23 de septiembre de 2014

La evanescencia de la emoción en la vida, frente a la perennidad de la emoción en el Arte.



Podemos enfrentarnos a la emoción en el Arte con la certeza de que no nos abandonará, desgarradamente, luego de que acabe agotada por la esencia de su propia naturaleza, como sí sucederá en la vida. Pero esto es así en el Arte porque la emoción no se agotará en sí misma, porque no existirá de igual modo a como subyacerá -más que existirá- la emoción en la vida contingente de los hombres... Porque en la vida subyace la emoción más que existe. Estará en la vida la emoción al pairo de los envolventes vaivenes de las cosas veleidosas, de lo que es la vida en sí misma, conflictiva, espantosa, sorprendente, azarosa. Pocas mujeres han habido filósofas en la historia, pero haberlas las han habido. Una de ellas lo fue Anne-Louise Germaine Necker, conocida en la historia como Madame de Staël (1766-1817). En el año 1796 escribe su obra Acerca de la influencia de las pasiones en la felicidad de los individuos y naciones. El convulso momento que le tocó vivir, la Revolución francesa, fue el marco social inspirador que le sirviría de contraste para afrontar las más íntimas reflexiones sobre la infelicidad humana. Para Madame de Staël la felicidad es un concepto ideado, idealizado mejor dicho, para tratar de conciliar los elementos contrarios de la vida. Por ejemplo, la esperanza y el temor; la actividad y la inquietud, la gloria y la calumnia, la grandeza y la falsedad o el amor y la inconstancia.

La ambición es una pasión egoísta que llevará al uso de cualquier cosa para satisfacer los fines más personales. Esa emoción egoísta se sobrepone a veces por encima de los valores sociales y políticos, y acabará triunfando sobre otras pasiones afines a ella. La piedad como una cualidad más social que individual la destaca Madame de Staël por entonces -pleno momento de violencia social revolucionaria- como un gran valor para la reconciliación entre los franceses, experiencias terribles vividas después de las heridas de la Revolución. Pero sobre todo trataría ella de explicar algo tan moderno como es la insatisfacción que produce la emoción en los seres.  En su obra literaria nos dejaría escrito esto: Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción; el vacío que deja tras de sí nos causa mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba antes; lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar...

John William Godward (1861-1922) nacería en un hogar victoriano de clase media de profundas convicciones y ambiciones materiales y sociales. En un lugar así, tan ausente de espiritualidad vital y artística, vería la luz uno de los seres más imbuidos por un sentido clásico de Belleza, de esa forma genuina de contemplar la vida como una permanente, emotiva, trascendente, sugestiva, sensual o prodigiosa manera de hacerlo. Luego de enfrentarse a su convencional familia, para no ser ahora un exitoso empleado de finanzas más -como lo eran su padre y hermanos-, se marchará a Italia, a la artística y sublime Roma, donde se consagraría a plasmar lo más inalcanzable para él en la vida: la belleza emotiva de lo inasible...  Esa belleza emotiva encerrada ahora entre los trazos de su propia creación artística sublime. Porque la belleza emotiva es algo posible solo de conseguir con el Arte, al menos con el Arte armonioso y bello que él habría aprendido de sus neoclásicos maestros. Pero nacería el pintor inglés en el momento más equivocado de todos. Su espíritu no supo asimilar el rechazo frontal de una sociedad vertiginosa que evolucionaba, demasiado rápido, hacia el abismo de la fealdad más estética: el advenimiento del Arte más moderno, el Dadaísmo, frente al más bello y tan amado por él.  El día 13 de diciembre del año 1922 en su estudio 410 de Fulham Road, al sudoeste de Londres, sería hallado muerto el pintor a causa del gas de monóxido de carbono de un pequeño hornillo indiferente, un instrumento mortífero que el propio artista, al parecer, manipularía desbordado y perdido por la propia vida desatenta. 

