22 de abril de 2017

Homenaje al tiempo y al espacio en el barroco español más desconocido.



El gran pintor español Velázquez no solo nos dejaría las obras maestras más extraordinarias del Arte, también nos dejaría un legado artístico sorprendente en su discípulo más cercano y querido: Juan Bautista Martínez del Mazo (1611-1667). Casado con su hija Francisca de Silva, Martínez del Mazo aprendería todo lo que su suegro pudiera enseñarle a un hijo. Y así acabaría pintando como Velázquez, tanto que fue difícil elucidar la autoría de algunas de sus obras comparándolas con aquél. En el año 1660, justo el mismo año en que fallece Velázquez, Martínez del Mazo pinta una obra que nos hace ver la extraordinaria magia creativa que este pintor -tan desconocido por haber vivido a la inmensa sombra de un genio- tuviese en las fronteras barrocas más subjetivas del Arte. Unas particularidades que a veces ofrece el Arte a algunos de sus pintores más inspirados. Paisaje con Mercurio y Herse es una obra de Arte, al pronto, sin mucho interés plástico: las figuras están apenas esbozadas, los colores mortecinos, la atmósfera intrigante. ¿Qué puede haber de atractivo en una visión tan manida de un arte clásico sin muchas pretensiones? Basado en la leyenda mitológica de Hermes -Mercurio- y Herse -bella joven ateniense-, el pintor español compuso un paisaje donde ahora, sin embargo, tan solo glosaría al tiempo y al espacio. Para nada el amor de Mercurio por Herse. Solo al destino de los seres -de todos los seres- en ese simple lienzo, ahora como el único escenario y sentido más poderoso del mundo.

Es una creación algo atrevida para entonces, pleno momento barroco español, periodo más propio de producir obras solemnes. Pero esto nos ayuda a elogiar aún más la afición artística de la monarquía española de Felipe IV, mecenas del pintor. Toda obra de Arte fue apreciada por este rey. Pero la escena de Martínez del Mazo representa ahora un templo en ruinas... ¿Quién se hubiese atrevido a pintar algo así en un periodo histórico tan poco alentador para la monarquía hispana? Tanto las guerras europeas como los levantamientos territoriales hicieron de ese año 1660 un anno terribilis para España. Pero Martínez del Mazo a pesar de eso, o tal vez por eso, llevaría su obra de Arte a cabo pintando un paisaje donde ahora el espacio -la naturaleza feraz- y el tiempo -como elemento fenecedor- culminarían el sentido principal en su obra. Mercurio decide ir muy veloz a ver a su amada Herse -la figura de él aparece cayendo desde un cielo ofuscado-, mientras que la bella ateniense se postra resignada ante las puertas de un templo sagrado ruinoso, ahora lleno de agrestes plantas trepadoras. La leyenda cuenta cómo su hermana Aglauro trataría de impedir ese amor por despecho, pero el dios mensajero consigue evitar la estrategia envidiosa convirtiendo a la hermana en una vana piedra oscurecida. Sin embargo, nada de todo eso veremos ahí. Es más, sin el título de la obra nada sabremos de la leyenda en que se inspira. El paisaje solo nos expone tres cosas: unos seres humanos deslavazados, una naturaleza floreciente -el espacio poderoso-, y un tiempo maldecido -ruinas apenas visibles por las feraces ramas favorecedoras del paso del mismo-. 

Como reflejo de un sentido muy poético, que el siglo de Oro español mantuviese en su literatura, Martínez del Mazo glosaría aquí la finitud del tiempo -nada mantendrá su gloria eterna- y el esplendor del mundo -de la naturaleza y el espacio que nos condiciona- para exponer su personal visión de un destino poderoso. A pesar del esfuerzo meteórico del veloz dios Mercurio, el templo grandioso no volverá ya a refulgir como antes. No hay ya tiempo para eso. Y el pintor lo deja claro en la caída del dios y en la visión ruinosa, ambas cosas visibles en el mismo instante. Y todo eso a pesar de la perspectiva grandiosa del magnífico templo heleno, monumento que llena aquí casi toda la obra. Y todo eso sucede ahora a pesar de lo grande y hermoso que el templo hubiese sido antes. El pintor español -yerno de Velázquez- llegaría a ser nombrado en el año 1643 pintor de la casa del príncipe Baltasar Carlos, heredero grandioso pero maldecido de la monarquía hispana. Este príncipe, hijo del rey Felipe IV, fue la maravillosa promesa de un futuro esplendoroso. Una promesa que acabaría para siempre con la muerte, tres años después, de este esperanzador príncipe hispánico. Luego del fallecimiento de su hijo, el rey enviaría al pintor a componer paisajes de ciudades españolas o de vistas gloriosas de los lugares más alejados del reino. Unas obras espléndidas de belleza y de corrección artísticas. Y así hasta que en el año 1660, cuando la corte llorara la desaparición del mayor pintor del reino, su seguidor más desconocido se decidiera por pintar una obra diferente. Una creación artística que nada glosaría ni retrataría, ni elogiaría ni consagraría al Arte como siempre se hubiese hecho antes con la Belleza. Tan solo quiso el pintor español homenajear ahora, tímidamente, lo único que, pensaba él, determinaría más la vida de los seres humanos: el destino inevitable. Un destino aquí -en su obra de Arte- condicionado ahora sutilmente tanto por un espacio grandioso y poderoso, como por el paso de un tiempo efímero, insobornable e impenitente.

(Óleo del pintor Juan Bautista Martínez del Mazo, Paisaje con Mercurio y Herse, 1660, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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