14 de enero de 2014

Lo tendencioso de un estilo y una época, o una misma historia y sus diversas formas de contarla.



Hubo un momento en que el Arte dejaría de ser libre durante el Renacimiento... Con Botticelli, por ejemplo, comprobamos que, cuando su conversión piadosa de finales del siglo XV, la mitología como pasión desbordante, pagana o reminiscente de lo más abyecto o terrenal del hombre, dejaría de ser un motivo válido para ser representado ahora por Botticelli en sus lienzos renacentistas. Y, entonces, ¿cómo exponer ahora las más bajas pasiones humanas, sin otra justificación que el ardor carnal y visceral de unos seres míticos tan depravados? Porque para el mejor simbolismo efectivo de eso, de lo más depravado icónicamente del mundo, los griegos idearon el centauro, un paradigma emblemático de los más bajos instintos de los hombres. Aunque algunos centauros fueron diferentes -como el centauro Quirón por ejemplo-, la mayoría de ellos representaban todas las cualidades más deplorables y despreciables de los hombres. En una secuencia lineal y cronológica he querido mostrar las diferentes formas en que, a lo largo de la historia artística, los creadores han compuesto una concreta leyenda mitológica. Deyanira fue la tercera de las esposas que tuvo el gran héroe legendario Hércules. Una vez ambos hubieron de cruzar el caudaloso y peligroso río Eveno. Pero, entonces sólo habría una pequeña barca donde poder hacerlo para cruzar el río de uno en uno.

Así que, junto al viejo barquero, pasaría primero Deyanira para, luego, en la ribera opuesta, esperar Hércules a que el barquero fuese por él. Pero, sin embargo, escondido tras unos matorrales de la orilla, el terrible centauro Neso -un ser vil y desalmado- asaltaría ahora a la ninfa Deyanira. De ese modo fue como el centauro quiso raptarla para aprovecharse luego de ella y violarla, satisfaciendo así sus más bajos instintos animales. Porque esto no sería un rapto vengativo, ni económico, ni bélico, ni matrimonial siquiera, no, sólo sería el deseo ahora más depravado y sin freno, ese mismo vil deseo que, de seguro, tan sólo esos crueles y salvajes seres ya tuvieran. Y Hércules por entonces únicamente solo pudo hacer ahora uso de su arco mitológico para evitarlo, consiguiendo así herir al centauro Neso desde la orilla opuesta. Pero, poco antes de esto, Neso ofrecería a Deyanira una túnica encarnada ocultamente envenenada, una para que, cuando perdiese Hércules alguna vez por ella su deseo, éste se la pusiera y así pudiera ella volver a recuperarlo. Tiempo después, Deyanira haría eso una vez, cuando comprobase entonces ella la pasión de Hércules por otra ninfa. Pero, sin ella saberlo, esa tela maldecida de Neso acabaría abrasando la piel del héroe. De esta forma moriría el poderoso héroe y semidios olímpico, por la mano inocente y engañada de su propia esposa.

Desde el siglo XV hasta el XIX los pintores plasmarían en sus creaciones artísticas una determinada forma estética de componer la leyenda del rapto de Deyanira. También según la ideología artística de cada época, es decir, según la forma o estilo en que su pensamiento, o el pensamiento del momento en que vivieron, condicionara a los creadores cómo debían ellos expresar la historia. Durante el Renacimiento -sobre todo en sus inicios- la voluptuosidad más depravada fue absolutamente irrepresentable en una obra de Arte. Por ejemplo, Botticelli quiso dejar claro el triunfo de las virtudes humanas sobre sus manifestaciones más depravadas. Con su obra Palas y el Centauro, el pintor conminaría a este último a ser sojuzgado por una maravillosa e inteligente mujer -la diosa Palas o Atenea-, una deidad griega que posará aquí su mano ahora sobre la cabeza del centauro, un maldecido ser ahora que, convencido ya, comprenderá así las ventajas de ascender su parte más humana sobre la más animal o lujuriosa. Años después el gran pintor Rafael -epígono magistral del más elaborado Renacimiento- crearía un extraordinario fresco en la Villa farnesiana. Un gran fresco donde primaría la grandeza del amor más sublime triunfando ahora sobre todas las criaturas y expresando así el mayor triunfo platónico al que podría aspirar el hombre. Pero, mucho antes de eso, el pintor cuatrocentista Antonio Pollaiuolo (1432-1498) sí habría mostrado ya la escena más embarazosa de aquel rapto mitológico, esa escena impúdica que, con sus iniciales trazos prerrenacentistas, dejaría muy claro ya el duro sentido de la ofensa: el descarado y brutal asalto sexual a la bella Deyanira, mientras Hércules, decidido, tratará de rescatarla.

