25 de noviembre de 2011

Entre los genios, los otros creadores y la verdadera autoría, lo único que realmente existe es el Arte.



En el Arte se entiende el concepto de forma como un valor estético propio, es decir, sin otras consideraciones ajenas al mismo, como puedan serlo las cuestiones sociales o morales. La forma, por tanto, serán los elementos visuales que darán consistencia a lo representado, como puedan serlo la composición, los colores o la estructura. El escultor alemán Adolf von Hildebrand (1847-1921) expuso en su libro, El problema de la forma en la pintura y en la escultura, su teoría de que en el Arte la forma tiene siempre dos maneras de ser representada. Una espacial, física sobre todo, arquitectónica; otra funcional, espiritual, más expresiva. Así estableció que la forma espacial era aquella donde dominaba la geometría, la racionalidad o el equilibrio. La otra, la funcional, acentuaría ahora más que nada la significación de la creación, la emoción más profunda. Por supuesto, cualquier obra de Arte requiere disponer de las dos; sin embargo, en cada creación concreta siempre habrá una que resalta más sobre la otra. En general, la tendencia más espacial acabó por denominarse Clasicismo; la más emocional, Barroquismo.

En una visión global de todas las Artes, según el crítico Eugenio Dors (1882-1954), podríamos situar a la Pintura como si estuviese en el centro de una imaginaria gráfica horizontal, línea que nos serviría ahora como una virtual escala cronológica. A su izquierda (más antigüedad) situaríamos el extremo artístico más Clasicista, el más espacial, el más físico, como son la Arquitectura o la Escultura; a su derecha (más moderno) el más expresivo, los más emocionales, como lo son la Música o la Poesía. Siguiendo a este crítico español, en el término medio -central- de esa escala, entre los dos extremos de esa gráfica imaginaria, situaríamos a la Pintura-Pintura, en donde se encontraría un creador insigne: el genial Velázquez y su genial pintura. La proximidad de la Pintura al extremo de la Escultura y la Arquitectura nos darían, por ejemplo, obras que van desde el clasicista francés Nicolás Poussin (1594-1665) hasta los creadores del Renacimiento, alcanzando incluso al cuatrocentista (siglo XV) Andrea Mantegna (1431-1506). En el otro extremo, el que tendería hacia lo Musical y lo Poético, nos darían creaciones de, por ejemplo, dos genios: el Greco (1541-1614) y Goya (1746-1828).

Es decir -según Eugenio Dors-, de Velázquez a Goya se va ascendiendo en la escala de la expresividad, y que después continuaría a través de múltiples artistas, tendencias y escuelas. De Velázquez a Mantegna se dirige ahora la escala hacia los elementos de la construcción y del espacio. De este modo, cuando la Pintura tendía hacia sus inicios más se acentuaba el dibujo, la forma definida, geométrica, precisa, lineal y equilibrada. Hacia el otro lado nos dirigimos, sin embargo, hacia una mayor emotividad, hacia el triunfo cada vez mayor del color, hacia la expresión más poderosa en el Arte, y que alcanzaría en el siglo XIX al maravilloso Impresionismo. Hay dos momentos en la historia donde la Pintura resaltará más claramente estas dos posiciones: el Renacimiento y el Barroco. Y ambas materializarán, además, la mayor contradicción artística de la creatividad del ser humano. Las dos tendencias se solaparon casi en el tiempo, es decir, no se separaron mucho una de la otra. Es ésta una curiosidad histórica y cultural extraordinaria. ¿Cómo se pudo cambiar tan radicalmente de pintar o de crear -las diferencias entre el Barroco y el Renacimiento son inmensas- en tan poco tiempo, teniendo además los medios tan limitados de comunicación en aquellos siglos XVI y XVII?

Las autorías de las obras de Arte han sido muchas veces confundidas por los críticos. No todos los creadores firmaban sus obras, y si lo hicieron no lo hicieron de forma muy legible. Es por eso que sólo se podían identificar ciertas creaciones por los rasgos que individualizan la obra, es decir, por su propia personalidad, como son los detalles, los colores, los pliegues, el estilo de los trazos, etc. Así se pudieron clasificar obras pero, al mismo tiempo, se lograron también equivocar identidades. En el Renacimiento han habido muchos casos de errores en las autorías de obras de Arte. Uno de ellos lo fue el de un pintor desconocido, inidentificado casi, Giovanni Agostino da Lodi (1467-1525), nacido en el norte de Italia, en Lombardía, muy cerca de Milán. Otro pintor italiano, nacido el mismo o un año antes en Emilia-Romaña, también cerca de la Lombardía milanesa, lo fue Boccaccio Boccaccino (1466-1525).

