2 de octubre de 2011

Una escuela en la Historia del Arte y una ciudad española llena de Historia.



Los conflictos sociales que se generaron durante la Segunda República española culminaron en algunos desgraciados incidentes artísticos, como los prendimientos de fuego que se llegaron a producir en algunos templos religiosos del país. En Sevilla por ejemplo, durante el difícil año de 1932, se quemó por completo la antigua iglesia de San Julián. En el incendio se perdieron el Retablo Mayor del siglo XVII, varias tablas del pintor del renacimiento sevillano Alejo Fernández (1475-1545), y se dañaría una pintura sobre tabla, la Virgen de Gracia, del pintor sevillano del gótico final Juan Sánchez de Castro (siglo XV).

Este autor sevillano, Sánchez de Castro, fue realmente el iniciador de la gran Escuela Sevillana de Arte. Trabajaría en el Alcázar sevillano durante el temprano año de 1478. A partir de él se desarrollaría toda una forma de transmitir una pasión y estilo que han durado casi quinientos años. Grandes y conocidos maestros fueron algunos de ellos, geniales y menos conocidos pintores lo fueron otros. En una línea cronológica ascendente continuamos ahora con el mencionado Alejo Fernández. Al parecer de origen alemán, aunque nacido probablemente en España, su estilo está muy influido por la pintura flamenca de entonces, finales del siglo XV y principios del XVI. Con su obra Anunciación este creador sevillano se encontraría entonces entre un estilo gótico, su propio estilo, y una nueva tendencia que revolucionaría luego el Arte, el Renacimiento.

Siguiendo con los pintores sevillanos del XVI descubrimos a Luis de Vargas (1505-1567), original de Sevilla aunque formado en Italia en el entorno del gran Rafael. Sus creaciones influyeron en las nuevas maneras de pintar en España que se consolidaron en la primera mitad de ese siglo mercantil y explorador sevillano -el siglo XVI-, cuando entonces las carabelas comenzaran a surcar el río Guadalquivir camino del Nuevo Mundo.

Después, en pleno inicio de la edad dorada española, surge un pintor plenamente renacentista, Alonso Vázquez. Aunque nacido en Ronda (Málaga) en 1564, crearía muchas obras en la Sevilla de finales del  siglo XVI. Luego, al final de su vida, acabaría por marcharse a Méjico acompañando al entonces virrey Juan de Mendoza, moriría en la Nueva España en extrañas circunstancias en el año 1608. Su original y grandiosa forma de pintar sería precursora, tal vez, de los orientalistas y románticos de siglos posteriores.

Poco después un genio de los que nacen pocos en el mundo surge de pronto en Sevilla: Francisco de Zurbarán (1598-1664). Nacido en Badajoz, entonces parte del reino de Sevilla, realiza grandes obras religiosas para la Iglesia de entonces. Fue un especial creador, un gran maestro que llevaría el arte español y sevillano a la más alta cota de genialidad del Barroco en su período inicial.

Pintores desconocidos son aquellos que no han sido muy originales o que no han proliferado mucho, o que sus obras han sido absorbidas por el tiempo y sus tendencias veleidosas. Uno de ellos lo fue Sebastián de Llanos Valdés (1605-1677). Desarrolló toda su obra en Sevilla donde al parecer nació. De un cierto estilo tenebrista muy correcto, estuvo a la sombra contemporánea, sin embargo, de otros autores de mayor envergadura, lo que le impidió llegar a ser relevante en el Arte. Pero esta es una de las curiosidades del Arte. Si se nace o se crea en un tiempo -fue contemporáneo de Murillo- donde otro creador hace lo mismo y lo hace mejor, la injusticia artística sobrevolará por doquier y el desconocimiento entonces brillará aún más que la propia riqueza intrínseca de otras obras y creadores.

El gran Murillo (1617-1682) sin lugar a dudas es la figura fundamental de la escuela sevillana. Aquí destaco una obra no muy conocida de él. Fue un pintor al que los críticos han encorsetado demasiado en la pintura religiosa. Pero él creó mucho más que eso. Gran parte de su creación artística no religiosa se encuentra fuera de España, seleccionada entonces -por manos poco honestas- para adornar las paredes de los grandes salones y museos de Europa y América. Sin Murillo la pintura sevillana no hubiese alcanzado la importancia que tiene.

