17 de noviembre de 2010

Un mito demasiado humano: el antihéroe Jasón... o la historia de la vida.



Dos grandes y épicos viajes nos han llegado desde la Antigüedad griega: el de Ulises y su Odisea; y el de Jasón y sus Argonautas. El primero es el del gran héroe mitológico que guerreó en Troya y triunfó, y que luego, con su inteligencia, artimañas, decisión imperturbable y objetivo claro, consigue regresar a su meta, a su reino y a su fiel patria. El segundo es, sin embargo, un personaje mítico menos seguro, más indeciso, casi desesperado, equívoco e influenciable. También es guiado por una necesidad, una obligación o un destino, aunque éste es, sin embargo, mucho más azaroso y voluble. Porque es ahora, con Jasón, como el itinerario normal de cualquier vida humana, como una vulgar historia humana más, plagada de grandes y fuertes, de débiles, malvados y simples, de otros seres que pasarán por la vida del protagonista y le condicionarán, le ayudarán, le perderán, le dirán qué hacer o lo manejarán ante sus propios rasgos humanos y vulnerables. 

Se inicia la vida de Jasón con la tragedia del desheredado, del ser que estaba destinado a reinar y su padre, ahora, vilmente, es destronado y muerto. Ante tal perspectiva frustrada, al cumplir la edad apropiada su preceptor -el centauro Quirón- le aconseja entonces que regrese pronto a su reino y luche por su trono. El usurpador del reino -tío de Jasón- le engaña a su regreso con un disuasorio ardid imposible: debe conseguir el Vellocino de oro (algo absurdo y sin sentido por otra parte); si lo hace, si lo consigue finalmente Jasón, se le ofrecerá el trono -el éxito en la vida- y podrá reinar. Esta difícil misión, tan imposible de llevar a cabo, piensa su tío que le hará desistir a Jasón a sus derechos legítimos. Pero acepta Jasón el reto, es decir, la vida azarosa... A cambio del duro reto, puede elegir él, sin embargo, libremente a sus compañeros de viaje, y, además, le proporcionarán una nave, el Argo, una embarcación de extraordinaria resistencia y velocidad (oportunidades a veces que nos ofrecerá,  también, la vida).

En su viaje hasta la meta deberá luchar Jasón con los doliones y las harpías. A lo largo del recorrido azaroso irán, incluso, abandonándolo algunos de sus compañeros de viaje. Cuando, por fin, llega Jasón donde se encuentra su objetivo, el Vellocino de oro, no puede conseguirlo... Tan sólo con la inestimable ayuda de Medea -hija del soberano que posee el Vellocino-, que le ofrece una pócima poderosa (la emoción y el entusiasmo que necesitamos en la vida para triunfar), puede Jasón, por fin, alcanzar su apasionado propósito. Ambos, ahora enamorados, regresarán juntos a la tierra de Jasón. Pero, en el camino de regreso, tienen que tomar una nueva dirección (azares imprevistos y condicionantes de la vida desatenta), un nuevo camino tortuoso e imprevisto -la ciudad de Corinto-, diferente en todo al de antes, obligados ahora, también, por el cruel e insidioso destino trágico. Allí Jasón acabará enloquecido por Creusa, otra mujer decidida y absorbente, a causa de la cual, y sin quererlo él así, se desatará ya la cruel y espantosa tragedia inevitable. El destino de todos sucumbirá ahora con todos ellos y provocará, finalmente, la separación, los celos, la venganza, la crueldad... y la muerte.

La historia mítica de esta leyenda épica es, así mismo, como una representación nítida del drama vital de todos los hombres. La iniciación a la vida en un mundo difícil, cruel y desamparado. La fortuna de la misma que, en un momento dado, sin embargo, ante un reto cualquiera, te facilita el destino temporalmente. La lucha luego, donde otros te ayudan, te abandonan y, aun así, casi desconfiado de todo, sin aliento, aún así, seguirás adelante. Y, después, el amor, sus necesidades, sus alianzas y sus oscuras diatribas; también sus entrecruzadas realidades y sus tristes y trágicos resultados. Y, al final, la soledad. La burla del destino cruel a los seres que maneja desatentos. Según nos cuenta la leyenda griega, Jasón acabaría sus días solo, recordando los viejos tiempos con sus Argonautas. Y murió, ridículamente, al desprenderse un trozo de madera de la popa del Argo, su mítica nave expedicionaria, esa misma nave que visitaría, nostálgico, entre los diques de su ciudad griega. Algo que él haría recordando así sus heroicas hazañas lejanas, ahora muy confundido, sin embargo, durante todos esos mismos paseos que siempre daría, todos los días, hasta volver a encontrarla.

(Imagen de La constelación Nave Argo en el firmamento según un mapa de Gerard Mercator, siglo XVI; Cuadro del pintor Waterhouse, Jasón y Medea, 1907; Cuadro Jasón encantando al Dragón, del pintor napolitano Salvator Rosa, 1615-1673; Óleo del pintor inglés Turner, Jasón, 1802;  Cuadro del pintor Gustave Moreau, Jasón, 1865; Escultura del artista danés Bertel Thorvaldsens, Jasón, 1803; Grabado del Mosaico de Hilas -compañero de Jasón- y las Ninfas, Museo Arqueológico de León.)

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