27 de diciembre de 2014

El Barroco, una pasión brusca y realista entre dos maneras sofisticadas y sutiles de hacer Arte.



¿Cómo se pudo cambiar tanto en tan poco tiempo de representar las cosas de la vida en un lienzo? Es el tiempo que media, por ejemplo, entre dos obras de dos pintores italianos, uno manierista, Giovanni Battista Crespi (1573-1632), y otro caravaggista, Orazio Gentileschi (1563-1639). Los dos pintores, de la misma generación y del mismo lugar de Europa. ¿Fue solo el devenir artístico? Desde luego que no. La Reforma protestante había hecho mucho daño al Catolicismo en Europa durante la primera mitad del siglo XVI. Roma entonces tuvo que reaccionar. Y tras el concilio de Trento (1545-1563) idearon algo muy inteligente y poderoso; algo que llegó a ser el germen de lo que, a partir del siglo XX, vino a ser utilizado por aquellos que quisieron influir en la opinión de los demás, la publicidad más eficaz: la iconográfica. La Contrarreforma estableció entonces que toda Pintura debía acercarse más a todos los creyentes, especialmente al pueblo llano, y del modo más claro y hermoso que éstos más entendieran: con mensajes comprensibles, con personajes creíbles y con historias donde las escenas bellas formaran parte de la vida normal

El Barroco tardaría en llegar un tiempo, pero pudo hacerlo luego libre y rápido porque fue recibido con los brazos abiertos. Nunca pudieron imaginar por entonces los poderosos -cardenales, obispos, el papa- que pudiera llegar a ser tan bello algo que, poco antes, parecía imposible de pensar siquiera que pudiera serlo. Y este es el caso, por ejemplo, de dos creaciones sobre la misma temática: la huida a Egipto de la sagrada familia. La leyenda evangélica cuenta cómo María y José viajan con el pequeño Jesús a Egipto para evitar las matanzas indiscriminadas de las hordas de Herodes. Y en la pintura manierista de Crespi (año 1600) podemos admirar una obra maestra del Arte de finales del Manierismo. Hay que fijarse bien en la composición tan sutil de la escena con los tres personajes principales. Están entrelazados formando una espiral con el grueso tronco inclinado del árbol. Todo encaja en el lienzo muy estrechamente: los ángeles traviesos y una mula despistada..., y hasta el pie derecho de la Virgen, situado aquí entre dos rocas del agua. Los colores tan encendidos son, tal vez, lo único que acerca más a aquel mensaje conciliar de la Contrarreforma. Pero es además un homenaje a ese gran Renacimiento ya languideciente, al estilo semejante a Leonardo da Vinci y sus parecidos lienzos sagrados.

Veintiseis años después, el toscano Orazio Gentileschi crea su obra El descanso de la huida a Egipto, pero, ahora, ¡con una escena diametralmente distinta! Porque en esta otra obra no hay ya ninguna exquisita sofisticación en la forma de componer una representación pictórica, ni en las figuras, ni en sus gestos, ni en sus actitudes, ni en nada... ¿Son los mismos personajes sagrados los que están representados? No, ¡no puede ser! ¿Cómo va a ser ese el entregado y correcto San José de antes? ¿Cómo puede ser ahora este pequeño bebé el sagrado y altivo Niño de Crespi? ¿Cómo puede ser ella, la mujer en Gentileschi de vestimenta tan tosca, aquella otra fragante, sutil y elegante María del lienzo manierista? Imposible. Pero sí, así es. Representan lo mismo: la Sagrada Familia en un descanso de su huida a Egipto. Pero, claro, esto de ahora es el Barroco. Aquí no hay sofisticación que valga, aquí aquel mensaje contrarreformista está muy claro. Son personajes como nosotros, son personas normales que se han parado a descansar, y ella hasta amamanta a su hijo burdamente. Él descansa ahora incluso vulgarmente. Es este el sentido extraordinario del motivo de la escuela naturalista del Barroco, la caravaggista. Y la Iglesia lo vio magnífico, además. Hay que reconocer en esto a la Iglesia Católica una de las más atrevidas y avispadas formas de teología de toda la historia. Ninguna otra religión del mundo retrataría a su dios ni a su familia así de natural o vulgar.