Pero algo fue cambiando con los años y sus modas, y los creadores reflejaron ese cambio con el sesgo subjetivo expresado en cada particular narración de esa leyenda... Porque el relato mitológico dejaba claro el motivo lujurioso de aquel rapto, y parte del estilo artístico de los creadores debía ser entonces una de las formas de mostrarlo; es decir, una de esas libertades artísticas con las que ellos mismos pudieran expresarlo. Y continuaremos aquí por el sutil Manierismo, una tendencia artística que serviría de puente entre el abnegado Renacimiento y el explosivo Barroco. En su obra El rapto de Deyanira, el pintor manierista Bartholomeus Spranger, primeramente, nos presenta sólo ahora los perfiles más humanos del bestial y derribado centauro. Luego expone a Deyanira como a una magna triunfadora de su estado, muy agradecida ahora aquí entre los brazos victoriosos de su héroe... Pero, nada mínimamente sórdido que mostrar en este lienzo, como tan solo el Manierismo pudiera concebir crear cualquier posible afrenta producida en cualquier historia o leyenda. Después, con el Barroco más clasicista del pintor italiano Guido Reni, el Arte elaboraría una escena de un gran esplendor artístico, de una armonía y belleza clásicas donde la grandiosidad de la composición se erige sobre cualquier otra cosa. Sutilmente el autor separa aquí algo más a una exaltada Deyanira -que se acrecienta por sí sola, sin acudir a nadie en su infortunio- de un ahora menos monstruoso centauro. Éste aparece incluso con un rostro y un gesto algo más embellecido, dejando aquí la impresión del infame acto con la ambigüedad de haber sido, si acaso, más una admiración hacia ella que un perverso hecho ciertamente envilecido. Tal es la extraordinaria sublimidad y espectacularidad de Guido Reni y su magnífico clasicismo barroco.

Algo más tarde llegará el siglo Prerromántico, una tendencia más suave en el Arte, más melodiosa, endulzada o acrisolada dulcemente, pero también emocionalmente vertiginosa. Y vemos aquí ahora dos obras de este especial momento dieciochesco, un siglo racional y perfecto pero, a la vez, coincidiendo con las balbuceantes formas de un cierto sentimiento explicitado..., algo que, dentro de muy poco, arrasará con su ferviente nueva forma de entender el mundo y sus pasiones: el Romanticismo más desgarrador. Así es como el apasionado pintor italiano Gaspare Diziani (1689-1767) compuso su versión mitológica del rapto: ahora de una forma totalmente diferente... Con la escena de una Deyanira que en este caso mira fijamente hacia su héroe, hacia su salvador y amado esposo. Y, por primera vez, incluye el pintor un cuarto personaje -un dios menor de los ríos- que representa al viejo barquero atropellado ahora por el injusto y vil asalto del centauro. Esta es otra libertad artística propia del momento histórico -el siglo de las luces y del humanismo más ferviente-, donde ahora se reconoce ya la presencia de esos secundarios y plebeyos personajes. En la siguiente obra de otro creador del mismo siglo, Louis Jean François Lagrènèe (1724-1805), observamos también aquí al anciano personaje abatido tras pasarle el centauro por lo alto... Aquí vemos una composición muy característica de este endulzado periodo -una mezcolanza de Rococó y Neoclásico-, con sus colores melodiosos o fuertemente apagados. Además apreciamos el semblante sonrosado y doliente de una Deyanira abatida, una mujer que ahora, con su mano, se dirige hacia su héroe expresando el gesto de una sentida pareja alejada violentamente de su amado esposo. Esta tendencia estilística del siglo XVIII suavizará incluso la parte no humana del centauro, embelleciendo más aquí su piel animal con un ahora suave y dulce color blanco.

Y llegamos por fin al último siglo que glosaría en un lienzo las diversas sensaciones de esa leyenda mítica del centauro Neso y Hércules. Del siglo XIX expongo aquí hasta cuatro imágenes para comprender la complejidad del Arte en esa época. Comienzo por el Academicismo correcto de Jules-Élie Delaunay (1828-1891). En su Muerte del centauro Neso, ¿qué, primeramente, observamos aquí? Porque aquí no menciona el título de la obra ni el rapto ni a Deyanira, ni siquiera a un Hércules invicto. Es ahora solo la muerte del centauro lo que glosará aquí su autor. Un gran giro éste en la historia, ese mismo cambio que hará por entonces, en el año 1870, el mundo y el Arte. ¿Por qué? Pues, porque el mundo había cambiado entonces por completo. El Romanticismo ya pasó del todo; el Realismo se implantaba; pero, además, un Decadentismo no haría más que enfrentarse por entonces, inútilmente ya, con un Academicismo pragmático y prevalecedor. Por lo tanto, algo se envolvería ya en un nuevo y ahora deseado gesto cultural: la pulcritud de lo verídico, es decir, de lo que debía ser representado fielmente de la realidad, pero, sin embargo, sin involucrarse del todo ni sentimental, ni moral, ni política o religiosamente. 

