17 de febrero de 2011

El recuerdo, lo único que es capaz de perderse alguna vez sin echarse del todo de menos.



En el año 1944 el gran escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) publicaría su cuento Funes el memorioso. En ese relato narraba Borges el caso inaudito de un hombre que, después de haber perdido toda su memoria a causa de un accidente, al recobrar el conocimiento consigue sorprendentemente recordarlo todo con una minuciosidad extraordinaria. No puede, por lo tanto, evitar acordarse ahora de todo, es decir, alcanza a no poder olvidar nada..., ni siquiera lo que no desee recordar. Nos cuenta Borges: Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios, pero no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña, miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Y continúa el narrador: Me dijo: más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras...

Con el tiempo se pierde la retentiva del recuerdo, es lo que se ha dado en llamar curva del olvido. Según este método gráfico, perdemos en pocas semanas la mitad de lo que hemos aprendido, de lo que hemos ido viviendo. Al parecer, la velocidad con que se nos va yendo el recuerdo depende de lo árido o complejo del motivo, todavía más si éste es absurdo o no tiene ningún sentido para nosotros. Después, la fatiga física causada por el estrés o el insomnio aceleran más aún la tendencia al olvido. Pero, además, es a veces el lastimero fondo emocional del pozo más abrasador, de la más absoluta decepción ahora de la vida, lo que nos lleva a cortar las amarras de la memoria. Y sólo luego una referencia obligada y persistente, necesitada o sincera, es capaz entonces de volver a elevar, desde la sima de lo más oscuro, la agridulce rémora de la imagen vivida.

Porque es en imágenes como recordaremos mejor nuestra memoria amueblada... Los recuerdos son entonces figuraciones más que palabras. Incluso los sonidos acordes de una música inevitable, o de una melodía salvadora, los representaremos mejor asociados a cosas dibujadas en la mente. Así es como luego temblaremos, por ejemplo, ante el suspense de lo que, poco a poco, iremos ignorando... desacostumbrados ya de mirarlo o de pensarlo como antes. Así es como olvidaremos: desprovistos de imágenes y de tiempo... Disconformes, confundidos, arrepentidos, cegados también, por nuestro tiempo. Caminando a veces solos frente al resto del mundo. Pero, ahora, entonces, ¿qué más que digerir ya lo asimilado de antes para poder seguir digiriendo ahora lo vivido...?

(Cuadro de la pintora española Julia Hidalgo Quejo, Memoria, 1999; Cuadro de Marc Chagal, Recuerdo de París, 1976; Óleo de Van Gogh, Recuerdo del jardín de Etten, 1890; Cuadro de Edvard Munch, Por la noche en Karl Johan, 1892; Óleo de Guillermo Pérez Villalta, Las arenas del olvido, 1989; Cuadro del pintor español Eduardo Naranjo, Recuerdo sobre la pared, 1974; Óleo de Dalí, Desintegración de la persistencia de la memoria, 1952.)

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