21 de agosto de 2017

Las mentiras sutiles del Arte, o como lo importante no es qué es algo sino cómo se verá.



Betsabé fue un personaje femenino de la historia bíblica davídica. El rey israelita David se obsesionaría con ella luego de observarla desde su Palacio bañarse desnuda junto a su sirvienta. Entonces esa obsesión le llevaría al monarca de Israel a requerirla en sus reales aposentos. La forzaría regiamente, es decir, con las prerrogativas reales que un monarca tuviese sobre su pueblo en aquel entonces, siglos XI-X a.C. No pudo evitarlo, ni ella..., ni él. Y tal vez no hubiese pasado nunca a historia o leyenda alguna, sino que solo habría sido un adulterio clandestino más, uno más de los millones que la historia, noble o plebeya, hubiese tenido en sus anales desconocidos. Sin embargo, Betsabé se quedaría encinta de aquella afrenta forzada. Hay que contar antes que, según la leyenda sagrada (la historia real de rey David es desconocida), Israel en aquel año (c.a. 1000 a.C.) se encontraba en guerra con los amonitas -el sitio de Rabbath Ammon-, y el conflicto bélico se estaría prolongando mucho en el tiempo. Así que el ejército de David se encontraba desplazado entonces hacia el sureste, lejos de Jerusalén. En ese ejército israelita estaba sirviendo el soldado Urías, de origen hitita, el cual era el esposo de Betsabé. Cuando ésta comprueba su estado se alarma y escribe en una carta al rey su situación: llevaba ella sin ver a su esposo más de seis meses, y el adulterio en Israel estaba terriblemente penado. El rey David entonces ordenaría a Urías que regresara con su esposa, rápidamente. Pero, éste se niega a abandonar a sus compañeros en la guerra, es un deshonor para él. Eso sería fatídico, sin embargo, para su vida. El rey no pudo entonces más que hacerlo sacrificar. 

Esta es la leyenda sagrada, el capítulo del Libro de Samuel donde se relataba esa historia. Pero el Arte lo tomaría como un referente extraordinario para consagrar un sentido moralista con su iconografía. Porque los relatos sagrados o las leyendas bíblicas eran, para el Arte, metáforas que inspiraban... Lo que es el Arte, al fin y al cabo: inspiración. Tanto la del propio creador que lo hace, como la del observador que luego lo percibe. Y ahí estará la capacidad del Arte para mentir sutilmente. Porque los pintores no identificaban nunca el sentido real de un personaje retratado con el origen único de su leyenda. La escuela holandesa, que Rembrandt llevaría a su más maravillosa expresión artística, tuvo muchos seguidores adscritos a la sutileza del lenguaje del color y la técnica sensible de la belleza más emotiva. Salomón Koninck (1609-1656) fue uno de ellos. Algunas de sus obras fueron confundidas con las de Rembrandt incluso. Sin embargo, no alcanzaría la genialidad de su compatriota más famoso..., a pesar de retratar esa belleza con rasgos mucho más actuales de su sentido estético. Es interesante observar ahora aquí, en estas obras de Betsabé, que la mirada del personaje -su expresión- es muy diferente en Rembrandt que en Salomón Koninck, a la vez que su técnica cromática -la cantidad de matices y sus detalles- y la originalidad de su composición, lo que le hace ser a Rembrandt uno de los más grandes pintores de la historia.

Pero Salomón Koninck compuso, sin embargo, dos escenas parecidas de una misma composición estética, algo que el Arte permite porque no es, para el Arte, el sentido fidedigno de una representación lo más importante, sino cómo veremos el resultado final variando ahora por ejemplo la mirada o algún elemento de la escena para, finalmente, obtener así el sentido iconográfico de toda la obra (por supuesto su título también...). En la Galería Nacional de Finlandia se encuentra una obra de Salomón Koninck, Joven y su proxeneta, c.a. del año 1640. En esta obra barroca de la escuela holandesa, el pintor Koninck consigue una excelente composición de una mujer que, aparentemente, es la legendaria Betsabé bíblica. Pero, sin embargo, no lo es... Es decir, no lo indicará el título ni ningún elemento iconográfico que lo delate. Salvo la inspiración... Pero, en este caso la inspiración es subjetiva aquí, metafórica también, sutilmente engañosa. Diez años después aproximadamente, el mismo pintor Koninck compone su obra Betsabé. Observemos bien: es la misma escena, la misma figuración representativa, la misma composición, la misma expresión del personaje principal, la misma acompañante, casi los mismos elementos. Salvo una cosa. Lo que iconográficamente delatará, en un caso, el sentido inequívoco de su relación con una leyenda concreta: la carta escrita en su mano por la mujer israelita. Tan solo es esto lo que nos ayudará ahora a discernir aquí un sentido de otro. 

Pero, ¿y el otro sentido iconográfico, el de la otra obra, cuál es entonces? El titulo de la obra lo expresará muy claro: Joven y su proxeneta. Entonces, ¿es que el Arte relacionaría sutilmente a la madre del gran rey Salomón con una prostituta? Sí. ¿Cuál es, entonces, la verdad? No existe en el Arte la verdad, tan solo la sensación de asimilar una belleza a un mensaje sublimado. Lo que es la mentira sutil del Arte. Lo que el Arte hace para realzar así, con belleza, el sentido unívoco de lo que expresará siempre: que lo importante no es el personaje en cuestión, no es lo retratado, no es lo perfilado con rasgos identificativos para señalar así una entidad real, un ser concreto -su aspecto ontológico-, no; es otra cosa, es la expresión de la belleza transmitida para, con ella, alcanzar a comprender el sentido más profundo, misterioso y trascendente de la vida -su aspecto estético-. Nada significará más en el Arte que no sea su mensaje estético: en un caso -Joven y su proxeneta- con la conmiseración por un lado de elogiar así esa belleza y por otro, además, de menospreciar ante ella las veleidades materiales de la vida... En la otra obra de Arte -Betsabé- con la complicidad empática ahora de entender así la tesitura moral de una decisión inevitable. El Arte nos ayudará entonces admirando así la belleza y comprendiendo además las acciones que esa misma belleza nos sugiera o nos inspire, siempre, con su sutil mentira tan bien representada.

(Óleo barroco Joven y su proxeneta, 1640, del pintor holandés Salomón Koninck, Galería Nacional de Finlandia, Helsinki; Obra barroca del mismo pintor Salomón Koninck, Betsabé, 1650, Colección Privada; Óleo El baño de Betsabé, 1643, del pintor Rembrandt, Metropolitan Art de Nueva York.)

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