12 de enero de 2015

Verosimilitud y misterio frente a majestuosidad y belleza, o la leyenda expresada de otra forma...



El Barroco, siempre el Barroco... ¿Hay mejor tendencia para expresar emociones, aunque no exactamente sentimientos? ¿Hubo un mejor periodo artístico en la historia que transmitiese las cosas de modos tan diferentes y a la vez tan geniales de hacerlo? Los pintores italianos supieron utilizar el Barroco para eso especialmente, para hacer todo de otra forma a como podría entenderse esa tendencia. Porque era una tendencia naturalista, pero no todos lo fueron. Era además una tendencia menos clásica o nada clásica, pero tampoco todos excluyeron el clasicismo. Fue una tendencia menos estilizada en las formas de belleza, pero Francesco Furini (1602-1646), por ejemplo, se retrasaría a su propio tiempo casi en un siglo. Porque este pintor florentino había conseguido trasladar al Barroco todo lo anterior de su tendencia: el sfumato renacentista de Leonardo; el manierismo de Miguel Ángel; el clasicismo renacentista de Rafael; la belleza de los desnudos de Tiziano... Y en esto último, en los desnudos, asombraría a todos en pleno siglo XVII, cuando demostró Furini que belleza y sensualidad eran la misma y dos cosas diferentes. Porque el Barroco debía expresar las cosas lo más parecido a la realidad que pudiese. Porque el siglo del matiz y de la sutilidad o de la perfección de una belleza inexistente era lo que el Renacimiento había conseguido ser antes. Ahora, en el Barroco, las cosas se mostraban como verdaderamente eran. Los gestos más humanizados, las formas más verosímiles, los detalles absolutamente conformes a la realidad de la vida.

Por eso los desnudos del Barroco fueron más comprometidos para sus autores: porque eran más reales que nunca, se parecían a nosotros. Porque esa realidad era más natural, ya que era la existente en la mayor parte de la vida de los seres, e hizo que los detalles de belleza idealizada fueran entonces menos señalados por algunos pintores. Es decir, que en el Barroco la belleza idealizada de antes fue sustituida ahora por una realidad más habitual propia de las cosas de este mundo terrenal. De ahí las formas de los desnudos de Rubens o de Rembrandt, por ejemplo, unos desnudos que describen, con su naturalismo barroco, más lo que es la vida real que lo idealizado de ésta. Pero, ¿y cuando los detalles de belleza deben ser necesariamente expresados en un desnudo de un lienzo barroco? Pocos autores consiguieron esos detalles tanto como lo hiciera Furini y su Barroco emocional.  Un pintor que a los cuarenta años se ordenaría incluso sacerdote, y, a pesar de ese compromiso sagrado y clerical, continuaría creando esos detalles sutiles y sensuales de Belleza. El relato bíblico de la fatídica ciudad de Sodoma en el Génesis, nos cuenta cómo un ángel avisará a Lot de que abandone Sodoma antes de que sea ésta arrasada por las llamas. Entonces el único hombre honesto tomará a su familia y abandonaría su ciudad para siempre. Poco después, su familia terminarían siendo él y sus dos hijas. Ellos tres ahora, solos, con su ciudad arrasada, pasarían a ser los únicos seres en su mundo..., y, por tanto, se dirigieron a algún lugar lejos de allí.

Para ese momento, las hijas de Lot comprendieron entonces que no habría hombres con los que poder tener descendencia. Así que la llamada de la vida les acució a ambas, y no supieron ellas hacer ahora otra cosa que seducir a su padre... Un hombre éste que, ebrio y abandonado, acabaría siendo seducido eróticamente por sus hijas. Esta leyenda de incesto, sensualidad y misterio atraería a muchos pintores de la historia del Arte. La moral de sus ideas o la de los lugares de donde ellos eran, llevarían a los creadores a tratar de mostrar en sus lienzos el comprometido relato con las diferentes artes que cada cual tuviera a bien poseer. Es evidente que el recurso erótico podía estar justificado aquí, la leyenda así lo relataba claramente: las hijas dieron de beber a su padre y lo sedujeron... Así que los pintores sólo debían ahora ejercer su Arte. Hay obras del Renacimiento, por ejemplo, que muestran sutilmente los alardes manieristas más desnudos de belleza; y otras obras que no recatarían en su provocado gesto erótico de seducción y de belleza. Pero, también el Barroco lo haría... Aquí he preferido elegir tres obras barrocas de tres pintores barrocos italianos del área de Florencia. Tres obras donde el color es uno de los recursos más elogiosos. En la creación de Lorenzo Lippi (1606-1664), la más sobria de las tres obras barrocas, el pintor es descriptivo en el fondo de la leyenda. Observemos ahí la silueta alejada de Sodoma enardecida ahora por el fuego. Vemos cómo las hijas de Lot ofrecerán el vino embriagador a su padre, un ser ahora confiado y nada seducido todavía...

La obra encuadra los valores más artísticos o expresivos de su paleta, aunque la pésima calidad de la imagen no ayudará a apreciarlos: como son los vestidos, sus pliegues y sus tonalidades. También los detalles tan sutiles del engaño sensual: unas viandas que no harán sospechar a Lot de lo que luego pasará... Sin embargo, el primero de los cuadros, la imagen tan extraordinaria del pintor Orazio Gentileschi (1563-1639), compendiará todo lo que el Barroco, su belleza, insinuación, erotismo o misterio, fuese capaz de transmitir en una auténtica obra de Arte barroco naturalista. Porque aquí el creador debía mostrar la leyenda engorrosa: el incesto llevado a cabo por dos hijas a su padre. Sin embargo, el pintor deberá insinuar a la vez algo de erotismo con alguna forma de belleza. Y además la obra deberá escenografiar un momento..., uno de todos los posibles momentos artísticos: antes, durante o después, de haberse llevado a cabo aquella decisión de ellas. Si fuera antes, es el caso de Lippi; si fuera durante, es el caso de Furini. Pero, ahora, en Orazio Gentileschi, sin embargo, debía ser después... Pero, ¿cómo hacer el después...? Es decir, ¿cómo hacerlo para que encierre ahora aquí algo de justificación o de esperanza...? Es justificar la acción erótica con una atisbo de esperanza... Y este es el misterio que esta obra barroca nos muestra ahora aquí con su genial composición. Porque el pintor idearía una forma de justificación filosófica casi, ya que una de las hijas señalará a su hermana, cuando el padre aún está dormido, el lugar de provisión, el horizonte hacia donde ellas se dirigirán... Porque ese paraje, que no aparece en el cuadro, está ahora aquí lleno de esperanza para ellas y su futuro prodigioso. No lo veremos ahí, no veremos nada de eso que ellas miran, como tampoco vimos el incesto... Tan sólo ahora el insinuante vestido caído de una de ellas nos hará pensar en eso. El resto, quedará en el misterio... Como ese extraordinario gesto de querer dirigir ellas aquí sus miradas hacia un lugar ajeno. Un gesto que ahora contagiará incluso al espectador a querer mirar, también, a eso... A querer entender qué es lo que significará eso que señalan inquietas. Y con este sutil recurso supo el pintor barroco distraer así al espectador de la verdadera motivación o intención sensual de todo eso.

(Óleo de Orazio Gentileschi, Lot y sus hijas, 1623, Museo Thyssen, Madrid; Cuadro Lot y sus hijas, 1655, del pintor Lorenzo Lippi, Galería de los Uffizi, Florencia; Óleo de Francesco Furini, Lot y sus hijas, 1634, Museo del Prado, Madrid.)

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