8 de agosto de 2011

1. La separación, la diferencia y la cercanía; el contraste de una región, el de un pueblo y su historia. I






Los griegos y su mitología alcanzaron a influir a muchos otros pueblos que convivieron y comerciaron con ellos. Uno de estos fueron los fenicios. Ellos fueron los primeros y más ávidos viajeros de la historia que buscaron lejanos lugares donde comerciar. De ese modo llegaron al final de la costa mediterránea suroccidental, casi al comienzo del gran mar tenebroso -el temible y desconocido Atlántico-. Allí, en una enorme, tranquila y acogedora bahía, fundaron una gran colonia y un muy protegido puerto. Más tarde los cartagineses -fenicios norteafricanos- la llamaron Tingis. Y todo esto ya sobre el año 1450 antes de Cristo, por lo tanto, una de las más antiguas ciudades del occidente mediterráneo. Los fenicios encontraron un pueblo, los amazigh -hombres libres-, que llevarían viviendo allí casi 5000 años antes. Con esos hombres libres comerciaron aquellos cartagineses, y convivieron con ellos durante muchos años. Pronto llegaría Roma -año 45 a.C.-, y, con su implacable impulso civilizador, acabaría llamando bereberes -bárbaros- a estos nativos autóctonos del oeste norteafricano.

Cuando Heracles -el Hércules romano- fuese enloquecido por la diosa Hera -ésta lo odiaba por haber sido hijo ilegítimo de Zeus, su esposo-, llegaría entonces a matar, sin querer, a sus propios hijos. Al comprenderlo, no pudo más que buscar consuelo en la corte de su amigo Tespio. Éste le ayudó a purificarse. Pero, entonces, una de las pitonisas del oráculo de Delfos le aconsejó que fuese al reino de Euristeo. Este rey le comunicó a Heracles que la única forma de redimirse que tendría sería realizar doce trabajos, los más difíciles del mundo. Uno de ellos sería conseguir las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Él, sin embargo, no sabría nada, ni dónde estaría este jardín, ni las manzanas ni cómo obtenerlas, ni con quién -o qué- se enfrentaría. Tan sólo que el maravilloso jardín se situaba hacia donde el sol se ocultaba, en el lejano occidente, muy cerca de donde moraba el titán Atlas.

Para llegar hasta allí tuvo que pasar Heracles por el país del fiero gigante Anteo, guardián de aquellas tierras occidentales. Éste era hijo, nada menos, que del dios del mar, Poseidón, y de la gran diosa de la Tierra, Gea. Hércules se decidió entonces a luchar, y cogiendo del cuello al gigante le obligó a caer. Sin embargo, la madre de Anteo -Gea- le volvía a levantar, dándole aún más fuerzas a su hijo. El hábil y poderoso héroe griego entendió ya que debía ahora separarlo de la tierra, sólo así evitaría el influjo de su madre. De esta forma lo tomó en vilo, lo golpeó, y lo mató. La esposa del gigante, Tingis, acabaría entonces enamorándose de Hércules. Ambos llegaron a tener un hijo al que pusieron por nombre Sufax. Éste acabaría sustituyendo a quien no fue su padre -Anteo-, para guardar ahora el país de los amazigh, de los bereberes. Con los años, este pueblo norteafricano acabaría llevando a su propia mitología la famosa leyenda de Hércules y de quien, por lo tanto, terminarían descendiendo todos sus habitantes.

Roma acabaría conquistando toda la región a los cartagineses, y sojuzgando luego a todos sus pobladores. El emperador romano Claudio rediseñó el país con dos nuevas provincias en el año 42 d.C. Las denominó Mauretania a ambas; una, la más occidental, Mauretania Tingitana; otra, la más oriental, Mauretania Cesariense. Tánger entonces pasó de ser un poblado portuario y comercial a convertirse en la capital de la provincia romana de la Mauretania Tingitana. Sus relaciones, por ejemplo, con la provincia senatorial (las provincias senatoriales pertenecían al Senado, eran más privilegiadas a diferencia de las otras, las provincias imperiales o militares) de la Bética hispana -actual Andalucía occidental- fueron muy estrechas, tanto que aquélla llegaría a depender política y económicamente de ésta. Los bereberes, los autóctonos de esas tierras, llegaron a ser, incluso, muy solicitados por los generales romanos, como una fuerza ahora de ataque muy eficaz para sus caballerías ligeras. Después pasarían los años, muchos, hasta que Uqba ibn Nafi (622-683), un general árabe al servicio de los califas omeyas, alcanzara con sus huestes musulmanas las costas mediterráneas del noroeste africano, arrasándolo todo y obligando a sus pobladores paganos a convertirse, inevitablemente, a su nueva religión.

