16 de octubre de 2013

La virtud sólo como representación no como una realidad ni sentido fuera del Arte.



En muy pocas Venus retratadas en el Arte aparecerán dos cupidos junto a la hermosa diosa de la Belleza. El pintor del barroco tardío veneciano -finales del siglo XVII y principios del XVIII- Sebastiano Ricci (1659-1734) lo realiza así, sin embargo, en su maravillosa obra Venus y dos cupidos. También este pintor representaría en otra obra suya a otra mujer yacente, pero en esta ocasión solo como un símbolo del Arte. Realiza esta obra situando también dos o tres pequeños diablillos o sátiros frente a una mujer como símbolo alado -metáfora de sabiduría, inmortalidad, belleza o misterio- que consagra al Arte como una figura sobrenatural, divina o trascendente. La escuela veneciana tuvo especial sensibilidad por las formas de los colores. Sí, las formas de los colores..., a parecer los colores como si, en vez de ser un complemento del dibujo, fuesen realmente el propio dibujo en sí. Y los colores venecianos debían ser colores contrastados: los rojos fuertes e indecorosos; los azules remarcadamente oscuros, no celestes, cuando así debían serlo para señalar mejor la figura humana o los lugares o las cosas reflejadas especialmente en la obra. Todos los pintores venecianos, más o menos, fueron fieles a esa artística devoción pictórica por los colores.

Sebastiano Ricci, como casi todos los grandes creadores del Arte, no habría sido un modelo de virtud humana en su vida personal. En su juventud, por ejemplo, fue acusado de haber intentado envenenar a una joven que habría dejado embarazada. ¡Qué tamaña barbaridad!, especialmente para un espíritu que se supone de tal sensibilidad. Esta es otra muestra más de que la capacidad sensible para crear no tiene nada que ver con la sensible capacidad hacia los otros, hacia los demás seres humanos. Tal vez por eso el pintor en su madurez se decidiría a componer una Alegoría del Arte. Una obra donde unos diablillos o sátiros -pequeñas criaturas molestas y grotescas que aparecen en la obra junto a la imagen principal- tratan ahora de atraer las atenciones de la hermosa y deseada figura femenina, un personaje alado que representará aquí al Arte. Pero la cual ahora, sin embargo, rechaza decidida cualquier maldad o vicio -representado por esos pequeños seres grotescos- frente a los grandes símbolos o virtudes que representan aquí las eximias, extraordinarias o virtuosas artes humanas. Otra de sus obras de Arte más geniales lo fue el motivo por la reconciliación que, a comienzos del siglo XVI, consiguiera el Papa Paulo III de dos monarcas europeos y católicos. Unos reyes europeos que no dejarían por entonces de guerrear entre ellos: Carlos I de España y  Francisco I de Francia. La historia cuenta las tribulaciones que el emperador Carlos V -Carlos I de España- pasaría frente a las ambiciones, sin escrúpulos, del poderoso rey francés. Este monarca francés no dudaría en aliarse con los turcos otomanos, incluso a riesgo de poner la Europa cristiana en peligro. Todo con tal de conseguir Francisco I sus propósitos expansionistas frente al emperador Carlos V. Tan sólo para unos pocos años, muy pocos, conseguiría el Papa entonces que dejasen de pelear. Pero, aun así, el pintor Ricci lo recordaría siglos después elaborando esta magnífica y estructurada obra de Arte.

Porque aquí, en la genial obra de Sebastiano Ricci, a cambio de las dos anteriores, lo importante para el Arte no es la historia que cuente el pintor, no, lo verdaderamente importante para el Arte aquí es la extraordinaria composición que idearía el artista para representar tal acontecimiento histórico. Es originalísima esta obra barroca de Ricci. Vemos aquí la figura de un hombre más joven -Carlos V- a la izquierda de la imagen, frente a él se muestra la otra figura real, creando de ese modo una dialéctica artística muy genial: dos personajes regios muy iguales que no pueden erigirse ahora uno más allá del otro. Y, aunque parezca aquí un cierto desnivelamiento -parece estar más elevado uno que el otro personaje-, el primero sitúa, sin embargo, la mano izquierda en su corazón en un gesto de honesta y sincera concordia. Ambos monarcas muestran en la pintura solo una de las dos piernas, otro alarde de equilibrio o igualdad del creador pictórico para con ellos. Y no haría demasiada falta expresar toda esa prudencia -el recuerdo de aquella sensibilidad entre estos monarcas no estaba tan vivo- en la época del pintor, casi doscientos años después de aquellos hechos históricos, pero el autor quería dejar así, sin embargo, todo ese sentido de equilibrio muy claro en su obra.

El triángulo iconográfico que forman las tres figuras representadas está perfectamente compuesto y delimitado en la obra. Porque la geometría artística tiene aquí toda su armoniosa razón de ser. Los colores venecianos son más solemnes, pero aquí están ahora menos destacados. Sin embargo, se ven destacados los colores por la virtuosa forma que Ricci tiene de ponerlos ahora en un cielo, o entre las vestiduras reales de sus grandes regios personajes. Por tanto, ¿qué argumentar ahora de esa virtud que no se tiene en realidad en ninguna de las vidas de los hombres? Porque el mismo Papa Paulo III defraudaría las sinceras demandas del emperador Carlos V de que adelantase un Concilio católico que arreglase el cisma que Lutero precipitara en la Iglesia; porque además el propio emperador Carlos utilizaría su poder imperial para llevar sus intereses personales por encima de los de sus subditos españoles; porque el rey francés no cumpliría nunca su palabra de real caballero. Y porque hasta el propio pintor cometería en su juventud un desalmado y vil intento de asesinato. ¿Para qué, entonces, vanagloriar con el Arte una virtud del todo inexistente en este mundo? Pues, precisamente para honrar con lo único que puede resarcirnos de las miserias de nuestra desmerecedora vida no elogiosa: el maravilloso Arte. Lo único que no decepciona ni violenta, ni atesora ni maldice...

(Obras todas del pintor veneciano Sebastiano Ricci: Venus y dos cupidos, ignoro la fecha y el lugar; Alegoría del Arte, 1694, Italia; El papa Paulo III reconcilia a Carlos V y Francisco I, 1688, Palacio Farnese, Piacenza, Italia.)

3 comentarios:

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lur jo dijo...

Cierto es, que nuestro inconsciente tiende a asociar a la persona capaz de crear belleza, con un ser sensible.
Quizás como bien dices, se limite a pura representación.
Echaba en falta tus comentarios específicos de una obra, tan útiles para comprender mejor su significado.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Gracias lur jo, como siempre. Ni siquiera la capacidad de valorar, no ya crear, sino de valorar la belleza es garantía de nada. La complejidad humana es bestial (nunca mejor dicho...).

Un abrazo.

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