19 de noviembre de 2020

La imposibilidad de conciliar el pesimismo con la vida es igual que la posibilidad de unir el Arte a la verdad.



 En una de las reflexiones más profundas que un pesimista pudo realizar sobre el mundo, el pensador noruego Peter Zapffe (1899-1990) escribiría en el año 1933, en su obra El último Mesías: La tragedia de una especie que se convierte en inadecuada para la vida, a causa del super-desarrollo de una gran capacidad, es que ésta no se ciñe a la humanidad. Así, por ejemplo, se cree que cierta clase de ciervos sucumbió en época paleontológica al adquirir cuernos demasiado pesados. Las mutaciones evolutivas han de ser consideradas acciones ciegas que trabajan y se imponen sin conexión con su ambiente. En estados depresivos, la mente ha de ser considerada como la imagen de aquella cornamenta que, aun en su fantástico esplendor de grandiosidad, clava en el suelo a quien la porta. ¿Por qué entonces la humanidad no se extinguió hace mucho tiempo, durante las grandes epidemias de locura? ¿Por qué sucumbe solo un muy reducido número de individuos al no poder resistir la tensión a causa de un conocimiento que les aporta más de lo que pueden sobrellevar?  Cuando el rey Edipo de Tebas alcanzara a saber -ya se lo había anticipado el Oráculo de Delfos, aunque éste no le dijera toda la verdad- que aquel hombre que él había matado en el lecho de un río camino de Tebas era su propio padre, sin él saberlo, y que la mujer que había desposado luego era realmente su propia madre, ignorándolo por completo, enloquecería de tal modo que acabaría cegándose los ojos para siempre. Desde los inicios de la humanidad, el mundo habría llevado a la escisión de dos cualidades profundamente humanas: la de la materia y la del espíritu. Ambas cualidades son la propia vida humana. No podemos desprendernos de la materia sino anulándola violentamente; y no podemos abandonar nuestro intelecto espiritual sino engañándonos ciegamente. Para el momento en que el pintor italiano del Neoclasicismo más arrollador de belleza creara su obra Las bodas de Cupido y Psique, el mundo empezaba un arriesgado intento temerario de ruptura que le llevaría al imperio decidido de la materia sobre el espíritu. Era comprensible eso, pues, ¡habían sido ya casi trece siglos de equilibrio, aunque inestable, entre las dos! Era tiempo de que el ser humano probara ahora otra cosa, la que él pensaba, absolutamente equivocado -sin él saberlo por entonces-, que podría llevarle a conquistar, si afianzaba la materia, todo su poder en el mundo.

Siguiendo las ideas de Zapffe en su obra pesimista, nos sigue diciendo el filósofo noruego: Si, en el momento adecuado, el ciervo gigante hubiera roto los extremos de su cornamenta pudiera haber sobrevivido -resistido- por más tiempo. Pero lo que hubiera ganado en persistencia lo hubiera perdido en importancia, en grandeza vital; en otras palabras, hubiera supuesto una persistencia sin esperanza, hubiera pervertido su esencia, se hubiera convertido en una raza autodestructiva contra la sagrada voluntad de la sangre. En su enconada afirmación de vida, el último "Cervis Giganticus" portó el escudo de su linaje hasta el final. Pero, a cambio, el ser humano se salva a sí mismo y persevera... Lleva a cabo una represión más o menos consciente de su abrumador excedente de conciencia. Aunque esa represión adquiere una vasta y multifacética variedad de formas, parece legítimo identificar al menos cuatro clases principales de represión: aislamiento, anclaje, distracción y sublimación. Por aislamiento -o ceguera- se entiende la total arbitraria expulsión de pensamientos o sentimientos preocupantes o destructivos. El mecanismo de anclaje resulta útil desde la niñez, la familia, el hogar, los juegos, por ejemplo, se convierten en asuntos habituales para el niño y le otorgan seguridad. Tal esfera de experiencias es la primera y quizás la más feliz protección contra un cosmos al que no sondeamos nunca del todo. Cuando el niño descubre más tarde que tales bases de seguridad son tan arbitrarias y efímeras como cualquier otra, sufre una crisis de confusión y ansiedad y, rápidamente, buscará algún otro anclaje. El anclaje puede caracterizarse como la fijación a puntos internos o por la construcción de muros en derredor. Los anclajes útiles en sociedad son vistos con simpatía, quien se sacrifica por su anclaje (un proyecto material, una causa social) es idolatrado. Cuando la gente cae en la cuenta de la falsedad de algunos anclajes, se esforzará o afanará en sustituirlos por otros nuevos (la efímera duración de las verdades), de donde surgen todos y cada uno de los combates espirituales y culturales que, junto con la contienda económica, componen el contenido dinámico de la historia universal.

