10 de agosto de 2016

Cuando el estado de ánimo confiere su bello sentido por la visión concreta de un recuerdo primitivo.



¿Qué hace que una representación pictórica produzca o no una especial calma desmesurada su visión? Hay algunas evidencias que podemos observar aquí, en estas dos obras del genial pintor francés del barroco más enigmático, Nicolas Poussin (1594-1665). En un mismo periodo temporal, durante los años 1649 y 1651, compuso el creador francés las dos obras, Paisaje con calma y Paisaje con edificios. Es curiosa la denominación de las dos pinturas, porque en ambas hay edificios. Incluso, en la titulada Paisaje con calma sus edificios disponen de un carácter más acusado para llamarse así la obra, pero, sin embargo, acabaría titulándose Paisaje con calma. Es la inspiración, la del pintor o la de cualquiera, porque es la inspiración lo que nos lleva a crear, a componer, a disponer, a ser, a hacer de una especial forma las cosas; esas mismas cosas que, en otros momentos, no podremos alcanzar, en ningún caso, a realizar con la más mínima excelencia ni elogio. Y por eso la obra de Poussin -la primera de esta entrada- fue llamada, inevitablemente, Paisaje con calma

Ya había por entonces una polémica con la pintura de paisajes. El paisaje en una obra de Arte es el fondo, el decorado, el entorno emblemático donde los personajes históricos o legendarios trazan sus vivencias narrativas. Así se hizo siempre en el Arte. También, incluso, en los casos en que dejara de ser solo un mero decorado, como fue el caso del colega de Poussin, también francés, Claudio de Lorena, creador que pintaría los decorados como si estos fuesen el sentido más importante de lo narrado. Pero aquí, en Paisaje con calma de Nicolás Poussin, no hay nada que contar, nada que narrar, ningún sentido histórico que glosar, ni sagrado, ni pagano, ni mitológico. ¿Quién se hubiese atrevido a mediados del siglo XVII a llevar a cabo una pintura insulsa narrativamente? Porque aquí no se describe ahora nada que perfile un sentido épico, algo muy necesario entonces para justificar una representación pictórica. Incluso los paisajes con tormentas llevan el sentido trágico del momento, la venganza de los dioses, por ejemplo. Pero, ¿y aquí?, ¿qué hay que destacar especialmente para justificar una narración representada en un lienzo barroco? 

Nada, aquí no hay nada que contar del lienzo. El magno edificio principal, lo primero que vemos resaltar ante el pico kárstico del fondo, no existe siquiera en ningún lugar de Francia, ni de Europa, es imaginado. Y dada su magnitud y grandiosidad era un alarde atrevido situarlo en un lienzo barroco sin hacer referencia a ninguna edificación conocida -histórica o legendaria- relevante o poética. Luego están los seres humanos representados en la obra, personajes que, desde siempre, habían de ser conferidos a algún sentido narrativo, historicista o legendario. Aquí, en este paisaje con calma de Poussin, ninguno de los hombres dibujados hacen mención histórica alguna, poética, legendaria, moral, sagrada o de ninguna otra clasificación, para ser pintados en un lienzo barroco. En primer plano vemos a un pastor, a un personaje simple, sin carácter ni rasgo especial alguno. En planos posteriores vemos dos jinetes a caballo, y, más atrás, otro pastor desdibujado. No existe aquí ningún personaje que simbolice, ni represente, cosa que deba hacer referencia a algún sentido estético preciso, es decir, a alguna virtud o a algún simbolismo épico o filosófico; en fin, a alguna cosa que nos permita contar algo que tenga sentido contarlo.

