7 de noviembre de 2013

La consolación del Arte, de la filosofía o de las creencias, al final, solo consolarán a éstas.



Uno de los más grandes poetas líricos de la Antigüedad griega, que comenzara componiendo grandes cantos en homenaje a grandes gestas heroicas, lo fue Simónides de Ceos (556 a.C - 468 a.C). Sería él el que dijese una vez: la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda... De la leyenda mitológica de Dánae y Perseo crearía este poeta griego una famosa oda clásica. La leyenda y el mito contaban cómo el padre de Dánae -monarca de un mítico reino griego-, asustado por una profecía que le anunciaba que un hijo de ella -Perseo- acabaría destronándole, introduce a los dos -madre e hijo- en un arca y los lanza al mar para deshacerse de ellos. Acaban, providencialmente, salvados por los dioses, por ese mismo dios -Zeus- que, meses antes, con su dorada simiente furtiva lograra vencer entonces el cerco poderoso -una torre de ese reino mítico- en el que estaba resguardada la hermosa princesa Dánae. Y el gran poeta jonio por entonces -siglo V a.C.- escribiría el siguiente mítico verso:
 
Cuando a la tallada arca alcanzaba el viento
con su soplo y la agitación del mar
la inclinaba a temer,
con las mejillas húmedas de llanto,
echaba su brazo en torno a Perseo y decía:
"Hijo, ¡por que fatigas pasas y no lloras!
Como un lactante duermes, tumbado
en esta desagradable caja de clavos de
bronce,
vencido por la sombría oscuridad de la noche.
De la espesa sal marina de las olas que
pasan de largo
por encima de tus cabellos no te preocupas,
ni del bramido del viento, envuelto en mantas
de púrpura con tu hermosa cara pegada
a mí."

Pero, ¡claro!, Perseo nada temería entonces, él era un semidiós, un gran héroe, ¡el hijo de Zeus! Para todos los demás, para los humanos normales que nacemos y morimos y vivimos apurados entremedias, algunas cosas lacerantes de la vida nos superarán despiadadas y, entonces, necesitaremos consuelo. Lo apotropaico es un término de origen griego que hace referencia al fenómeno por el cual los seres tratarán de alejarse del mal que los acecha. Para ello, para sentirse seguros ahora, todo alarde psicológico servirá. Así, cualquier superstición pero, también, cualquier otra cosa que conlleve ahora un impulso de conservación inteligente. El caso es consolarnos y para eso los hombres idearon, inicialmente con los dioses y luego con sus propias promesas terrenales, todo aquello que les llevara a recuperar de nuevo aquella seguridad perdida de antes. La diosa griega Afrodita adoraba tanto al bello Adonis que, una vez, cuando éste desapareciera transformado por los dioses no encontraría la diosa de la belleza consuelo alguno del tanto pesar. El dios Apolo -dios racional y luminoso- le recomendaría entonces a ella que acudiese a los acantilados de la isla de Leúcade, adonde él mismo habría ido antes, para saltar ahora desde lo alto de sus acantilados blancos a las azules y bellas aguas del mar Jónico.

Luego, le aconsejaba así Apolo, saldría de ellas del todo transformada, relajada y tranquila, habiendo olvidado de seguro todo lo que antes la hiciera sufrir. De ese modo comenzaría a conocerse por entonces el ritual legendario y sagrado de la isla de Leúcade. Porque todo el mundo iría allí acuciado por sus cuitas y convencido de que Apolo les ayudaría a salir luego de sus profundas aguas sin peligro. Liberándose así todos de los malos recuerdos y recobrando, al fin, la calma y felicidad perdidas antes. Pero la leyenda no garantizaba nada de eso, sobre todo del peligro de sus aguas y acantilados. Muchos morirían ahogados y otros despeñados en los acantilados sagrados y míticos de Leúcade. Una de las personas más famosas de la historia que acudieron allí para consolarse fue la poetisa griega Safo (640 a.C - 580 a.C). Ella saltaría en una ocasión desde lo alto de una de las rocas del blanco acantilado griego de Leúcade por última vez en su vida. Moriría Safo allí después de no haber sido correspondida por el amor de un tal Phaón. ¿Quiso redimirse ella verdaderamente o sólo morir? La historia no lo aclara, del mismo modo que tampoco su leyenda es del todo fiel a la verdad, ya que fue compuesta siglos después de su muerte cuando se quisiera mejorar la imagen sexual de la insigne y atormentada poetisa. Se inventarían entonces el amor de ella por un remero jonio para darle una más correcta interpretación a su vida y oscurecer, así, su apasionado y conocido lesbianismo.

Es en ese mismo momento legendario, en ese instante justo donde salta inicialmente ella al vacío, cuando el pintor neoclásico francés Antoine-Jean Gros (1771-1835) la inmortalizaría en el año 1801 en su romántico lienzo Safo en Leúcade. Formado el pintor francés en las aulas neoclásicas de la época napoleónica, compuso Gros retratos y escenas propias de la gesta y de la estética neoclásica. Pero, sin embargo, no podría él ya, al final de su vida, llegar a superar artísticamente ahora al Romanticismo triunfador. ¿Tan sólo artísticamente? Porque sería por un lado el propio rechazo de su antiguo estilo neoclásico, entonces para él algo decadente, lo que los críticos no le perdonaron en sus últimas obras. Pero, también sus propios problemas personales y conyugales le acabaron arrebatando además aquel consuelo... Ese desconsuelo que él mismo retratara años antes seguro tan sólo entonces de crearlo en un lienzo distante y orgulloso..., pero ahora con el retrato de su famosa heroína romántica desfallecida para siempre. Un desconsuelo que, sin embargo, le hará sucumbir también a él al igual que antes lo hiciera a su antiguo famoso personaje griego. Morirá el pintor francés ahogado en las oscuras, pero no tan profundas aguas, del río Sena después de haberse lanzado del mismo modo como, muchos siglos antes, lo hiciera ya su famosa malograda heroína griega. Tan desolado y sobrepasado entonces el pintor francés por una ahora tan igual de despiadada, oprimida y romántica pena.

(Óleo Safo en Leúcade, 1801, de Antoine-Jean Gros, Museo Baron Gèrard, Bayeux, Francia; Retrato de Antoine-Jean Gros, del pintor Francois Baron Gèrard, 1790; Detalle del lienzo del pintor Mattia Preti, Boecio y la Filosofía, siglo XVII; Cuadro barroco del español Pedro de Orrente, Sacrificio de Isaac, 1616, Museo de Bellas Artes de Bilbao; Obra del pintor prerrafaelita John William Waterhouse, Dánae y Perseo, 1892.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Por medio del arte, muchas personas buscan el consuelo necesario, intentando con ello, erradicar esa rutina en la que nos envuelve la vida.

Al igual que la mitología, el arte ayuda a expresar e imaginar instantes y relatos, guiados de la mano de la belleza. Aprovechemos pues ese talento para conseguir esos ansiados instantes de felicidad que nuestra mente tanto aprecia.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

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