15 de febrero de 2016

La visión del deseo en el Arte, o un misterio tan mitológico como humano.




Existe el retrato en el Arte. Definamos el término, es copiar, dibujando o fotografiando, una imagen de un ser determinado. Copiar una imagen de algo -un ser- que ahora está ahí, dejándose ver. Siendo consciente el objeto mismo de esa imagen del artífice que está ahora, en ese mismo momento -como un fotógrafo o un pintor avezado-, llevando a cabo el proceso artístico de un retrato. Pero en el Arte, a veces, eso no sucederá... No sucede, por ejemplo, cuando el objeto no existe en sí mismo, cuando solo es una recreación mental del propio artífice, en este caso de un pintor o creador artístico. Y, entonces, en ese caso, ¿qué lo procurará? ¿Qué cosa llevará, verdaderamente, a motivar al artífice a realizar algo así? El deseo...

En la mitología antigua, por ejemplo, fue llevado eso mismo, el deseo, a su más elaborado proceso creativo. Entonces el deseo se representaría en la figura más paradigmática de todos los personajes de aquella mitología: el dios supremo del olimpo griego Zeus. En él se reflejó las más de las veces, cuando no la única, el deseo amoroso más desaforado, el más inevitable, el más trágico, o el más humano... Tanto desearía ese dios satisfacer sus deseos eróticos que la literatura posterior grecorromana, la basada en su mitología clásica, llevaría a contar múltiples leyendas de sus fantásticas maquinaciones, por ejemplo, para acercarse -y consumar el deseo- a las más bellas ninfas, nereidas o diosas. Y una leyenda contará la historia de la hermosa y joven Calisto. Pertenecía al cortejo de Artemisa, la diosa hermana de Apolo. Para seducir a sus objetos de deseo, el gran dios griego Zeus se transformaría en otros seres. De nuevo la transformación, la única cosa prodigiosa que, realmente, nos procurará conseguir nuestros deseos... 

Zeus toma la apariencia del hermano de la diosa Artemisa, el bello Apolo, y entonces Calisto no rehúsa acompañarle. Apolo y Artemisa eran hermanos gemelos, se parecían mucho, y aquélla no distinguiría ahora mucho los detalles... Así consumaría Zeus su deseo y Calisto acabaría encinta del dios supremo griego. Pero Artemisa no perdonaría traiciones sagradas. La expulsó de su cortejo y la transformaría en una osa. Sin embargo, la historia del Arte se aprovechó de su leyenda para hacer distintas versiones de aquella afrenta mitológica. A veces, claramente representado -retratado- el deseo en una obra artística; otras con el misterio que el Arte sabrá hacer de sus historias... El extraordinario pintor del Renacimiento que fuera Giovanni de Niccoló Luteri, más conocido como Dosso Dossi (1490-1542), llevaría el misterio de ese deseo a su Arte renacentista más inspirador. Una vez, compuso ese misterio en su obra de Arte llamada Escena Mitológica del año 1524. Porque así es denominada la obra en la galería donde hoy se encuentra, el Museo Paul Getty de Los Ángeles (California). 

Pero esa obra de Arte renacentista es todo un misterio iconográfico... Porque es una alegoría en su sentido más exacto. Es decir, es la representación de una cosa que significa otra diferente, otra cosa que no se ve en lo representado claramente en la obra. Es una alegoría más que una escena. Sin embargo, no hay muchas cosas aquí como para entender siquiera qué clase de alegoría hay ahí para titular así la obra. Por esto sigue siendo hoy por hoy un misterio esta maravillosa representación pictórica. Primeramente, de hallar algún calificativo a esta alegoría, debería ser alegoría renacentista, porque es aquí el Renacimiento más espléndido, el más significativo, el más colorido o el mejor compositivo de una idea tan renacentista de la vida. Otro calificativo podría ser amor o deseo, es decir, ser denominada como una alegoría del deseo o del amor

Pero no es la Belleza aquí, que existe, lo que está ahí solo reflejado. Sin embargo, como en todas las bellezas renacentistas, ahora ella, la belleza, sin ser un objeto consciente de ser retratado... Porque además hay otros personajes más aquí que interactúan con esa belleza, y esto lo hace a ella diferente... Pero, ¿quiénes son esos personajes? ¿Qué hacen? ¿La desean a ella, desean a esa belleza? En otras escenas de parecido contraste esos u otros personajes que rodean a la belleza renacentista -o a cualquier otra- sí la desean claramente. Pero, aquí no. Ni siquiera el dios Pan -ser mitad hombre y mitad bestia- está ahí para desearla. Este dios griego está asociado a la fertilidad más bestial, tal vez por eso está ahora él ahí. Están también dos personajes más, femeninos ambos. Uno es benefactor para la belleza, protector más bien de ella, que con sus manos muestra aquí ese gesto reconocido de grandeza. El otro es un misterio indescifrable, aunque parezca ser la diosa Artemisa, gemela del Apolo intercambiable. Arriba, a la izquierda, los alados diosecillos del amor señalan, sin duda, el sentido más erótico de esta escena mitológica

