27 de marzo de 2015

La Mitología como un asidero consecuente o el sentido trascendente de la vida, la historia y el Arte.



El Cristianismo primitivo, en su deseo de alejarse del mundo judaico como del pagano, utilizó parte de la Mitología griega, concretamente la mitología mística helénica del siglo VI a.C. Una mitología diferente a la homérica de siglos atrás, esta última más agresiva, realista o racionalista, y llena de héroes feroces, de atropellos, de incestos, de conquistas o de deseos mundanos. Sin embargo, esta nueva mitología griega, más espiritual que épica, surgió en la Jonia griega del siglo VI a.C., donde ahora la influencia de oriente medio y de Asia fue entonces muy decisiva. Además de una nueva concepción de la vida, más pacífica e intelectual, que los griegos del Egeo y de la costa Jonia tendrían ahora para afrontar -con su nueva filosofía precursora- los problemas del mundo y de los hombres. Así que con aquella mitología mística helénica y presocrática los primeros cristianos quisieron dar luego una forma referencial más creíble -justificar la sabiduría, la trascendencia o el mensaje mistérico- a su nueva creencia religiosa. Unos elementos, culturales o filosóficos, que conocían ya los pueblos de mayor influencia histórica por entonces -el siglo I d.C.-, la civilización greco-latina, el mundo al que se dirigía esa nueva religión: Roma. Algunos de cuyos mitos antiguos de ese mundo greco-latino tenían ya un poderoso sustrato metafísico y trascendental.

Todas las religiones no han sido más que mitologías, algunas originales -la judaica o la griega-, otras meras copias diferenciadas de las que provienen sus creencias -como la cristiana o la musulmana-. La diferencia con respecto al ámbito greco-latino fue la separación que Grecia sí hizo del mito, de la religión y de la sociedad, frente al mundo judeocristiano que no hizo distingo alguno entre los tres. Los griegos evolucionaron en su cultura porque, después del misticismo del siglo VI a.C., llegó Sócrates y Aristóteles... Y, luego, las siguientes escuelas filosóficas supieron además combinar cierto mensaje salvífico con la realidad mundana más momentánea -como las escuelas filosóficas epicureísmo y estoicismo-, y desarrollaron así una diferencia básica entre gobernar la sociedad (aristocracia/religión/democracia) y gobernarse el propio individuo (filosofía/misticismo personal). Cosas que no hicieron los judíos ni el cristianismo (ni por supuesto luego el islamismo y que aún sigue éste), es decir, que no distinguieron por entonces la sociedad del individuo, que todo era una misma cosa, una determinada revelación para dirigirse por este mundo y poder, luego, alcanzar el otro. Pero a pesar de las similitudes del Cristianismo con las grandes religiones monoteístas, supo a cambio éste acercarse al misticismo griego y diferenciarse de las otras. Primero supo utilizar la mitología judaica en propio beneficio: el Antiguo Testamento y su mitología genealógica y retórica del mundo. Segundo supo identificarse con aquella antigua mitología mística griega, la cual le ofrecía unas bases metafísicas muy elaboradas y conocidas, sofisticadas además mistéricamente.

Y toda mitología es buena para la Psicología, para la Filosofía, o para el Arte... El error de algunas religiones es su falta de flexibilidad, su dogmatismo exigente y anacrónico, algo que consistirá precisamente en no atender a ninguna mitología... Porque la Mitología daba una respuesta literaria, artística, cosas que no siempre convienen si lo que aquéllas -las religiones- desean más que otra cosa es dirigir el mundo y la vida de los hombres. Y ese fue, también, el error de la Reforma Protestante. La Reforma protestante no ayudó tanto al Cristianismo como a la sociedad en general. Ayudó más bien a la configuración de los estados, a la democracia, pero se apartó de la mitología, cosa que el Catolicismo no hizo, al contrario, lo reforzaría con la Contrarreforma. Y así el Arte y la Literatura que auspiciaron por entonces, de la que el siglo de Oro español es un ejemplo artístico extraordinario. El fenómeno fundamental de la Mitología del Cristianismo es la muerte de Jesús, su crucifixión. De no haberse producido, no habría habido Cristianismo. Porque el mensaje de salvación es general en todas las religiones del mundo, pero tan sólo en una de ellas el personaje fundamental de la misma muere a manos de la gente, de los hombres, del mismo mundo que pretende salvar... Y por ello los cristianos de los primeros siglos encontraron en un mito griego, el de Orfeo, la similitud proverbial más convincente para ayudar a comprender ese contradictorio misterio.