Lucas Valdés (1661-1725), hijo del gran pintor sevillano Valdés Leal, es otro desconocido. En esta muestra he preferido destacar sólo al hijo, por desconocido injustamente. Casi siempre -a veces sin querer- los genios han tapado, acomplejándolos, a sus propios descendientes artísticos. No era muy frecuente, sin embargo, este caso entre los pintores entonces, el siglo XVII. En los años antiguos no sucedían esas odiosas comparaciones, tan abundantes hoy en día. Supongo que porque los creadores aún no habrían llegado a creerse dioses... Pero además porque, quizá, la virtud personal era más que una palabra manida y los padres se enorgullecían de que sus hijos pudieran saber y hacer lo que ellos, y aun más...

Siguiendo a los desconocidos pintores de entonces otro autor sevillano, ahora de principios del ilustrado siglo XVIII, Bernardo Lorente Germán (1680-1759). En 1730, durante su período más creativo en la capital de España, retrata al tercer hijo varón del rey español Felipe V. Este pintor fue un seguidor de la escuela de Murillo, pero, sin embargo, pronto se dejaría seducir por las nuevas formas de plasmar Arte en este nuevo siglo, algo que cambiaría absolutamente todo lo anterior.

Otro pintor sevillano del siglo de las Luces lo fue Domingo Martínez (1688-1749). Fue un creador más fiel al barroco final español, entonces muy significativo todavía en esos años en España, primera mitad del siglo XVIII. Grandes obras realizaría Martínez que realzarían, además, la magnificencia de un pueblo dado excesivamente al lujo, al recargamiento o al adorno barroquiano más dorado y poderoso. Este es el período histórico-artístico de la vuelta al esplendor imperial hispano, perdido casi un siglo antes. Ahora se señala y se busca demostrar un nuevo poderío imperial, ese poder político y militar que el longevo y decidido rey Felipe V trajese de nuevo al antaño y anciano imperio español.

Pasamos al siguiente siglo, el siglo que, quizá, más pintores sevillanos posiblemente haya dado al Arte. El siglo XIX fue en España, y en Sevilla particularmente, un siglo artístico muy prolífico, creativo, original pero, también, muy desconocido a veces. Empezamos con el pintor sevillano Antonio María de Esquivel (1806-1857). Aunque sometido al influjo romántico europeo de su época, tuvo en Murillo a su maestro más estilístico e inspirador, del que se valió mucho para expresarlo así en sus obras. A pesar de iniciar su actividad en su ciudad natal acabaría sus días en Madrid, donde conseguiría darse a conocer mucho más en todo el mundo. Fue un extraordinario pintor que supo combinar la fuerza del Romanticismo, muy poderoso entonces, con las sutiles técnicas antiguas de su querida escuela natal.

Luego más pintores de este mismo siglo XIX que tratarían de reflejar el paisaje, cada uno con la tendencia artística propia de su momento. Creadores que trataron de expresar lo que era una tendencia impresionista pero con los rasgos de la escuela a la que sus maestros pertenecieron antes. Una muestra de obras de ese siglo expongo con pintores desconocidos algunos y algo más conocidos otros. Como Manuel Barrón y Carrillo (1814-1884), gran paisajista romántico andaluz. Como José Jiménez Aranda (1837-1903), de familia de pintores ilustres, influido más por las tendencias que venían de fuera que por las autóctonas de sus contemporáneos andaluces. Sin embargo, supo equilibrar la técnica europea con la fuerza andaluza de sus ancestros. Le sigue aquí José García Ramos (1852-1912), un creador propiamente regional. Con él se inicia una forma local y costumbrista de pintar lo andaluz, lo sevillano, más propio de una época y de sus costumbres locales.

Más tarde, pero muy seguido, viene otro autor regionalista y sevillano, pero paisajista y universal a la vez, Emilio Sánchez-Perrier (1855-1907). Fue un pintor naturalista, es decir, un autor que expresaba la realidad más feroz. Esta tendencia -el naturalismo- fue un estilo artístico importante en la época que le tocó vivir al pintor, finales del siglo diecinueve. Otro pintor destacable, no muy conocido fuera de Sevilla, aunque algo tal vez por la peculiaridad de su temática regional, lo fue el sevillano Gonzalo Bilbao Martínez (1860-1938). Sus obras de las cigarreras han pasado a la Historia del Arte más de lo que él, posiblemente, pudo entonces sospechar. Sus cuadros de la antigua Fábrica de Tabacos sevillana, recreados en la obra literaria de Bizet, son extraordinarias muestras de un impresionismo sevillano más universal aún.