Para la vida de los seres, queramos o no entenderlo así, la emoción es casi siempre un medio muy sutil y eficaz para conseguir algún fin deseado por alguien, sea lo que sea. El Arte, a cambio, toma frente a la emoción una posición muy particular, una posición muy distante por cuanto ésta -la emoción- constituye solo ahora -en el Arte- un objeto en sí mismo, nada más, uno estéticamente más, pero nada más que eso. El Arte no necesita sentir ensalzado o aumentado su propio ser cuando termine la emoción que expresará con su alarde estético primoroso, como, a cambio, sucederá siempre en la vida de los hombres. Porque para el Arte no existe limitación, ni temporal ni espacial, para sentir la emoción que ella expresa indiferente. Pero para la vida, por contra, la emoción es el comienzo de una secuencia vital inevitable y poderosa, de un proyecto más grande -prosperar generacional o socialmente a costa de lo que sea, incluso de la propia felicidad personal- que el propio sentimiento que se precise para sentirla. Simplemente eso es lo que sucederá con la frágil emoción en la vida de los hombres. Pero no así en el Arte, algo que, sin embargo, hallará siempre su sentido más excelso en la propia, exclusiva y ferviente emoción instantánea y permanente.

El grito emocional de la vida es por eso mismo muy breve, se agotará en sí mismo muy pronto. El del Arte se prolongará eterno, pues concentrará en ese álgido momento -el que refleja la obra artística- todo el propósito, el genio y el impacto más íntimo y profundo que, sin embargo, la vida no contiene nunca para siempre.  El ser humano necesitará del Arte porque no hallará nunca satisfacción completa solo con la vida, algo demasiado simple y vulgar, siempre preocupada la vida de sí misma y de sus cosas, sin gusto, sentido ni espiritualidad... Lo concreto, lo banal -lo efímero-, excitará a la vida siempre; lo inseguro, lo misterioso, lo permanente, lo fervientemente emotivo, sin embargo, pertenecerá al Arte eternamente. Es la manera genuina como se siente la emoción, a diferencia de la vida, lo que llevará al Arte a perpetuarla, a no defraudarla, a reencontrarse con ella -con la bella emoción- cuando el ser la necesite siempre, en el momento preciso en que el ser la necesite. A ver, en definitiva, nuevas sensaciones emotivas a cada nueva ocasión de visionar ese Arte sin espanto.

La vida amará lo material y lo perecedero; el Arte amará lo inmaterial y lo eterno. Una diferencia esencial entre la vida y el Arte es que éste último solo pensará en el ser humano, en nosotros mismos. Sin embargo, la vida pensará siempre en ella, en sí misma, en perpetuarse a costa de las emociones, en propagarse genéticamente a pesar de las mismas, en promocionarse a costa de lo bello; en dar para recibir pronto; en emocionar condicionando al sujeto; en alejarse desdeñosa cuando termine por entender que su gesto sublime, esa emoción tan deslumbradora que sintiera una vez, no pueda ya mantenerse ahora tanto tiempo... En el Arte no. En el Arte, con sus imágenes de belleza, se mantendrá siempre su promesa de elogiarnos cada vez que la busquemos anhelosos. Porque en el Arte no existirá ningún instante posterior a la belleza. Algo que en la vida, a cambio, sí sucederá, pues ésta nos retirará siempre luego, desdeñosa, sus fragancias. La Belleza -la emoción- con el Arte siempre estará ahí para nosotros. No, no existirá en el Arte ningún vacío después de la belleza... Tan sólo podrá existir, tal vez, la libertad de querer dejar ahora de mirarla, o también de querer dejar de sentir en algún momento sus escondidas, misteriosas o veladas emociones absolutamente sempiternas.

(Todos óleos del pintor neoclásico John William Godward: Detalle de su obra Venus anudándose una cinta en su cabello, 1913; Obra completa Venus anudándose una cinta en su cabello, 1913; Cuadro Joven con vestido amarillo drapeado, 1901, Colección particular; Obra Pensamientos lejanos, 1892; Óleo Belleza clásica, 1908, México.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...