Relato de viaje. El país de Yebala, parte I:

El calor sofocante de esa tarde me hacía presagiar un clima parecido al otro lado del estrecho. El clima de Tarifa es pegajoso y poco acogedor a veces. Ahora, cuando apenas quedaban treinta minutos para embarcar, pienso en lo que este pequeño paso del océano al mar ha supuesto para la Historia. Por dos ocasiones, con un intervalo de trescientos años, fue un lugar que albergó dos acontecimientos trascendentales. Primero, en un sentido, desde Europa hasta África; luego, después, en el otro, desde la costa africana a la española. En el siglo V d.C. los vándalos, pueblos bárbaros del norte europeo, lo cruzaron hacia África para acabar con la joya alimenticia de Roma. El norte de Marruecos por entonces, la Mauretania Tingitana, era un granero que servía para dar de comer a casi toda la civilización romana. Los vándalos destruyeron ésto, y Roma comenzó a declinar. Después, trescientos años más tarde, los árabes recién llegados de Oriente, conquistadores ávidos y atrevidos, pasaron esta vez desde las costas tangerinas -adonde ahora me dirigía- hacia las tarifeñas de España. Estas dos historias acabaron con dos mundos entonces. Ahora, sin embargo, los dos viajes -la ida y la vuelta- serán algo nuevo para mí. Pero no acabará con ellos nada ahora, como entonces, todo será otra cosa ahora, todo será diferente en esta ocasión.

El barco, un gran catamarán-jet que almacena coches, autobuses y maletas, dispone de tantas butacas en su cubierta interior como un gran local cinematográfico, donde ahora es otro aquí el espectáculo. El mar-océano, cuyas dos costas enfrentadas se ven claramente, reflejarán la cercanía y a la vez la lejanía que ambos mundos, el africano y el europeo, tienen entre sí. Luego de algo más de media hora de navegación, el puerto de Tánger nos recibe como los personajes nativos que se acercan para conseguir unas monedas, y llevar así nuestro equipaje: descarado, incómodo y algo desolador. Después de traspasar los ineficaces sistemas de escaneo aduanero, llegamos a la puerta de la terminal portuaria. Allí, de pie, un bereber sonriente nos indica que es él el que nos espera para llevarnos al hotel. Éste es un edificio demasiado cercano como para haber justificado un pequeño viaje desde el puerto. Pero, pronto comprendemos que las distancias aquí no son geográficas sino culturales, económicas, materiales y temporales.

Al bajar de la pequeña furgoneta, y caminar por un destartalado descampado urbano, siento por primera vez que estoy en otro lugar, en otro mundo, muchos años más atrasado que del de donde vengo. Caminamos subiendo pequeñas calles, que empiezan a delimitar un ecosistema nada turístico, muy poco acogedor. Pero es el olor ahora sobre todo, un olor a estiércol, a penetrante aroma rural y campesino, lo que nos recibe impenitente. Sin embargo, estamos en una de las más importantes ciudades del norte de Marruecos, ciudad que fuera perla del occidente europeo durante años. Por fin cruzamos la puerta exterior del hotel Continental. Es como la entrada a un paraíso, a un oasis, luego algo decepcionante pero, ahora, nuestra casa. A medida que avanzamos hasta la recepción del añejo edificio, el calor húmedo, penetrante e intranspirable que se adueña de nuestra piel me hace necesitar despojarme, rápidamente, de todo lo que llevo encima. Al fin la habitación se presenta ahora como una solución imaginada por mí. Pero es sólo eso, imaginación, nada más. Entonces mi cerebro comienza a sentir ya la realidad. Me desnudo buscando quitarme el calor pegajoso. No se va la sensación. La ducha fría me satisface, a pesar de comprobar que sólo esta temperatura es la que podremos usar en nuestro baño, por ahora. Baño que me permite ver, por su ventana de cristales diáfanos y sin cortinas, un paisaje desconcertante y arrasador, contradictorio y casi surrealista. Como el gran país que nos acoge tras el sonido tranquilizador, o relajante a estas horas, del llamado a la oración, que, ahora mismo -en Ramadán-, obligará a sus habitantes a ayunar desde la salida del sol hasta su ocaso.

(Continuará...)

(Cuadro del pintor americano Louis Comfort Tiffany, Día de mercado fuera de las murallas de Tánger, 1873;  Óleo del pintor francés Delacroix, Combate de Giaour y el Pachá, 1827; Imagen de las ruinas romanas en la Mauretania Tingitana, Arco de Triunfo de Caracalla, Volubilis, Marruecos; Estatua de la caudilla guerrera bereber Kahina, Argelia, que luchó contra los árabes aliada con los bizantinos romanos; Cuadro del pintor Henri Matisse, Ventana sobre Tánger, 1912; Fotografía de un campanario en una iglesia católica en Tánger, 2011; Fotografías actuales de la ciudad de Tánger, Marruecos, 2011.)

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