8 de agosto de 2012

El sentido estético frente al ético, o el Arte como belleza, como pasión o como ambas cosas.



Fue un catorce de enero del año 1506 cuando un campesino romano, Felice de Fredis, encontrase enterrado en su viñedo del monte Esquilino de Roma -una de sus siete famosas colinas- un gran cajón suntuoso y muy decorado. Al abrirlo no pudo más que sorprenderse al hallar los fragmentos, en un mármol muy blanco, de uno de los grupos escultóricos más bellos de la Antigüedad griega. Lo que había encontrado de Fredis, lo que aquel campesino romano había encontrado en Roma, fue la obra tallada más grande y hermosa que en aquellos años -pleno Renacimiento- alguien pudiera descubrir por entonces. Representaba la escultura helenística al grupo de Laocoonte y sus hijos, el sacerdote mitológico de Apolo que había mostrado a los troyanos sus dudas sobre la divinidad del Caballo de Troya, de aquel posible engaño de los aqueos dejado en una playa de Troya para asombro de los troyanos. La leyenda mítica -recogida en la obra latina La Eneida- describe el castigo afligido al troyano Laocoonte y a sus hijos por dos monstruosas serpientes marinas. Antes se habría atrevido Laocoonte a rechazar la ofrenda a Apolo -el famoso caballo de madera de los griegos-, porque sospechaba el sacerdote troyano del impresionante regalo dejado ahora por los aqueos antes de marcharse.

De pronto dos enormes serpientes terribles salieron del mar, y se lanzaron agresivas a cada uno de los dos hijos del sacerdote troyano. Laocoonte entonces, decidido, se dirigió a salvarlos como fuese. Una de esas serpientes, o las dos, enseguida acabaron enrollándose en el cuerpo del troyano. Pero justo en ese preciso momento -el instante elegido por el creador para fijar su obra- terminaría por atrapar el monstruo marino el muslo de Laocoonte entre sus dientes. Es entonces, en ese fatídico momento trágico, cuando el dolor más espantoso se apoderará del decidido Laocoonte. Los artistas griegos del periodo helenístico, los que compusieron la magnífica escultura clásica -la escuela de Rodas, siglo I d.C.-, consiguieron crear en su dramática obra una representación muy sobria, firme y recia de una figura humana afligida y herida por un dolor insoportable. Por lo tanto, ahora con un aura de irrealidad al no demostrar el representado en su rostro ninguna debilidad ni flaqueza humanas. Porque, sin embargo, ¿cómo podrían si no aquellos griegos representar el gesto más sublime de la belleza más excelsa, de la más heroica y noble, sin mantener sus principios estéticos más clásicos, es decir, sin demostrar claramente su fortaleza o su nobleza más elogiable? Fue el gran artista italiano Miguel Angel el primer experto enviado por el papa Julio II para ver los restos hallados por Felice de Fredis. Cuando el genio florentino los contemplase, incluso sin estar completado todo el grupo escultórico, sólo diría el más grande y extraordinario escultor de la historia: ¡son una maravilla del Arte...!

En ocasiones las creaciones de escenas de gran dureza, violencia u opresión han producido geniales y bellas obras de Arte. En la escultura se aprecia, en su afortunada tridimensionalidad, aún mucho más el sentido más dramático recogido y expresado por su autor. No hay en la escultura otra cosa ahora que distraiga, como en la literatura o la pintura, a los ojos o imaginación del espectador. Ante sus piedras embellecidas, sólo ellas transmiten el momento dramático elegido, ese instante sin fisuras, sin atisbos secundarios, sin detalles añadidos, sin otra cosa más que lo actuado o lo esculpido figurativamente. Y así lo vemos también, por ejemplo, en la extraordinaria talla clásica de El rapto de Proserpina, donde su escultor, el gran Bernini, muestra el espantoso y horrible instante elegido por el Arte, ese momento en el que Hades atrapa sin conmiseración ni consideración algunas la desvalida, asustada y bella Proserpina. Pero, ¿cómo es posible que algo tan rechazable por inhumano o desagradable al observar el doloroso lamento abatido del gesto humano -valor ético-, sea, a cambio, tan deseado de ver, tan excelente, tan bello, o tan armonioso de percibir -valor estético- ahora por nosotros? Porque ahora veremos cómo la genialidad artística viene ayudar a transmitir el mensaje, el mensaje que desea el autor hacer llegar al espectador. A veces se consigue; otras no tanto. El mensaje puede existir en una obra, existe de hecho, pero no siempre llegará a traspasar todas las capas cerebrales de nuestro interior o de nuestro sentido más oculto para captar la enseñanza elogiosa o elegida, esa que, finalmente, todo Arte debiera conseguir plasmar con sus alardes -valor ético-.