Las pinturas de ambos creadores fueron confundidas durante mucho tiempo, incluso murieron los dos curiosamente el mismo año. De hecho, hoy por hoy, no existe una autoría oficial de algunas de sus obras (¿serán las mismas personas?). Por ejemplo el cuadro Muchacha Gitana, fechado entre 1505 y 1518, tiene dos autores diferentes según se dirija uno a Web Gallery de Art o a Ciudad de la Pintura. Sin embargo en el museo donde radica el cuadro, la Galería de los Uffizi, en Florencia, indica ahora a Boccaccio Boccaccino como su autor. Además, de Giovanni Agostino da Lodi -también conocido como el Pseudo-Boccaccino- existe una referencia en el Museo Thyssen donde se encuentran dos obras de este autor.

La genialidad es algo existente, sin duda, pero tan sólo algunos, muy pocos, la poseen. En el Arte esto está muy claro. La multitud de creadores que han existido y existen nada les ha quitado, ni les quitará, la pertenencia al maravilloso Arte; pero, sin embargo, la genialidad es sólo una característica permanente en todas las obras de algunos autores, nada más, y nada menos. Sólo si consigue que todas sus obras tengan el rasgo propio de los genios, sus creadores lo son. Los ejemplos están ahí: Velázquez, El Greco, Goya, Caravaggio, etc... Otros sólo crearon, alguna vez, alguna obra que destacara especialmente. Es el caso, por ejemplo, del pintor italiano Jacopo Amigoni (1682-1752), del cual, como muestra de ésto, indico aquí dos obras suyas. Una donde no consigue el autor destacar nada especialmente, otra, sin embargo, donde rayará en ella la genialidad en la mirada, ahora convincente, emotiva y sincera, del Niño Jesús en brazos de la Madonna.

¿Por qué sólo ahí? ¿Por qué sólo en ésa...? Por lo mismo que la autoría confundida o por las obras de esos autores que, cuando la inspiración les utiliza, habrán llevado a ser creadas tan sólo por el Arte, nada más que por el Arte, lo único que verdaderamente existe. Porque es el Arte el que, haciendo uso de los seres inspirados, no se sabe muy bien por qué, conseguirá con ellos, por sí solo, crear Arte. Los utiliza -a los creadores- como si éstos fueran unos polichinelas, unas marionetas de su misteriosa creación. El Arte es la única realidad existente, identificada en sí misma, lo único que nunca confunde, lo único que realiza extraordinarias obras de creación artística. Así ha sido y así será. Lo único el Arte mismo que, además, se atribuirá toda la auténtica creación, excepto, quizá, en los propios genios...

(Óleo Muchacha Gitana, 1505-1518, ¿de Giovanni Agostino da Lodi ó de Boccaccio Boccaccino?, Galería de los Uffizi, Florencia; Cuadro Lavatorio, 1500, del pintor Giovanni Agostino da Lodi, Galería de la Academia, Venecia; Óleo Ladón y Siringe, 1510, Giovanni Agostino da Lodi, Museo Thyssen, Madrid; Óleo Sagrada Familia, 1500, Giovanni Agostino da Lodi, Louvre, París; Cuadro Cristo cargando la cruz y la Virgen desmayada, fragmento, 1501, Boccaccio Boccaccino, National Gallery, Londres; Óleo Virgen con santos, fragmento, 1505, Boccaccio Boccaccino, Galería de la Academia, Venecia; Óleo Joven con frutas, 1594, del genial Caravaggio, Galería Borghese, Roma; Extraordinaria obra La vocación de San Mateo, 1601, Caravaggio, Iglesia de los Franceses, Roma; Óleo Sagrada Familia con San Juan, aprox. 1740, Jacopo Amigoni, Alemania; Lienzo Madonna con su Hijo, 1740, Jacopo Amigoni, Museo de Leizig, Alemania; Cuadro Shakespeare al anochecer, 1935, del pintor americano Edward Hopper, colección privada.)

Vídeo de la película Anonymous, 2011, basada en la duda sobre la autoría real de las obras de Shakespeare:

2 comentarios:

sacd@ dijo...

Impresionante, No hace falta leer; parece un ábanico en el palco de un teatro, sujetado por una bella dama.

Arteparnasomanía dijo...

Esta descripción es más impresionante aún. Muchas gracias no sólo por lo que supone, sino por incluirla aquí. Saludos.

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