Sin embargo, en la obra barroca de Nicolas Poussin titulada Paisaje con calma hay mucho expresado para justificar un lienzo tan extraordinariamente bello como este. Y entenderemos a la vez algo que, inconscientemente, los seres humanos llevamos inmersos en nuestro cerebro primitivo desde los primeros tiempos del homo sapiens. Hay un momento temporal del día en que el color de la tierra, producido gracias al reflejo de los rayos inclinados del sol y al color mismo de su luz, producirán un efecto sedante en nuestro ánimo. Pero, no bastará. Debe haber además un escenario concreto comprendido ahora entre una elevación y un valle, y que enmarca así un lugar acorde ahora para serenar, con esa misma luz de antes, el estado de ánimo requerido. Hay además, gracias a la evolución cultural llevada a cabo por el hombre, una especial sensación sobrevenida por el contraste sugestivo entre un paisaje natural y otro artificial, éste aquí el recreado por el material, grandioso y elevado de una construcción humana tan equilibrada. Y, por último, es fundamental incluir también el necesario y vital elemento acuático, donde ahora las aguas serenas y bondadosas de un estanque sosegado reflejan aquí los elementos más representativos, los árboles y las grandiosas construcciones, de una obra de Arte poéticamente paisajística. 

Y todo en un entorno donde ahora la vida reluce sin fragmentarse, sin distraerse, sin dispersarse, sin otra cosa más que armonía, sosiego y calma. Porque es así como ahora el paisaje de Poussin subtitulado con calma representa el más extraordinario sentido para expresar, sin embargo, una narración moral, psicológica, antropológica y filosófica maravillosa en un cuadro. Es imposible mirar esta representación pictórica y no sentir la calma que el autor quiso producir. Es una sensación estética que hemos analizado aquí viendo su obra y que el creador francés supo componer así para llevar su creación al recuerdo más profundo o primitivo de nuestro cerebro. Porque es algo físico ahora, es la forma en la que un escenario representado nos lleva a ese lugar físico agradable, recordado así por el inconsciente colectivo de todos los humanos. Y es recordado así, estimulantemente, porque el placer visual conlleva un placer psicológico y existencial extraordinario.

No sucede lo mismo con el otro paisaje de Poussin, titulado Paisaje con edificios. Esta otra obra barroca se encuentra en el Museo del Prado. Fue adquirida por el rey español Felipe V en el año 1722 y llevada a su Palacio de la Granja de San Ildefonso en Segovia. El paisaje sigue siendo en esta otra obra algo relevante, lo principal del sentido del lienzo pero, a cambio, los personajes expresan aquí más cosas, cosas importantes que lo diferencian de la anterior obra de Arte barroca. No hay certeza, pero de los tres seres humanos que aparecen en primer plano uno de ellos puede ser el filósofo griego Diógenes el cínico. Esto matiza mucho el sentido narrativo de la obra, a pesar de ser titulada, simplemente, Paisajes con edificios. Pero, analicemos aquí los elementos que condicionaban el ánimo antes. Existe aquí un fondo montañoso y elevado, pero este está demasiado alejado del valle como para establecer el efecto requerido de antes. Existe un cielo celeste y poéticamente nuboso, pero no es ahora la luz del atardecer inclinada de antes, debe ser ahora aquí una luz matutina, poco inclinada o focalizada como antes. Los edificios aquí son algunos más y más variados que antes, no existiendo ninguno grandioso que pueda contrastar en el paisaje. Luego, el agua de su estanque no es lo suficientemente grande, ni está especialmente centrado el estanque aquí como para sosegar así ningún espíritu necesitado como antes. Por último, algunos troncos de los árboles que aparecen aquí están cortados, fragmentados o heridos. Y todo esto, junto a un color ahora diferente, más terroso, más otoñal o menos brillante, o incluso acaparador de todo un paisaje -frente al otro donde el equilibrio entre cielo y tierra era importante-, hacen ahora a este otro paisaje de Poussin un mero paisaje diferente, menos justificado y menos bello, y, por supuesto, mucho menos sosegado que antes.

(Óleo Paisaje con calma, 1651, del pintor barroco Nicolas Poussin, Museo Paul Getty, Los Ángeles, EEUU; Lienzo de Poussin, Paisaje con edificios, 1651, Museo del Prado, Madrid.)

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