Por último tres pintores desconocidos, todos sevillanos y que merecen más reconocimiento del que tienen por parte del público en general. Rafael Senet (1856-1926), un excelente paisajista, clasicista y orientalista creador sevillano. Otro lo fue José Arpa Perea (1858-1952), un longevo pintor sevillano, paisajista muy original, detallista y colorista además. Muy conocido más fuera que dentro de España.

Finalmente un creador que, aunque nacido en Gibraltar, desarrollaría gran parte de su vida en Sevilla, donde pintaría sus calles, sus costumbres y su paisaje. De un impresionismo muy particular, con tendencia a la vez andaluza y española, Gustavo Bacarisas y Podestá (1873-1971) fue un autor muy cosmopolita gracias a su nacionalidad británica y sus frecuentes viajes por Europa. Al final de su vida regresaría a la ciudad que más le marcaría en su trayectoria artística. En ella quiso acabar con sus coloridos, vibrantes y marcados estilos. Estilos todos de una tendencia que surgiría muchos años antes sin embargo. Cuando la ciudad soleada y mágica del sur de España comenzara a percibir que el Arte de pintar era para ella algo más que seguir una determinada tendencia artística, o una forma particular de decorar un altar o una tabla, o incluso una vajilla, era, sobre todo, una manera de sentir y de creer muy especial, además, en todo aquello que ella haría.

(Óleo del pintor Alonso Vázquez, San Pedro Nolasco redimiendo cautivos, 1601, barroco; Cuadro del pintor Gonzalo Bilbao, Interior de la Fábrica de Tabacos, boceto, 1911, modernismo; Grabado con parte de la pintura sobre tabla Virgen de Gracia, del pintor Juan Sánchez de Castro, siglo XV, originalmente situada en la iglesia de San Julián de Sevilla, trasladada en 1932 a la Catedral de Sevilla, gótico tardío; Óleo del pintor Lucas Valdés, Retrato milagroso de San Francisco de Paula, 1710, barroco tardío; Fotografía de la iglesia de San Julián de Sevilla totalmente destruida, 1937; Cuadro del pintor sevillano Alejo Fernández, Anunciación, 1508, gótico-renacentista; Obras del gran Francisco de Zurbarán, Visita de San Bruno a Urbano II, 1655, y San Hugo en el refectorio, 1655, pleno barroco sevillano; Óleo del pintor Sebastián de Llanos Valdés, San Jerónimo penitente en su estudio, 1669, barroco; Cuadro del gran pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, San Jerónimo penitente, 1665, barroco; Gran obra del pintor Luis de Vargas, Prendimiento de Cristo, 1562, renacimiento manierista andaluz; Gran obra del pintor Domingo Martínez, Carro de la Común Alegría, 1748, barroco tardío; Óleo del pintor Bernardo Lorente Germán, Retrato del infante Felipe, 1730, barroco tardío; Cuadro del pintor Antonio María de Esquivel, Retrato de niño con caballo de cartón, 1851. romanticismo; Cuadro del pintor sevillano Manuel Barrón, La cueva del gato, 1860, romanticismo; Óleo del pintor Emilio Sánchez-Perrier, Triana, 1889, realismo; Cuadro del pintor sevillano José García Ramos, Malvaloca, 1912, modernismo andaluz; Óleo de José Jiménez Aranda, Retrato de Irene Jiménez, 1889, realismo; Cuadro del pintor José Arpa, Chumberas en flor, 1890, paisajismo; Óleo del pintor sevillano Rafael Senet, Canal de Venecia, 1885, clasicismo; Magnífico cuadro del pintor Gustavo Bacarisas, Plaza de San Pedro de Roma, 1955, modernismo; Óleo del pintor Gonzalo Bilbao, Las Cigarreras, 1915, modernismo; Todas estas obras ubicadas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, salvo la indicada en otro lugar.)

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