29 de marzo de 2014

La masacre de la imagen perfecta ante la perfecta maldad de los seres: su mensaje y su crueldad.



No había habido antes una tendencia cultural que condicionara filosófica, política, psicológica o emocionalmente tanto en la historia como la compleja, abrumadora, indefinible y transversal inclinación romántica. Simplificada a sus estereotipos más populares, o tenida a veces como una visceral o sentimental forma de entender las cosas, no fueron, sin embargo, esos rasgos más que una pequeña gota en el inmenso océano de la diversidad que el Romanticismo supuso en la historia del Arte. Y que supone aún, sobre todo en lo que, hoy por hoy, nos habremos convertido ya como una sociedad tan compleja y diversa.

Porque fue el Romanticismo una de esas propensiones estéticas que más se nutriría de la ideología, de la filosofía o del pensamiento. Por eso se desarrolló -y sigue aún- a lo largo de varios siglos desde que naciera a finales del siglo XVIII. Jamás una manera de impresionar una imagen se sustentaría tanto en una revolucionaria forma de concebir la sociedad humana. Y es así como se reflejaría esa diversa visión del mundo en los creadores románticos, unos seres que, visceralmente -cómo no-, se enfrentarían incluso entre ellos mismos tanto estética como ideológicamente. Surgido de la Ilustración más temprana del siglo XVIII, el Romanticismo nacería imberbe, sin detalles, apenas sin sábanas acogedoras ni desenvueltas, desde las más atormentadas, revulsivas, incomprendidas o complejas palabras del ilustrado y pensador francés Rousseau (1712-1778)

La Revolución francesa tomaría aquellas ideas filosóficas de la Ilustración, absolutamente radicales entonces y las lleva a la jerga de cada una de las dos tendencias que liderarían el movimiento romántico: una más liberal y otra más conservadora. Y así sigue hoy, por ejemplo, con sus posiciones de izquierda y derecha. Es decir, en lo social o con la más atormentada vinculación colectiva y coercitiva, o con la opuesta más individualista o liberal. Pero otros pensadores más alejados de aquel horror revolucionario, ahora sin patria o destierro propiciatorio, buscaron con otro sentido el mismo cambio turbador tan humanista: hacer de la esencia ideológica romántica una nueva y estremecedora visión. Un motivo más trascendente que aquella colectiva intención francesa. Y liderado ahora más por la idea que por el concepto, es decir liderado más por la fuerza inspiradora que por la intención revolucionaria. Y así surgiría desde tierras germanas la reivindicación de una tendencia romántica con un cariz más elevado, más divino, mesiánico casi: el Idealismo alemán, un pensamiento filosófico con el que se sustentaría una de las estéticas más románticas de Europa.

El nacionalismo, por ejemplo, fue un concepto ideológico surgido de una de las balbuceantes pisadas destempladas en que el Romanticismo se dispersara socialmente. Hasta antes de la Revolución francesa, la identidad cultural no fue la Nación, fue mejor la población donde se nacía, la patria nativa, o el lugar donde radicaba la esencia de los sentimientos geográficos, las gentes o las cosas que rodeaban la vida y el ámbito particular de una región. Luego existía otro concepto: la lealtad o la fidelidad a un rey o estamento, entendido éste como un ámbito más general de seguridad o de protección, fronteras más amplias para desarrollar e intercambiar sin sobresaltos los medios económicos y culturales. Sin embargo, cuando luego el estamento cayese tanto desde el cuello seccionado del rey Luis XVI como desde la ambición de un general -Napoleón-, se sustituirían el concepto reino por imperio y el procedimiento patria por nación.

Hoy, después de tantos conflictos y de historia no leída, se repiten las mismas cosas de antes. Y así se puede ver hoy la vigencia que tiene todavía aquella tendencia romántica de entonces. Una tendencia que subsiste maquillada, desempolvada o manifiesta junto con el dúctil y práctico Racionalismo, este fuerte pensamiento ilustrado del que fuera hija adoptada el Romanticismo luego. Y para comprender algo mejor la diversidad y complejidad del movimiento romántico qué mejor lienzo que el de uno de sus mejores representantes, Eugène Delacroix (1798-1863). Cuando los artistas, poetas, literatos o pintores románticos acudieron a reivindicar aquella nueva forma de entender nación, como surgiera de las devastadoras guerras napoleónicas, muchos políticos oportunistas y expansionistas vieron en ello la mejor forma de justificar una intervención, por ejemplo, en la Europa suroriental. Grecia, la antigua Grecia homérica y primigenia de la cultura occidental, estaba ocupada entonces por el imperio otomano desde el siglo XV. Y en los primeros años después de la caída de Napoleón, se crearon organizaciones que buscaron la independencia de aquella vasta y antigua región mediterránea. 

