ahora, a cambio, otra cosa diferente: el momento fugaz, el instante efímero y su transformación más emotiva. Es decir, elegirán la levedad de las cosas y su tiempo limitado... Por ejemplo, en el caso del pintor Stevens destacando una despedida solitaria, inevitable pero esperanzada. Todo, por ahora, se ha acabado; pero al menos dejará el creador aquí aún la posibilidad de un regreso, de una esperanza sosegada... En el otro cuadro, el pintor español Checa realiza una magistral obra decimonónica: unas jóvenes celebran el verano subidas a una barca, en las aguas nocturnas de un estanque acogedor. Ahora ellas se divierten felices, ahora la luz centelleante de la lámpara china brilla aquí con todo su fulgor. Y así seguirán ellas, alegres, confiadas, viviendo ese momento único que ahora disfrutan... Así hasta que la efímera llama de la lámpara acabe consumida por completo. Para entonces, para cuando el fulgor de su luz se desvanezca imperceptible, cuando incluso ahora ellas no entiendan siquiera el porqué de todo eso, sólo después de ese mágico momento, esa misma luz, sólo entonces, ese mismo brillo, cesará.

(Óleo del pintor Frederic Leighton, Idilio, 1881; Cuadro del pintor francés Louis-Adolphe Tessier, Desempleado, 1886, Museo de Angers, Francia; Obra Negro Escipión, 1867, del pintor Paul Cezanne, Museo de Sao Paulo, Brasil; Óleo El martirio de San Lorenzo, de Valentín de Boulogne, 1622, Museo del Prado; Obra Adiós a la orilla del mar, 1891, del pintor Alfred Stevens; Cuadro Celebrando el verano con una lámpara china, siglo XIX, del pintor español Ulpiano Checa y Sanz; Óleo Ossian, 1801, de Francois Gerard.)

2 comentarios:

sacd@ dijo...

Tal vez con la tecnología, hemos conseguido reducir esa luz centelleante, en la mínima expresión. En un bit; balanceandonos entre 0 y 1. Encendidos y apagados. Donde el nuevo Ulises sea Neo. Y tan sólo el sufrimiento se mueva por ese país imaginario a su máxima extensión llamado Matrix.
Nuevos tiempos para la lírica. Un saludo, como siempre un deseo de seguir aprendiendo contigo.

Arteparnasomanía dijo...

La tecnología, entre otras cosas, nos ha posibilitado hacer esto que hacemos, ¡y ya es! Al menos, es posible que la lírica llegue ahora más a través de estos bits... Pero, lo que desde luego no cambiará será la evanescencia de las cosas, y, con ellas, el sufrimiento, también evanescente, de los seres. Saludos, y gracias por tus comentarios, siempre originales y líricos.

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