Fue un poeta lírico griego del siglo VI a.C., Íbico, quien compilase los versos que hacían referencia a un poeta-músico de Tracia, uno que había alcanzado la virtud más prodigiosa con su arte. Tal grandiosidad conseguiría Orfeo que hasta los animales y la Naturaleza acababan por adaptarse a sus deseos. Era la primera vez que un personaje griego de la mitología, un héroe, utilizaba su capacidad artística o su virtuosidad creativa más que otra cosa... Antes todos ellos habían utilizado la fuerza, la pasión desbordada, la inteligencia taimada -Ulises- o la heroicidad más poderosa, pero ninguno hasta entonces había utilizado su lado más humano, mental, inspirado, amoroso, gentil, musical, poético o artístico. Y eso fue lo que caracterizó a Orfeo, un personaje griego de dudosa existencia real, durante el IV o III milenio antes del nacimiento de Cristo, pero que fue llevado luego a la poesía lírica griega con los rasgos nuevos de una mitología diferente... Tan influyente mitología llegaría a ser que configuró poco después una secta en Grecia, el orfismo, una ideología mística que, arraigada en filosofías pitagóricas, acercaron el mito a la utilidad trascendente: retornar de la muerte, superarla con los rituales órficos de la vida después de la muerte. La leyenda mitológica exacta (que no habla del orfismo sino de Orfeo, que es distinto) en que se basó aquel poeta, y la mitología subsiguiente, se ignora por completo, solo nos quedarán los relatos que los romanos escribieron de aquel mito.

Y los escritores latinos versionaron la leyenda que nos ha llegado: el deseo de Orfeo de recuperar su amor -Eurídice- perdido ahora en el infernal Hades... Y para ello utilizó el héroe su arte, y convenció así a los porteros del infierno y a los dioses del inframundo para que pudiera retornar ella con él a la vida. Virgilio es el poeta romano más pesimista, por tanto, el más mistérico; Ovidio es el más optimista, por tanto el menos misterioso. En Virgilio Orfeo consigue convencer a los dioses y llevarse a Eurídice, pero con la condición de que no la mirase hasta que no hubiesen ambos salido del Hades. Como no fue así -él acabó mirándola antes-, ella regresaría para siempre al inframundo, y Orfeo, transformado luego, terminaría sus días solo y dedicado a su arte y a su creatividad. Moriría destruido por las Bacantes, unos personajes dionisíacos que no habrían soportado el cambio -esa transformación- de Orfeo luego de regresar él del Hades sin su amor -su Alma no purificada-. En Ovidio, sin embargo, ambos acabarán juntos luego de que Orfeo regrese, otra vez, al Hades por ella.

La leyenda fue interpretada como un deseo humano irrefrenable, el deseo de Orfeo en su camino con ella -el alma en vías de purificación- hacia el final del Hades, un deseo ahora de volverse a mirar él el rostro de su amada. Pero, no lo creo del todo así, no creo que Orfeo fuese tan tonto..., muy poco le faltaba a él ya para salir. ¿Por qué se volvió, entonces? ¿Lo hizo, tal vez, porque Eurídice le llamó?..., no tiene otra explicación. Fue ella, el Alma, aún no purificada, la que le llamó a él porque no deseaba aún salir de allí... Y esa fue la transformación de Orfeo luego en el mundo. Comprender él la necesidad de la purificación completada, la incapacidad ahora de un alma de quedar a medias en su proceso de conseguirlo. Siglos después, un personaje judío nacido en Galilea -no en Tracia- es llevado a una situación parecida, según cuenta la leyenda de la mitología judeocristiana. Y que, en pocos años, unos quince o veinte, después de su muerte habida en Jerusalén, una secta judaica escindida -los cristianos- tratará de hacer con su héroe -Cristo- lo mismo que se hizo con aquel poeta lírico de Grecia: relatar la epopeya de su héroe gentil, su vida, muerte y resurrección. La diferencia es que con esta mitología se llegó a conseguir la religión más importante habida en la historia. Pero, como aquélla -la antigua de los mitos griegos-, ayudarán algo a remover conciencias, a pronosticar deseos, o a inspirar cosas, aunque estas tan solo sirvan, a veces, para admirar una obra de Arte maravillosa, una obra que nos ayude así, del mismo modo que el mito, a comprender en algo la tan oscura realidad mistérica y metafísica del hombre.