En el año 1610 el pintor Bartolomeo Manfredi, otro caravaggista (seguidor del importante creador naturalista italiano Caravaggio), compuso su lienzo Alegoría de las cuatro estaciones. Qué alarde más grandioso para describir no el paso de las estaciones, que es la excusa aquí, no, sino el paso de las edades del ser humano. El Barroco además es una tendencia muy atrevida sutilmente. Sutilmente, pero muy atrevida. Aquí se pinta por primera vez un beso claramente expresado entre dos amantes retratados. Y no hay una razón sentimental, ni sensual, ni sexual para ello, sólo una metafórica... Pero, era una razón, y entonces nadie pudo discutirla. Ellos -seres masculinos- son la estación otoñal e invernal; y ellas -seres femeninos- la primaveral y estival. El otoño es una estación equinoccial, es decir, está el Sol en ella lo más cerca posible en su trayectoria a la Tierra, al igual que la primavera, y por eso se besan ellos aquí. El verano es representado por una mujer adulta y joven; la primavera por una adolescente; el otoño es adulto; y el invierno anciano. Es aquí la mujer adulta y joven el único personaje que mira al espectador... Es ella la que se identifica ahora con él -con nosotros-: aún ella puede vivir más de lo vivido... El invierno está arropado aquí con su capa abrigadora, quizá porque el frío ahora es lo único ya que le importará atender...

Pero, después del Barroco llegaría una tendencia artística que nunca pudo ensombrecerlo. Nunca. En la historia del Arte pictórico es un periodo artístico banal casi. Nada destacará. Los pintores o se repetían o modificaban cosas con lo único que, creían ellos, se podría progresar: con los colores, ahora éstos desperdigados por igual... Pocos artistas de esa época -el Rococó- brillaron en el orbe artístico del siglo XVIII. Pero, alguno hubo, como el gran Watteau (1684-1721), el pintor de las escenas galantes. La sociedad había cambiado mucho a principios del siglo XVIII. Ya no era tan brutal como antes, ya no era tan claramente sensual. Francia y su corte establecieron los principios -hipócritas, por supuesto- de lo que debía ser la moral de las costumbres. Se acabaron los alardes, se acabaron los deseos atormentados, se acabaron todos los deseos... Ahora se disfrutaba de la escena natural solo por el hecho de estar representada con la propia Naturaleza, no porque lo fuera. Además, aquélla, la escena representada, se modificaba y se recreaba artificialmente con cosas añadidas por los hombres.

Y es entonces cuando los genios, que a pesar de las tendencias y sus limitaciones seguirán existiendo, harán otras cosas para llegar a los espectadores... con otro Arte. Y en su obra Fiesta veneciana, el pintor Antoine Watteau crea aquí una escena galante natural y sofisticada, todo maravillosamente elegido en el lienzo: el traje de tafetán, las flores embellecidas, los músicos elegantes. Todo con elementos propios del Rococó inicial. Sin embargo, el hábil pintor dieciochesco incluiría otra cosa más para hacer de su obra una ferviente y sensual escena veneciana. ¿Cómo podía crear él una escena así, tan veneciana, sin el alarde sensual de una figura tan voluptuosa? Imposible para un veneciano. Y un arte vino a salvar a otro. El pintor compuso en su lienzo entonces la figura más sensual que de una mujer pudiera, pero, eso sí, ahora ella como una piedra más esculpida de una fuente..., dibujada lo más lejos de la escena.

(Óleo del pintor Giovanni Battista Crespi, Descanso de la huida a Egipto, 1600, Museo del Prado; Cuadro barroco del pintor Bartolomeo Manfredi, Alegoría de las cuatro estaciones, 1610, Instituto de Arte de Dayton, EEUU; Lienzo Descanso de la huida a Egipto, 1626, Orazio Gentileschi, Museo de Bellas Artes de Viena, Austria; Óleo del pintor Antoine Watteau, Fiesta Veneciana, 1717, Galería Nacional de Escocia, Reino Unido; Detalle del lienzo de Watteau, Fiesta Veneciana, 1717, Galería Nacional de Escocia.)

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