Del mismo modo, el pintor español José Garnelo (1866-1944) tratará de contar luego, con trazos verídicos, cómo debió ser en verdad la escena real de aquel rapto... Porque ahora sí que demuestra el creador español en su obra que fue un asalto sexual y motivado solo por ello. La voluptuosidad la señalará el autor claramente aquí, en los dos personajes retratados, esos mismos seres con los que él titulará su obra. El Realismo decimonónico y mitológico le permitiría hacerlo sin pudor. Incluso se permitirá ofrecer el pintor un cierto halo retador de triunfo al centauro Neso frente a un Hércules ahora algo más inseguro ante el brutal gesto. Por último dos extraordinarias obras del Simbolismo de finales del siglo XIX. Porque esta maravillosa tendencia finisecular revuelve aquí por completo la leyenda en un caso, y reivindicará en otro también la heroicidad más insigne y grandiosa de la misma. En un caso, Arnold Böcklin transformará absolutamente -con su singular forma de hacer Arte- el mito de este rapto. Ahora no veremos al gran héroe Hércules por ningún lado, no, vemos otra cosa totalmente distinta, algo propio de finales del siglo XIX y de un tiempo -el año 1892- donde por entonces la mujer comenzaría a enfrentarse con la masculina sociedad tradicional y su propio destino en ella...

Y, así, este pintor opone ahora un Centauro sorprendente a una Deyanira poderosa, una aquí más arrogante y fuerte mujer. El simbolismo nuevo de la imagen refleja ahora sólo como humano el rostro de la bestia, lo demás no lo es o lo es mucho menos. Y además indicará en su rostro humano el sorprendido ademán de un fatal golpe..., recibido ahora por el brazo de una fuerte luchadora más que por el de una frágil víctima acosada por un monstruo. El otro lienzo simbolista es del pintor alemán Franz von Stuck, un creador que retomaría aquí la figura excelsa del gran héroe, un símbolo por entonces -finales del siglo XIX- del Hombre más poderoso, del super-hombre nietzscheano, ese gran ser que salvará a la humanidad de los desolados atropellos malignos o de lo más denigrante y desalmado. Y, con tantas maneras de hacerlo y representarlo, finalmente, ¿dónde estará la verdad, si es que ésta acaso importa? Por que, ¿importará? En absoluto. Realmente, el Arte no está, ni estará, para eso... Es el Arte una parte de la verdad, sólo una parte, pero no es toda la verdad. Así, los creadores supieron entenderlo. Al final, se tratará tan sólo de Belleza: de mensaje embellecido, de propuesta embellecida o de información embellecida. De lo que queramos que sea, pero, eso sí, tan solo siempre de un maravilloso arte embellecido.

(Obra del pintor cuatrocentista Antonio Pollaiuolo, Hércules y Deyanira, siglo XV, museo de Arte de Universidad de Yale, USA; Óleo Palas y el Centauro, 1482, Sandro Botticelli, Galería de los Uffizi, Florencia; Fresco El triunfo de Galatea, 1511, Rafael Sanzio, Villa Farnesina, Roma; Óleo Hércules y Deyanira, 1585, del pintor manierista Bartholomeus Spranger; Lienzo de Guido Reni, El rapto de Deyanira, 1621, Museo del Louvre; Obra El rapto de Deyanira, Gaspare Diziani, c.1750; Obra El rapto de Deyanira por Neso, 1755, Louis Jean François Lagrénée, Museo del Louvre; Óleo Muerte del centauro Neso, 1870, Jules-Élie Delaunay; Obra del pintor español José Garnelo, Hércules, Deyanira y Neso, 1888, Real Academia de San Fernando, Madrid; Obra simbolista de Arnold Böcklin, Deyanira y Neso, 1892; Lienzo simbolista, Hércules y Neso, 1899, Franz von Stuck.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

La misma historia expuesta desde diferentes perspectivas, dependiendo de la época en vigor y sus modas.

Excelente el trabajo que has realizado para nuestro disfrute, como siempre, agradecerte tu gratitud y esfuerzo.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Pero es que estos creadores ayudan extraordinariamente a comprenderlo. Lo demás va en el disfrute de hacerlo. Gracias, como siempre.

Un abrazo.

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