Cuando en 1779 el gran pintor español Goya fuera desestimado -frente al pintor Mariano Salvador Maella- para ser el primer pintor del reino, a la muerte del anterior y gran pintor neoclásico alemán Anton Raphael Mengs, la Academia de San Fernando madrileña lo compensó nombrándolo miembro de la misma. Pero para ello debía el pintor español componer un lienzo de ingreso en la Academia, y la obra que eligió Goya hacer fue un Cristo crucificado, una creación donde expusiera dos cosas: el neoclasicismo más hermoso y equilibrado de sus maestros -algo que no fallaría con la Academia-, y, por otra, su peculiar expresionismo artístico, ese que, premonitoriamente además, le llevaría años después a ser uno de los primeros creadores en manifestar cosas diferentes a las estrictamente pictóricas. En toda la Historia del Arte los personajes retratados en una Pintura nunca dispusieron en sus rostros de la boca abierta. Bueno, nunca no. Hubo uno al menos que sí lo hizo, el alemán Mathias Grünewald (1470-1528). En el Arte, sólo la escultura se permitía elaborar rostros así, algo que en su dramatismo trágico se permitiera representar rostros desgarrados, con la boca abierta si era necesario -y en una escultura casi siempre lo es-. Pero en la Pintura esto nunca se consideró apropiado ni estético, ni bello o armonioso. La realidad es que afeaba la boca de los personajes el pintarla abierta, y pocos pintores la pintaron así, era casi un tabú... Menos aún un Cristo. Pero Goya, para acercarse al mayor dramatismo de los gestos más humanos que proliferaban en las esculturas sagradas del Barroco hispano, pinta en 1780 a su crucificado ahora con la boca abierta. 

Pocos años después, en 1788, cuando el mundo tanto para Goya -no había llegado su mayor suplicio de enfermedad- como para España -el gran rey Carlos III vivía aún y la placidez de su reino, un mundo inocente, confiado y alegre, se traslucía en su Arte- era un lugar donde, aunque antiguo e injusto, todavía se podría vivir en él sin sobresaltos. Y se decidió Goya en crear un boceto en óleo, uno para un tapiz que nunca se llegó a confeccionar. Pero en esta obra luminosa y refulgente de alegría y vivacidad -la pradera de San Isidro, un lugar a las afueras de Madrid donde se celebraba la fiesta popular de este santo- se muestra ahora el espíritu sosegado de un mundo que, todavía, no había conocido la maldad y la pesadilla más feroz, esa que una sociedad impúber pudiera por entonces siquiera imaginar. Así que luego de sufrir todas esas pesadillas -las guerras franco-españolas con Inglaterra y Portugal; la cruel guerra de la Independencia, la protesta liberal de 1820-23 y su terrible represión posterior-, España habría perdido la inocencia para siempre. Y el pintor crea una pintura negra en su casa durante 1823 rememorando aquella pradera de entonces, con aquella romería festiva del santo pero ahora toda muy negra, oscura, triste y pavorosa, llena de rostros macilentos y afeados -a cambio de la alegre de antes-, y casi todos ellos ahora con la boca abierta...

(Fragmento del óleo Cristo Crucificado, de Goya, 1780. Museo del Prado; Boceto, óleo sobre lienzo, La Pradera de San Isidro, 1788, Goya, Museo del Prado; Óleo La Peregrinación de San Isidro, 1823, Goya, Museo del Prado; Óleo sobre tabla de Goya, Jesús en el huerto, 1819, Escuelas Pías, Madrid; Lienzo del pintor barroco Cesare Gennari, Siglo XVII, Orfeo y su violín, Colección Privada; Óleo Cristo crucificado, 1780, Goya, Museo del Prado; Cuadro del pintor barroco napolitano Luca Giordano, Muerte de Orfeo, 1705, Palacio del Pardo, Madrid; Fragmento del Retablo de Isenheimer, Cristo crucificado, 1516, del pintor renacentista Mathias Grünewald, Museo Unterlinden, Colmar, Francia.)

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