

La abundancia de grandiosidad, o de lo más primoroso, en un período concreto del Arte -la extraordinaria producción artística del barroco en la corte española durante el tercer cuarto del siglo XVII-, ha llevado en ocasiones a maltratar las obras menos aplaudidas, menos conocidas, menos celebradas, o más desubicadas, luego de que su efusión, tal vez, no llegara a colmar las exigencias de un triunfo apenas por entonces muy persistente. Fue este el caso del pintor español Benito Manuel de Agüero (1629-1668). ¿Qué hace que prosperen o no algunas obras o personas legitimadas en su Arte frente al excelso y meritorio, sin embargo, reconocimiento de los aparentemente más grandes?: la desidiosa injusticia arbitraria de los hombres. Pero también la irreverencia de la memoria, de una memoria deslavazada o inconclusa consecuencia de los arraigados arquetipos convencionales de los hombres. ¿Dónde estará la celebración y la grandeza más auténtica?: ¿entre los perfiles sobrecogedores de una influencia sociológica?, ¿entre los estigmas inconfesables de una despiadada sombra psicológica?, ¿entre los trastornados afanes de una gloria encumbrada por raíces meramente decorosas o algo interesadas?, ¿o entre las vagas elucubraciones subjetivas de unos personajes elevados sobre la universal y serena cumbre de las verdades poderosas? Porque entre los años 1630 y 1670 se produjeron en España, concretamente al amparo de la corte real en Madrid, una grandísima y extraordinaria cantidad de obras de Arte primorosas. Fue una excelsa escuela que llevaría con Velázquez, entre otros, a ser una de las más grandiosas de la historia del Arte. En la nómina virtual de esa grandeza artística hubieron muchos pintores, conocidos algunos pero desconocidos muchos. Al final son sus obras, no ellos, las que reconocerán así el sentido y la grandeza más indeleble. Sin embargo, a veces, sus obras no las reconocieron, ni las cuidaron, ni las nombraron, ni las asignaron lo suficiente como para que la insigne memoria, que todo Arte requiere para serlo, venga así para poder transmitir o asistir para siempre su belleza.
Pero, sin embargo, algunas creaciones artísticas no dejarán de tener la misma suerte que sus entornos. Para el Palacio Real de Aranjuez se crearon una serie de pinturas de paisajes en la década de los años cincuenta del siglo XVII. Sería el pintor Agüero el que más composiciones de ese tipo crease para el real sitio de Aranjuez. Sin embargo, la decadencia española de aquellos años, finales del siglo XVII, llevaría a deslustrar la memoria de algunas de sus maravillosas obras. El Palacio de Aranjuez fue paralizado en su desarrollo artístico y arquitectónico por entonces. Solo hasta el año 1747, con el rey Fernando VI, el Palacio no volvería a brillar con toda su belleza, como también el propio reino lo hiciera de nuevo por entonces. Pero, antes de eso, alrededor del fatídico año 1700, se llevaría a cabo, sin embargo, un justo inventario de las obras depositadas en ese Palacio. Entonces se describieron todas esas obras y sus autores, asignando el nombre de Benito Manuel de Agüero a muchas de ellas. Pero pasarían los años, sus grandezas, sus rigurosidades estéticas y sus asignaciones mal recordadas o inciertas. El caso es que aquel inventario desaparecería entre legajos ocultos ahora de miseria. En el año 1794, otro nuevo inventario prosperaría al amparo de la desidia, la negligencia o la desmemoria. El pintor Agüero desaparecería de aquellos nombres, de aquellos títulos y de sus obras. El siglo XIX español no bastaría ya para ser nefasto en otras cosas, en otras razones o en otras historias, también lo fue para unas creaciones de grandeza y originalidad artísticas, obras de Arte que, por entonces perdidas y olvidadas, padecerían la oscuridad más infame tras la mera asignación de un frágil legajo de la historia.
Pasarían las glorias y las guerras, pasarían los deterioros y la decadencia, pasarían las reacciones y las revueltas, o las revoluciones y las pérdidas... Y, entonces, desapareció. La figura artística de Agüero se disolvería en la historia como sus bellos paisajes, deteriorados o descoloridos por el paso del tiempo y la desmemoria. Así hasta que, bien entrado el siglo XX, durante el año 1933, dos historiadores rigurosos -Elías Tormo y Sánchez Cantón- recuperasen la verdad de un inventario desidioso y parcial. Recuperaron entonces la memoria, la grandeza, la sutileza, la extraordinaria originalidad artística, la anticipación estética y la belleza de los paisajes de Benito Manuel de Agüero. Una belleza sugerida, una belleza enardecida, la que resultaba de cuidar y alentar así más los colores y sus formas que los pinceles ilusorios, malheridos o desahuciados por la historia. No prosperaron antes sus matices estéticos porque no fueron reconocidos en el tiempo. Fue un reconocimiento malogrado, es decir, fue el reconocimiento que una vez tuvo en sus inicios pero que, luego, se malograría o difuminaría entre las veleidosas o maliciosas decisiones personales tan injustas de la historia. Porque por entonces -siglo XVII- sí se verían o admirarían sus bellezas alegóricas, luminosas y compositivas, primorosas bendiciones de anticipación estética en una obra tan sutil como esa. Porque nunca los paisajes habrían tenido una fuerza tan poderosa en la narración estética de una escena mitológica. Claudio de Lorena sería el pintor barroco que lo comenzara a engrandecer en Francia, pero en España pocos creadores habían adquirido esa grandeza. Nunca hasta entonces se habían pintado escenas marginando la narración conocida o grandiosa frente a otras cosas solo exclusivamente estéticas. Agüero destacaría en su obra Paisaje con la salida de Eneas del puerto de Cartago la mera gloria de la civilización occidental con la fuerza ahora poderosa de una naturaleza muy estimulante; también de la historia o la leyenda del hombre con la belleza refulgente de un horizonte bellamente compuesto; y, además, la magnitud exagerada de unos alardes atmosféricos tan excelentes con la pequeñez de las figuras o los encuadres de una humanidad ahora apenas reseñable.