En el caso de la obra Susana y los viejos del gran pintor Rubens, observamos una realización pictórica perfecta, como siempre del gran maestro flamenco del Barroco. A pesar de la descarada sordidez de los ancianos en atrapar no sólo con su visión la belleza casta y pura de la hermosa Susana, vemos ahora, sin embargo, una obra bella a nuestros ojos, una imagen que nos gusta y que nos permite sin sobresaltos dedicar tiempo a visionarla. A aprehender cada motivo y cada gesto, cada trazo inteligente y estético, para acercarnos al motivo final de su sentencia grandiosa, del mensaje ético: la belleza ultrajada por el cruel, despiadado y desalmado vicio. En otros casos, como la obra del pintor español del Barroco Pedro Camacho Felizes, no llegará a transmitirnos siquiera otra cosa más que la consentida forma con la que Susana se muestra ahora concupiscente con los viejos, éstos más alejados y respetuosos incluso que en otras obras. Y luego, sin embargo, en otros casos veremos la violencia más feroz, el asalto criminal, vergonzoso, lastimero y sexual más evidente. Para este terrible tema -la violación- observamos cómo dos creadores retratarán esta escena lacerante, cruel y primitiva.

En un caso el gran autor del Renacimiento Tintoretto y su hermosa obra Lucrecia y Tarquinio. Gracias a su sutil tendencia manierista, nada realista ni desgarradora ni dura, vemos ahora una escena cuya representación es más atenuada -nos confunde casi-, mucho más suave y diferente que ese cruel, violento y depravado gesto criminal. Si no supieramos el título de la obra, si ignorásemos la historia en que se basa su leyenda -el asalto sexual del hijo del rey romano Tarquinio sobre la joven y bella doncella Lucrecia-, ¿cómo llegaríamos a saber, verdaderamente, de qué fuerte impresión depravada podría tratarse esta obra? ¿No podría ser aquí incluso el juego infantil de dos adultos o, mejor aún, el auxilio de un caballero a su señora? En la siguiente y última creación pictórica, la del artista mexicano José Clemente Orozco (1883-1949), se nos ofrece ahora una obra del todo transparente... Aquí no hay duda alguna ya, aquí no necesitaremos saber ni el título, ni la historia, ni nada de otra cosa semejante, para saber ya de qué se trata... Porque para entender la obra artística, para percibir su mensaje claramente, sólo tendremos ahora que mirarla, ¡y ya!; sin miramientos, sin saber nada más, sin otras cosas más, sólo comprendiendo fácil y ágilmente ahora el horror, la tragedia y el drama más atroz en una obra.

(Fotografía del grupo escultórico El Laocoonte y sus hijos, período helenístico, 50 d.C., Escuela de Rodas, Museo Pío-Clementino, Vaticano, aquí se consiguen ambas cosas, valor estético y ético; Escultura El Rapto de Proserpina, 1622, Lorenzo Bernini, Galería Borghese, Roma, ambas cosas; Imagen de la misma obra, desde otra perspectiva; Detalle misma obra de Bernini, otra perspectiva; Lienzo del pintor expresionista alemán Lovis Corinth, José y la mujer de Putifar, 1914, valor ético; Óleo del pintor del barroco Guido Reni, José y la mujer de Putifar, 1630, Museo Getty, valor estético; Óleo Susana y los viejos, 1635, de Rubens, ambas cosas; Cuadro Susana y los viejos, 1690?, del pintor barroco español Pedro Camacho Felizes, Murcia, valor estético; Fragmento de la obra de Tintoretto, Lucrecia y Tarquinio, 1560, Chicago Art Institute, EEUU, valor estético; Obra de tinta y lápiz sobre papel del artista y muralista mexicano José Clemente Orozco, 1928, La violación, Museo de Filadelfia, EEUU, valor ético.)

5 comentarios:

lur dijo...

Conseguir transmitir por medio de una pintura o escultura lo que se desea plantear, tiene que ser tarea ardua; si además se logra emocionar, el arte alcanzará su total plenitud.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y esto sólo lo consiguen unos pocos. Antes, cuando la imagen vagaba escasa entre los lienzos o salones recogidos de unos pocos, se llegaron a crear grandes obras. Tal vez por eso mismo. Hoy, cuando el universo audiovisual multimediático ha conseguido arrasar con todo, sólo nos queda recordarlo...

Un abrazo.

lur dijo...

No obstante en todas las épocas siempre han destacado por suerte personas con aptitudes, aunque en la actualidad sea algo más complicado y es que como muy bien sugieres, eran otros tiempos.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Sí, existen siempre creadores, seres con especiales dotes. No es ése el problema. Está en los ojos, en los otros, los que miramos ahora. Ya no nos sirve lo de antes. La evolución de las cosas y de las neuronas nos llevan a otra cosa. Entre ellas, hacer ésto...

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Ya escribí sobre ésto, lur, en http://arteparnasomania.blogspot.com.es/2012/01/el-cansancio-en-la-historia-llevo.html
Un abrazo.

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