El mito de Saturno devorando a sus hijos lo creó Ovidio de una antigua asociación de este dios romano con el cruel dios griego Cronos. Grecia había sido la primera que llevaría la crueldad a sus mitos para exorcizar la vida humana tan desolada y violenta. Roma se desolaría más tarde, sin embargo, ante tanta barbarie y tanta tragedia gratuita. Había necesitado Roma una mitología, y la griega era la mejor para consolidar la fundamentación de unos dioses y unos mitos en su cultura y en su vida. Así se hizo Roma con algunos dioses griegos que tuvieron su identificación luego con los romanos. Pero para Saturno, sin embargo, fue todo un despropósito. A parte de que santificaba una desolación para cualquier tradición familiar y religiosa, la crueldad de la abominación de Cronos/Saturno era demasiado para la sensación optimista y sagrada que Roma tuviese de sus dioses o de su sentido moral de la historia. Cuando el gran pintor flamenco se decidió a realizar su obra para una de las estancias reales de la corona española, el creador barroco diseñaría antes un boceto de la misma. En uno de esos bocetos que se conservan no estaban dibujadas las tres estrellas que sí aparecen, grandiosas y brillantes, pintadas ahora en este óleo de Rubens. Esa indeterminación iconográfica entre el boceto y el lienzo es una premonición providencial de la grandeza que tuviera uno de los mejores pintores del mundo. Porque, al final, Rubens comprendería que la mejor muestra de romper con la condenación despiadada de esa leyenda maléfica era simbolizar al dios primordial con la fructífera inspiración universal de un mensaje, ahora, expresamente simbolizado de alguna esperanza... Y pintaría entonces tres estrellas fulgurantes en el cielo del lienzo, sobre la escena terrorífica de ese acontecer mítico tan inevitable. Representan ellas la manera en que el planeta Saturno fuera por entonces divisado en el cielo nocturno: con la sensación de tres estrellas desplegadas así, horizontalmente, entre su brillante alineada forma estelar tan diferente (no se conocían aún los anillos de Saturno).
Aun así, Rubens compuso su mito clásico con la dureza de la visión más trágica de un terrible filicidio titánico. No hay piedad, ni razón, ni designio sagrado en la pérfida leyenda. Sólo crueldad maléfica, justificada entonces por el sentido primigenio de una genealogía mitológica. El pintor barroco quiso destacar en su obra la fuerza simbólica de unas estrellas brillantes que ahora, sin embargo, sobrevuelan el conjunto estético con un sentido diferente. Fue una premonición y un prodigio estético, todo un alarde metafísico de gnosis mística iconográfica. Doscientos cincuenta años después de Rubens, un pintor desesperado no dejaría de pintar estrellas poderosas y brillantes en sus obras impresionistas; unas estrellas que harían matizar sus lienzos ahora con el desgarrador contraste de una vaga y sensible esperanza... Así, Van Gogh haría con ellas, con las estrellas brillantes, una coreografía estética llena de luz y de fuerza psicológica muy poderosas. Toda una recreación estética de un cosmos estrellado para llevar un atisbo de ilusión a la desmadejada o sombría alma desolada de los hombres. Para eso existiría el Arte también, para transmitir un deseo o un alarde simbólico lleno ahora de sutil esperanza. Con esa iconografía marginal o grandiosa dos pintores, alejados en la historia y en el Arte, tuvieron la ocasión de poder transmitir, por una vez, un mismo mensaje sagrado lleno ahora de alguna sentida esperanza. Cualquier representación estética de un mito no es más que la visión particular que de esa leyenda tengan los ojos de quien ahora lo perciba. Cuando Roma quiso, finalmente, cambiar ya su mitología y recuperar parte de aquella elogiosa leyenda que antes tuviera, otro gran poeta romano, Virgilio, crearía por entonces una leyenda distinta de Saturno. Ahora, el dios maltratado por sus hijos, expulsado ya del Olimpo griego, encontraría refugio en Roma y perpetuaría, tras el reino de Jano, los bienes sagrados de la edad de Oro y de una civilización perfecta. Los romanos, de ese modo, quisieron definitivamente salvar a Saturno. Como Van Gogh quisiera para el ser humano también hacer con sus estrellas, o como Rubens hizo estéticamente antes con Saturno. Con el orfismo, aquella filosofía-religión mística helénica cargada de esperanza salvífica, los romanos acabarían transformando luego, también, al titán despiadado y maléfico en un rey ahora bondadoso y justo, creando, definitivamente así, desde una serena sabiduría tan próspera como oportuna, la mítica universal más brillante y salvadora de una nueva edad dorada y poderosa.
(Óleo barroco Saturno devorando a sus hijos, 1638, Rubens, Museo del Prado, Madrid.)

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