1 de marzo de 2018

El Arte no se vive, se admira desde lejos, por eso no decepcionará ni cuestionará nada.



La fenomenología es una parte de la filosofía que tratará de acercarnos a la verdad. ¿La verdad? ¿Qué es esto? Ese, para resumir, fue el error de esta filosofía. Fue, sin embargo, una tendencia del pensamiento occidental muy decisiva e influyente, y que se desarrollaría, con fuerza, a lo largo del siglo XX en diferentes escuelas o formas de pensamiento. Una de ellas lo fue el existencialismo. La vivencia es fundamental para acercarse a la verdad, según aquel pensamiento; pero, además, lo único importante es lo que el individuo vive en su existencia, según este otro. Por lo tanto, la fenomenología y su ahijado rebelde, el existencialismo, básicamente, considerarán la vida como una extraordinaria posibilidad realizable... o no. Es decir, que podremos acercarnos a la verdad de lo que pensamos, deseamos, actuamos...., sin más dificultad que el límite de la propia existencia. Esto, salvando otras cuestiones filosóficas que ambas tendencias del pensamiento hayan supuesto para el hombre, ha provocado que, desde la Revolución Industrial -mediados del siglo XIX- el ser humano haya tratado de realizar sus anhelados sueños de una u otra forma.   

El famoso apelativo "vivir el sueño americano" proviene precisamente de las grandes posibilidades de desarrollo que el boom económico de los Estados Unidos consiguiera a comienzos del siglo XX. Mero panfleto publicitario, para albergar así las incoherentes vidas personales con respecto a esa frase de los miembros menos afortunados de aquella sociedad. Pero también en otras sociedades y en otros ámbitos de la vida, no solo el económico, se llevaría a padecer el poderoso influjo seductor de aquellos pensamientos. Para el ser humano construir la vida es, generalmente, un complejo mecanismo de insatisfacción. Pero es precisamente por querer construir la vida por lo que la fatalidad de lo obtenido, finalmente, llevará a la frustración. La sabiduría, a cambio, consistirá en no querer construir nada, sino tan solo en vivir lo construido. Hay una gran diferencia, y ésta tiene que ver con vivir más que con otra cosa. Pero vivir sin pretensiones, sin complejos, sin objetividad precisa, sino con una sosegada, ligera y armoniosa forma de hacerlo. Es realizarse sin un plan articulado, sin un continuo objetivo indeterminado... Como el Arte. Porque en la composición de una obra artística, por ejemplo, no hay un plan ideado con una premeditación subordinada a un objeto ajeno a un sentimiento. Y si lo hay, no es Arte. 

Cuando vemos la obra Nacimiento de Venus, del extraordinario pintor neoclásico Bouguereau, ¿qué vemos ahí?: ¿un objetivo concreto?, ¿una realización completa de alguien o de algo, incluso del propio pintor?, ¿una manifestación de existencia o de pensamiento? No, nada de eso. La obra terminará en sus bordes físicos y en su estética primorosa. ¿Hay alguna verdad ahí? Ninguna. Por esto el Arte, algo que no se vive, ni siquiera por su autor, no conllevará asociación con fenomenología alguna, es decir, no pretenderá albergar ninguna realidad ni física ni mental ni pasajera...  Aquí está comprendido por oposición parte de lo que aquel fenómeno es: algo pasajero. Si acaso, el Arte se acercará más a lo que el gran filósofo Kant -padre putativo de todos los siguientes pensadores a él- idearía con el concepto contrario al fenómeno, el nóumeno, la cosa en sí, la esencia de las cosas. Pero, sin embargo, en el Arte, a diferencia de la filosofía, la teología, la mística, etc..., no existe nada más que sentimiento. Esto, en definitiva, es lo que hace al Arte un extraordinario motivo para sustituir cualquier sistema de autorreflexión humana, venga de donde venga. No podemos vivir nada de lo que el Arte nos presenta. Lo sabemos, además. Porque el sentimiento artístico proviene de una sensación, no de un deseo. Y esa sensación no está, además, fuera de uno. Pero tampoco estará del todo dentro, ya que la vemos... aunque no exista.

Lo admiramos -el Arte- como admiramos un paisaje o un atardecer. No es algo nuestro. No nos pertenece. No forma parte de nuestra existencia. Ni siquiera si poseyésemos el cuadro y nadie más lo pudiese ver. Pero, a diferencia de un paisaje, el Arte sí está ahí para nosotros siempre. Aunque no lo esté... En esto sí se acercará algo a la fenomenología: como una intuición poderosa, como una aprehensión de algo. Pero no de una idea sino de un sentimiento, lo que lo distingue extraordinariamente de ese influyente pensamiento. En el cuadro de este pintor francés vemos una representación idealizada de la Belleza, del Amor y de la Vida placentera. Como sus maestros clásicos, Bouguereau compone a la diosa Venus emergiendo del mar con la voluptuosidad más deseosa del mundo. La vemos y la deseamos...  Pero, ¿la deseamos realmente? No, porque no existe ahí como deseo. El Arte no la representa para eso. Por esto la idealiza de Belleza por un lado, pero, por otro, nos la permite ver... Está y no está, y acabaremos comprendiendo esta leve contradicción. La comprenderemos más cuanto más equilibrio, composición, sutilezas, detalles, fragancias y contrastes de color consiga el creador elaborar en su obra. No está ahí para hacernos mejores ni peores, ni para conseguir algo, ni para calmar, ni para pensar siquiera. Está ahí para sentir una emoción de belleza, de equilibrio, de grandeza inconsistente...

Es por lo que el Arte como fenómeno no materializará una idea de una sensación, sino que provocará una sensación de una idea... No decepcionará, por lo tanto. Porque cuando una sensación se transforma en una idea y no en un hecho no hay manera de malograr nada.  El escritor israelita Amos Oz escribiría en una ocasión: La única manera que hay de que un sueño siga siendo completo, esperanzador y no decepcionante, es que nunca intentes vivirlo; un sueño cumplido es un sueño decepcionante. La decepción está en la naturaleza de los sueños...  Todo lo contrario del Arte, que nunca es ni será un sueño, sino la sensación no vivida de un sentimiento.

(Óleo Nacimiento de Venus, 1879, del pintor neoclásico francés William-Adolphe Bouguereau, Museo de Orsay, París.)

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