Continúa el pensador noruego: El afán por poseer bienes materiales no se explica sin más por los placeres inmediatos que proporciona la riqueza, pues nadie puede sentarse en más de una silla a la vez ni seguir comiendo cuando ha quedado saciado. Más bien, el valor de una fortuna material consiste en la pluralidad de oportunidades para atarse al anclaje necesario, así como en las distracciones que ofrece a su dueño. Amamos los anclajes porque nos dan la salvación, pero a la vez los despreciamos porque cercenan nuestro sentido de libertad. Otra forma de protección es la distracción, es decir, cuando se limita la atención hasta niveles mínimos y se la colma continuamente con fascinadoras impresiones abrumadoras. Negar la mayor parte de las opciones de distracción supone un considerable mal de encarcelamiento. Y como las opciones para liberarse -salvarse- de otros modos resultan escasas, el encarcelamiento tiende a permanecer muy próximo a la desesperación.  El cuarto remedio contra el pánico vital es la sublimación, una cuestión más de transformación que de represión. A través de talentos estilísticos o artísticos el consustancial dolor de la vida puede convertirse en una experiencia valiosa. Tales impulsos positivos atacan el mal de la desesperación y lo enfrentan a sus propios límites, mostrándolo en sus aspectos pictóricos, dramáticos, heroicos, líricos o incluso cómicos. Sin embargo, si el más temible aguijón se mantiene por otros medios o nos está negado el control por parte de la mente, la utilización de la sublimación resulta improbable. Por ejemplo, es como el alpinista, que no puede disfrutar de la vista del abismo maravilloso en tanto permanezca ahogado por el vértigo, sólo cuando tal sentimiento ha sido más o menos superado puede disfrutar anclado en su fascinación. Si proseguimos con estas consideraciones hasta su amargo final no existirá duda de la conclusión. Mientras la humanidad se mantenga de forma aturdida en el fatal espejismo de estar biológicamente predestinada al triunfo, nada en lo fundamental cambiará. A medida que la población se incremente y la atmósfera espiritual se espese, las técnicas de protección deberán asumir un carácter cada vez más brutal. 

En la obra del neoclasicista Pompeo Batoni vemos ahora la grandiosa representación mitológica del engaño. El dios sensual Cupido se vence dejando que los otros dioses bendigan la imposible unión con la espiritual Psique. La espectacularidad de su escenario de belleza radiante clasicista, era una demostración efectiva de la necesaria consolidación social de aquel entonces. La materia y el espíritu se unían en un enlace universal para siempre... ¿Para siempre? Por mucha belleza atropellada que el pintor afamado pudiera componer por entonces, sólo la sublimación estética de una mitología confusa podría distraer, al menos, de toda una terrible amenaza invisible que, muy pronto, coletearía entre las ambiciones y paradojas pesimistas de una humanidad perdida. La conciencia debía ser ahora contenida para poder avanzar ante las contradicciones o debilidades de una existencia maldita. En la pintura que el pintor francés Fulchran-Jean Harriet hiciera cuarenta y dos años después que Batoni, se vislumbraría, a cambio, ahora la serena amenaza que la desesperación humana pudiera llevar a cabo en otro mito. Edipo, junto a su hija Antígona, se nos muestra vencido pero superado de dolencias gracias a la oportuna ceguera que él mismo se operase. Ahora, en la misma tendencia artística no obstante, el Neoclasicismo, otra mitología griega rompería por completo aquella brillante armonía de la belleza vinculante. Ya no habría engaño, había transformación; ya no habría mentira, había pesimismo. ¿Es que la verdad no estará recluida nunca en ninguna manifestación sino tan sólo en su reserva? El Arte no podría tomar partido ni por una ni por otra cosa. Destruirse no era la opción; mantenerse equivocado, tampoco. Tal vez, sólo lo fuera la opción de estar alejado ahora de la humana intención, tan desoladora, de querer poder atar cualquier cosa con el nudo imposible de dos diferencias.

(Óleo neoclásico Las bodas de Cupido y Psique, 1756, del pintor italiano Pompeo Batoni, Galería Estatal de Berlín; Cuadro Edipo en Colono, 1798, del pintor neoclasicista francés Fulchran-Jean Harriet, Museo de Cleveland, EE.UU.)

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