5 de abril de 2013

El Amor, como el Arte, es la más maravillosa subjetividad e irrealidad que existe.



Hasta llegar el Renacimiento los pintores no se atrevieron a pintar el amor como un fenómeno personal o existencial, y no únicamente como algo social o religiosamente establecido. Pero, claro, la Mitología ayudaría mucho a realizar ésto, ya que de otro modo hubiese sido totalmente imposible hacerlo. Las escenas galantes propiamente, por muy elegantemente que se pintasen, no serían expresadas en un lienzo artístico sino hasta el siglo XVIII, ahora con toda su inocente exaltación de los sentimientos. El Barroco mismo continuaría sólo con los mitos -profanos o sagrados-, llevando su carnalidad más expresiva, divina en la mayoría de los casos, a niveles no alcanzados antes en el Renacimiento siquiera. Pero, al igual que en el Renacimiento, no se demostraría aún en el Barroco en una obra pictórica la terrenal y subyugante fuerza del amor entre los humanos. Salvo un creador, uno que se anticiparía casi cien años a ese sentimiento expresivo. Pedro Pablo Rubens -el audaz y gran pintor barroco flamenco- plasmaría en el año 1635 El Jardín del Amor, un lienzo muy novedoso por entonces para una sociedad donde, todavía, el amor no era precisamente el ingrediente decisivo -ni exigido- en las formas de relaciones establecidas socialmente.

Sin embargo, el extraordinario pintor renacentista que fuera Tiziano se atrevió, ¡en el temprano año 1516!, a pintar un cuadro al que titularía El Amor Sacro y el Amor Profano. Es una creación muy significativa para entender lo que ese magnífico periodo en el Arte -el Renacimiento- pudo lograr expresar con el amor en una obra de Arte: un total caos interpretativo. ¿Por qué el amor sacro ahora frente al amor profano?, es decir, ¿es que había -hay- dos clases de amor? La representación de una escena -típicamente renacentista- sitúa aquí a dos grandes personajes femeninos separados por el impenitente dios Cupido. La mujer vestida, doncella y pura, es, curiosamente, aquí el Amor Profano. La mujer desnuda, divina y promiscua -la diosa Venus del amor-, es la que representará aquí al Amor Sacro. ¿Habrá mayor contradicción? Pero, lógicamente, todo eso es una alegoría, es decir, una interpretación diferente -renacentista pura- de lo que el cuadro, vívamente, representará. 

Pero no una, sino varias fueron las interpretaciones que a lo largo de la historia se hicieron de esta extraordinaria obra de Tiziano. Para los renacentistas neoplatónicos, es decir, para aquellos filósofos donde el mayor Bien proviene del Ideal excelso de lo inalcanzable, la Belleza terrenal es un reflejo de la Belleza celestial. Por tanto, contemplar aquélla sería una forma inicial de alcanzar ésta. Pero hay otra interpretación -algo más surrealista, aunque de interés al trasunto de la entrada-, una que el escritor argentino Julio Cortázar dejaría para la Literatura Universal en su escrito Manual de Instrucciones, de su gran obra Historias de Cronopios y de Famas (1962). En ella desarrolla una descripción muy curiosa -totalmente surrealista- de una de las posibles interpretaciones que de esa inquietante y bella obra renacentista de Tiziano se hicieran nunca:

Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jordán. Pocas veces la torpeza de un pintor pudo aludir con más abyección a las esperanzas del mundo en un Mesías que brilla por su ausencia; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en el obsceno bostezo del sarcófago de mármol, mientras el ángel encargado de proclamar la resurrección de su carne patibularia espera, inobjetable, que se cumplan los signos. No será necesario explicar que el ángel es la figura desnuda, prostituyéndose en su gordura maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisión de irrisiones a la hora en que la verdadera Magdalena avanza por el camino. El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada, y mueve a pensar en un artificio de jazmines o en un relámpago de sémola.

Como el Amor...

(Obra Amor Sacro y Amor Profano, 1516, Tiziano, Galería Borghese, Roma; Lienzo de Rubens, El Jardín del Amor, 1635, en él se observan dos enamorados a la izquierda, se cree que el propio autor y su segunda esposa, Helena Fourment, mucho más joven que el pintor, y de la que estuvo arrebatadamente enamorado, Museo del Prado, Madrid; Obra romántica decimonónica, Adiós, 1892, del pintor francés Alfred Guillou, Museo de Bellas Artes de Quimper, Francia.)

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