23 de febrero de 2015

El valor material frente al espiritual, o el sentido de una vida absolutamente equivocado.



Paul Gauguin se inspiraría una vez en las maravillosas islas polinesias ante dos jóvenes bellezas de Tahití, lugar en el que se habría refugiado de las difíciles relaciones del pintor con el mundo. En 1892 compuso su lienzo Nafea faa ipoipo, que, traducido, viene a decir ¿Cuándo te casarás conmigo...? El Postimpresionismo de Gauguin llegó, junto con el de Cezanne, a conseguir alcanzar la más vertiginosa transformación del Arte Moderno. Algo nuevo florecería con todo eso. Y no sólo era el color, no, ahora era la transfiguración que con ese color se llegaba a representar en una obra de Arte. Unas emociones desgarradoramente nuevas, no conocidas nunca antes.

Esas mismas emociones nuevas que, luego, el siglo XX llevaría a su máximo sentido en casi todo en la vida: en la forma de vivir, en la de relacionarse, en la de comprender las cosas del mundo. Luego, más tarde, los creadores y las tendencias subsiguientes inspiradas en aquellos modernistas llegarían, incluso, mucho más allá, mucho más allá de lo exclusivamente artístico. El mundo se transformó. Los valores comenzarían a cambiar en casi todo. Hasta que en los inicios del siglo XXI, por ejemplo, eclosionara ese valor en una venta producida ahora, en este año 2015, para alcanzar aquel lienzo postimpresionista -un Arte tan impulsivo, tan polinesio, tan modernista- el astronómico e inconcebible precio de 266 millones de euros.

Hace dos años en la Galería Sothebys de Londres un cuadro del neoclásico pintor -el mejor pintor italiano del neoclásico siglo XVIII- Pompeo Batoni (1708-1787), Susana y los viejos, alcanzaría por entonces la cifra de 8,3 millones de euros. Veamos, un momento, es que tengo aquí las dos obras expuestas en esta entrada, la del pintor neoclásico Batoni y la del pintor postimpresionista Gauguin, ¿esa enorme diferencia es proporcional a su valor? ¿Es esta la escala de valores existente hoy? ¿Es que las diferencias de valor serán tantas que no puedan más que traducirse en esos precios? Una obra, la del neoclásico Batoni, que tiene además ciento cincuenta años más que la de Gauguin... Representa el Neoclasicismo en su estado más puro, está todo ahí, en sus clásicos reflejos artísticos. La composición de la obra más perfecta pero, también, el encuadre más original..., aun hoy.

Porque ahí, en esta obra del siglo XVIII, el creador italiano nos presenta la escena desde una aureola oscurecida entre la silueta de la fuente y la parte inferior derecha del lienzo. Es como si ahora lo viésemos a escondidas nosotros mismos la escena, como si vieramos ahora cómo los dos viejos insidiosos quieren convencer taimadamente a la joven. Los colores son extraordinarios y poderosos, destacados, señalados, definidos. Pero el azul y el rojo reclamarán ahí toda la fuerza que sostiene aquí la escena neoclásica. Es como una cierta -por imaginada- anticipación precognitiva del pintor, una donde vemos a una Susana negándose ahora a venderse por la cantidad que uno de ellos le ofrece. Toda una metáfora de que lo más verdadero o lo más auténtico no tendrá valor alguno, no podrá ya ni comprarse ni enajenarse ni venderse.

Un siglo antes de la obra del pintor Batoni, el napolitano Massimo Stanzione (1585-1658) compuso su versión de la leyenda bíblica de Susana. De esta magnífica obra barroca no he podido localizar su ubicación actual y si alguna vez fue o no subastada. Pero no está ahí por nada de esto, no, está aquí por la expresión que consigue ahora el pintor en el rostro del personaje de ella. ¿Hay algo más valorable que eso? De existir algo así, ¿qué valor podríamos asignar a esta expresión humana? Pero, es que existe. Ahí está, aquí lo tenemos ahora. Y fue realizado en el año 1643, además. Y hoy, al menos, podemos apreciarlo en esta entrada con la poca resolución habitual de estas pobres imágenes reproducidas. 

Sin embargo, lo vemos, veremos aquí ya la expresión de Susana, una expresión ahora llena de desconfianza y de recelo, de incredulidad incluso, de absoluta desazón cuando esos seres insidiosos -los viejos insensibles de la obra- la estén tratando de convencer ahora para que vea ella las cosas de otra forma. El Barroco aquí en su fragor más naturalista, pero, también, con el contraste tan pronunciado como el que entre los ocres y los negros relucirá ahora un blanco deseado, virginal, de marfil, puro, transformado así por la sensación de inocencia de una belleza decente. Y así mismo, como en esta desconfiada mirada de Susana, el pintor nos adelantaría ya por entonces la misma emoción que nuestro sentido pudiera llegar a expresar ante las vertiginosas revoluciones veleidosas del valor de las cosas en la vida. Aunque éstas sean ahora cosas diferentes, aunque éstas sean ahora otra cosa...

(Óleo del pintor del Barroco, Massimo Stanzione, Susana y los viejos, 1643; Lienzo Susana y los viejos, del pintor neoclásico Pompeo Batoni, siglo XVIII, Pavía, Italia; Cuadro postimpresionista de Paul Gauguin, Nafea faa ipoipo, ¿Cuando te casarás conmigo...?, 1892, Colección del Museo de  Qatar.)

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