26 de enero de 2013

La diversidad humana o las enormes diferencias de una misma naturaleza, igual y diferente.



Nada hay más diferente que un ser humano a otro, aun de la misma familia, del mismo cigoto casi, de la misma naturaleza y con los mismos genes duplicados incluso... Las tendencias artísticas han mostrado esta peculiaridad -la individualidad más feroz- como ninguna otra cosa en sus obras de Arte. Los rostros aquí son todos distintos. Los ojos, las arrugas, las sienes, las cejas, la mirada, el semblante, y hasta el mismo color que éste, la piel humedecida, refleje, también lo son. Sin embargo, el Arte -en su maravillosa forma de expresar lo inexpresable- añadirá algo más a todo esto: el sesgo inmaterial del modo de ser de cada rostro, la manera tan particular de interpretar el carácter y la singularidad de la esencia interior de un semblante humano en una imagen.

Los seres humanos no nos pareceremos en nada unos a otros. Un médico y un biólogo se alarmarían ante esta afirmación; un psicólogo menos, un creador nada. La individualidad peculiar -única- de los seres humanos es tal que asustaría pensar cómo es posible que podamos vivir todos juntos en una sociedad. Es como en el Arte, ¿podríamos ir a un museo, por ejemplo, y visualizar sereno la obra de Velázquez al lado justo de la de Seurat? Ambas son Arte, magnífico Arte, pero se catalogarán en áreas diferentes, y nuestros ojos irán adaptándose cada vez, poco a poco, algo más a sus claras diferencias o a sus sentidos concretos y particulares, a lo que cada tendencia artística y cada estilo personal del creador quisiera con ello reflejar en el lienzo artístico. 

Y así también sucederá con los seres humanos, particularmente con los tan sofisticados intelectualmente. Y, entonces, ¿cómo podemos vivir juntos y parecernos, aparentemente, tanto? Por la imitación, algo heredado de la evolución de los primates. Es esta una característica de la evolución que nos ha permitido y nos permite sobrevivir aliados. Es decir, acabaremos pareciéndonos un poco más, cada vez, al congénere que tenemos al lado. Terminaremos imitándonos, aprendiendo -inconscientemente- de aquel otro individuo que, algo antes, hubo comprendido o aprendido alguna cosa valiosa para sobrevivir. Esto es lo que -sin quererlo exactamente así- nos sucede a todos los humanos para parecernos en algo. Pero, sin embargo, no somos nada iguales. Somos todos tan diferentes, con una magnitud tal de diversidad, que asombraría la reacción si nos dejáramos -como en el Arte- representar con la libertad que los pintores crearon ya en sus obras.

Y esta es una de las grandezas -entre otras- que el Arte nos ofrece también. Comprender que un rostro humano, por ejemplo, puede ser algo todavía mucho más diferente, trascendente incluso, que de los propios surcos físicos, sinuosidades, ángulos o formas, en su perfil la evolución le hubiese ofrecido con los siglos. Mucho más... Tanto como la interpretación -manierista, barroca, realista, impresionista, simbolista, fauvista o surrealista- que de las cosas intangibles y misteriosas de la vida haya podido el Arte -y que pueda aún todavía- del todo imaginar en sus obras.

(Óleo renacentista El hombre de la rosa, 1495, del pintor Andrea Solari; Cuadro del pintor veneciano Giorgio Barbarelli -Giorgione-, Hombre joven, 1506; Óleo manierista Retrato de un anciano, 1570, del pintor Giovanni Battista Moroni; Obra barroca de Velázquez, Retrato de un hombre, 1628, Nueva Jersey, EEUU; Cuadro Retrato de joven, 1597, del gran Rubens, Nueva York, EEUU; Óleo del Romanticismo inicial español, Retrato de caballero, 1795, del pintor Vicente López, Pamplona, Navarra; Obra realista del pintor simbolista Arnold Böcklin, Retrato de un joven romano, 1863; Obra adolescente realista del genial Picasso, El viejo pescador, 1895, Museo de Monserrat, Barcelona; Cuadro impresionista de Vincent van Gogh, Retrato de Pére Tanguy, 1887; Óleo postimpresionista de Paul Cezanne, El fumador, 1895, San Petersburgo, Rusia; Cuadro simbolista del pintor Louis Welden Hawkins, Retrato de hombre joven, 1881, Museo de Orsay, París; Cuadro del neoimpresionista George Seurat, Pequeño pensador en azul, 1882, Museo de Orsay, París; Obra del Modernismo, del pintor francés Christian Bérard, Hombre en azul, 1927, Texas, EEUU; Cuadro fauvista del pintor Matisse, Retrato de Derain, 1905, Tate Gallery, Londres; Obra expresionista, Retrato de Ludwind Ritter von Janikowsky, 1909, del pintor Oskar Kokoschka, EEUU; Cuadro Naif, Retrato de Picasso, 1999, de pintor colombiano Botero; Obra surrealista del genial René Magritte, El hijo del hombre, 1964.)

4 comentarios:

PACO HIDALGO dijo...

Digno de un gran estudio psicológico. Es cierto, nadie somos iguales, ni siquiera en el arte. Gran post, Alejandro. Saludos.

lur jo dijo...

Conseguir expresar en una obra de arte a través de un retrato, el carácter, estado de ánimo u otras tantas peculiaridades de una persona; es desde mi humilde perspectiva una de las mayores cualidades que posee un artista.

Sin menospreciar los paisajes he de comentar que los retratos forman parte de mis obras favoritas.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias Paco. Y el Arte, como siempre, nos lo recuerda tranquilo, con su belleza y su displicencia indolente.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Porque nos reflejamos en ellos, porque necesitamos seguir sintiéndonos el centro del universo. En esto el Arte sólo contribuye a mejorar nuestra propia e insulsa imagen.

Un abrazo lur jo.

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