Para una sociedad y época -siglo XVII- de proliferación de obras religiosas, esos paisajes narrativos -tan anticipadores- de escenas paganas, míticas, naturales o fuerza ambiental desgarradora, hacían de las creaciones de Agüero un ejemplo extraordinario de exposición de obras con un especial cariz humanista y natural, prerromántico incluso, donde lo principal es subsumido por la emoción de un entorno tan desgarrador como impresionante. En esta obra barroca, el pintor seccionaría la historia así como la cultura que la sustentaba frente a la poderosa escena destacable de una naturaleza arrogante y fervorosa. Ahora los seres humanos son pequeñas criaturas que, para nada, pueden merecer el verdadero o único sentido estético de la historia. El Arte resituaba así las cosas en su sentido justo, donde ahora la fatua actitud humana no puede más que minimizarse ante la grandeza de un universo tan dadivoso como estéticamente inigualable. Hasta los dioses lo sufrieron... En la obra Paisaje con Latona y los campesinos transformados en ranas el pintor Agüero cuenta la leyenda mitológica de Latona y sus hijos, los dioses Apolo y Diana, cuando éstos fueron desatendidos por unos vulgares pastores. La inmensidad del grandioso paisaje sobrevuela sobre las dogmáticas sombras de la leyenda. Ahora la belleza de la obra encierra un mensaje diferente, uno de primorosidad estética novedosa ante cualquier otra característica tradicional o más clásica. Toda esa belleza anticipada, y el artista que lo compuso, fueron relegados por la ignominiosa crueldad de una negligencia injustificable. Aquel inventario del año 1700 quedaría olvidado, perdido y desolado por la desmemoria más imperdonable. Las autorías fueron confundidas, las obras ocultadas sin relieve, el recuerdo sin sustento y la belleza velada o ausentada de glosa, cultura, sentido y permanencia.
¿Es que no pasa lo mismo con los nombres, los personajes y la historia? ¿Cómo saber que lo que sustenta una historia es lo que de verdad supuso y fue? Sólo quedará la memoria, sólo sus obras, apenas éstas vislumbradas ya por el reflejo desvaído de la desatención y la miseria. Pero también el recuerdo ligero, limitado, afanoso que nos queda para comprender la fortaleza de la decisión artística de -hace cuatrocientos años casi- componer por entonces una imagen artística como esa. Una pintura más llena de sentimiento que de gloria estética majestuosa. La creación gozosa de la belleza de un paisaje que motivará así al espíritu del hombre para completar las metáforas sublimes de un destino histórico, sin embargo, ahora sin mucho sentido estético primoroso. Porque es el sentimiento lo que primará ante las grandiosas narrativas de un mundo artificial desposeído de cierta belleza. Agüero lo intuiría claramente... Así, como lo adivinarían ya sus obras, con la fuerza del desatino ante las fragilidades de un sino insostenible de grandeza. En los años en que el pintor compusiera sus obras, el grandioso imperio español comenzaría el descalabro paulatino de su enorme fortaleza. Ese mismo descalabro que obtuviera también el desconocido pintor barroco y su liviana memoria. Para cuando el Palacio de Aranjuez alcanzara de nuevo su grandeza -segunda mitad del siglo XVIII-, para ese final del siglo más ilustrado, sus recuerdos artísticos -desde hacía cien años antes- de sutil belleza acabarían desmantelados ante la infame, insensible y desatenta negligencia histórica. Y ya no existirían ni su nombre, ni su fama, ni su grandeza. Cruel realidad de una injusta y vil desmemoria artística. Pero, como el destacado celaje de su paisaje mitológico, vibraría de nuevo ahora, aunque desvanecido de grandeza, bajo el sol impenitente de una fiel historia descubierta. Porque unos historiadores recuperaron entonces su memoria, descubrieron su nombre, su Arte y su grandeza. Y ya nunca nadie podrá mencionar jamás que, bajo aquellos reflejos barrocos desdorados de grandeza, no existieron ni otros nombres, ni otros deseos, ni otros alardes, ni otras sutiles estéticas...
(Óleo Paisaje con la salida de Eneas del puerto de Cartago, c.a. 1650, del pintor español Benito Manuel de Agüero, Museo del Prado; Óleo Paisaje con Latona y los campesinos transformados en ranas, 1660, del pintor Benito Manuel de Agüero, Museo Nacional del Prado, Madrid.)





