Y luego está la belleza. ¿Pero, quién es ella? ¿Es Venus, es Calisto?, ¿es una ninfa mitológica cualquiera? Es el objeto de deseo, más bien. El sentido de todo eso, del deseo, ahí retratado... Tanto el amor -Eros-, como la divinidad más elogiosa -Artemisa-, como las virtudes más humanas -la vieja protectora-, o el anhelo más terrenal y brutal -Pan-, están todos ellos ahí para justificar a la Belleza. Pero para justificarse ellos, también. Todo por ella, todo por la belleza más deseosa, por la más perfecta, o la más indefensa. Cuatro años más tarde, el mismo pintor compone su obra Diana y Calisto. Diana es la Artemisa romana. Aquí, el título de la obra despeja ahora toda elucubración interpretativa. Es la ninfa Calisto claramente, la hermosa joven despreciada por Artemisa -Diana-, y representada aquí también desnuda y dormida. Diana señala ahora hacia arriba, hacia donde Zeus mora en sus dominios, indicando así al dios como el único claro responsable de esa fertilidad furtiva. Al fondo, veremos la misma o parecida silueta de una ciudad en la ladera, esa misma que pinta el autor en ambas obras. Rasgos similares que nos llevan a pensar en la misma leyenda, aunque la obra de antes no mencione para nada a Calisto ni a Diana

Es la imagen del deseo el sentido desarrollado en esta entrada. La idea del deseo, esa idea misma que, como en todos los deseos, no es nunca realmente retratada. Es decir, no es posible ser representado el deseo con la anuencia del objeto retratado. Porque siempre es recreado por la mente furtiva del autor. Y entonces puede éste pintar lo que quiere, no lo que está ahí, sino lo que no está ante él ahora siendo. Sólo lo que imaginará el autor, lo que él puede distorsionar ahora con el misterio, con el deseo... o con un gesto de belleza. El Realismo en el Arte fue el contrapunto del Renacimiento, un contrapunto que está casi siempre llevado en la sorpresa de lo representado... O como un hecho vergonzoso, o como un acto cifrado, o como un alarde cuyo realismo no está en qué hacen los personajes sino en qué son ellos verdaderamente, en lo que ellos representan. El pintor francés Évariste Vital Luminais (1821-1896) llevaría su Academicismo perfecto para representar las realidades de la vida y de la historia. En su obra El rapto vemos una escena de deseo, también. Aquí se representa el gesto poderoso de un atropello violento por poseer al objeto del deseo. La obra es muy realista y confusa a la vez. ¿Cómo es posible atrapar a caballo un cuerpo de mujer desde el lado opuesto al brazo que el raptor utiliza para llevarla a ella luego? Es imposible. O tuvo la ayuda de alguien... o ella se dejaría montar. 

Aquí es ahora la belleza de la escena -como antes, en la obra renacentista- lo que prima únicamente en la obra. El Academicismo comprendía equilibrio y proporción. El cruce de las dos figuras desnudas sobre la montura, lleva la obra a su mejor composición artística. Pocos años antes, el pintor argentino Ernesto Sívori (1847-1918), otro pintor realista, plasmaría una impactante escena desnuda y solitaria. Pero, ahora pasamos a un único personaje, desde el grupo inicial de cuatro o tres de antes, en el Renacimiento, hasta los dos del academicista Luminais. Aquí ahora vemos a una mujer descuidada, mirada desde la menor sensación clásica -púdica- de un retrato, levantándose aquí ella desnuda al despertarse sola en su dormitorio. Desnuda y con las formas muy diferentes a aquella hermosa ninfa mitológica renacentista. Porque no es aquí ahora la belleza sino solo el deseo. La vida y las ideaciones del deseo habían cambiado mucho desde el siglo XVI al XIX. Ahora, en pleno siglo XIX, no se necesitaba a nadie más, a ningún otro personaje, para exacerbar el deseo, tan solo al único objeto mismo del deseo. Además, no se necesitaría tampoco ya mostrar a una belleza tan ideal, o tan perfecta, tan solo la realidad de una solitaria escena sorprendida -para nosotros, no para ella, ajena a todo-. Esa misma escena sugestiva y furtiva -no retratada- para representar ahora el deseo más expresado y más poderoso, pero, también -como antes-, el más confuso o el más misterioso.

(Fragmento de la obra Escena Mitológica, del pintor Dosso Dossi, 1524, Museo Paul Getty, EEUU; Detalle del mismo cuadro; Óleo Escena Mitológica, 1524, Dosso Dossi, Museo Paul Getty; Lienzo Diana y Calisto, 1528, del pintor renacentista Dosso Dossi, Galería Borghese, Roma; Cuadro del pintor Évariste Vital Luminais, 1890, El rapto, Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires; Lienzo del pintor argentino Ernesto Sívori, El despertar de la criada, 1887, Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.)

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