De ese modo se crearon y financiaron movimientos armados para apoyar los reductos de población autóctona que, animados por rusos, franceses, ingleses o austro-húngaros, hicieron de aquella zona europea -durante diez años 1821-1831- una región sumida en el horror, la crueldad y la muerte. Pero todo eso era entonces sólo un símbolo romántico de lo más genuino. Hasta Lord Byron lucharía y moriría allí... Pero, dos años antes de su muerte, en 1822, los turcos decidieron acabar con una rebelión griega habida en la isla egea de Quíos. La intervención otomana fue feroz, inmisericorde, acabando con unos veinticinco mil griegos violentamente. Fue un gesto terrible que deseaba vengar la matanza de la peloponésica ciudad de Trípoli llevada a cabo un año antes, a manos ahora de los oprimidos griegos. Y el extraordinario pintor romántico Delacroix entendió que aquella masacre, la de Quíos, debía ser entonces el motivo de su impresionante, reivindicada, grandiosa y romántica obra de Arte.

Y este pintor, un auténtico revolucionario en su arte y tendencia romántica, un innovador tanto en la ruptura con el clasicismo como en el propio sentimiento romántico de sus creaciones, no se dejó sino llevar por las inspiradas, liberales y épicas semblanzas que Lord Byron hiciera con su desgarradora literatura romántica. Tanto transformaría Delacroix la forma de crear Arte que otro pintor, el neoclásico y posterior romántico Antoine-Jean Gros, dijo de su obra La masacre de Quíos: Es la masacre de la pintura. Y lo era..., porque Delacroix rompió con el sentido más ilustre por entonces, el más elegante y clásico de las formas retratadas en un lienzo. Ahora, pensaba Delacroix, debía incluir en su épica y romántica pintura la sensación más impactantemente humana..., por muy dura que fuese. Los cuerpos no podían ser ahora aquellos lustrosos, bellos, arrogantes o eternos de las obras neoclásicas de antes. No, los cuerpos ahora, en su obra romántica, tendrían que ser como la misma escena de horror vivida por ellos mismos los habría convertido ya: en despojos humanos, en pieles oscurecidas y demacradas, en ojos perdidos, en formas deslucidas o en una vana esperanza desolada por la crueldad maldita de sus heridas.

Y así compuso Delacroix su gran obra La masacre de Quíos. Con un paisaje donde el Romanticismo de una parte..., de esa parcialidad ideológica de una parte -el pensamiento ilustrado del que el Romanticismo fue hija-, brilla ahora sobre el sufrimiento más universal y desolado del hombre. Y eso fue lo que algunos criticaron entonces, el oportunismo histórico del creador: ¿era peor esta masacre turca de Quíos que la matanza griega de Trípoli producida un año antes? Los artistas románticos, especialmente Delacroix, se dejaron llevar por el sesgo particular de aquella ideología, esa de la que su tendencia romántica había sido heredera. Pero sin embargo el Arte, a pesar de todo, siempre lo es, pinte lo que pinte... Y aquí, en esta grandiosa, extraordinaria y universal obra maestra, el autor consiguió lo que por entonces no se llegaría a entender aún -aunque seguro que la intuición del artista sí lo habría hecho-: que el Arte viene a reivindicar la esencia universal de los hechos no la secuencia histórica y particular de los mismos

¿Qué mayor representación artística de la cruel humanidad que la desesperación humana ante la vil, atropellada, lacerante y brutal agresión de otros humanos? El pintor sitúa en primer plano las figuras de las personas sometidas por la cruel masacre. Sus figuras se abrazan, se besan, se acogen entre ellas mismas, enternecidas ahora bajo la fuerte y poderosa cabalgadura del opresor. Las miradas de ellos están perdidas; los gestos, abandonados por el ímpetu y la fuerza; los cuerpos ahora abatidos, sin fulgor. Figuras todas ellas que las anteriores formas heroicas, aquellas más representadas por los clásicos trazos de lo más excelso podían solo competir aquí con la perfecta silueta de una mujer desnuda, esa joven atada y deseada que colgará ahora voluptuosa de la ecuestre montura del opresor. Tan sólo ella mantiene aquel alarde poderoso tan clásico de antes... Porque todo lo demás es demacración, desconsuelo, abatimiento, horror o muerte. Y el pintor romántico consagra así la imagen más paradigmática -no la más particular o subjetiva- del desgarro más humano ante el dolor afligido por otros humanos. Un maltrato universal de esas fuerzas malignas, simbólicas o personales, que siempre existirá tras cualquier acto egoísta, interesado, desalmado o criminal, que pueda ocasionar un ser humano a otro.

(Óleo La Masacre de Quíos, 1824, del pintor romántico francés Eugène Delacroix, Museo del Louvre.)

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