16 de septiembre de 2012

Detonador de vida, principal receptor de miradas; enojante, lascivo, emperador y rastrero: el color rojo.



El principal color del espectro electromagnético, el primer color de todos ellos, el más fuerte, el más poderoso, o el más querido de todos, lo fue el color rojo... Pero, ¿qué razón habría tenido este color para llegar a ser, desde el Romanticismo para aquí, el tono más asociado a las fuerzas malignas o a lo más destructor o fiero del mundo? La única referencia histórica en ese sentido vendría del antiguo Egipto. Por entonces estaba relacionado con la sangre y el fuego, aspecto lógico por su rasgo físico parecido evidente -y relacionado esas dos cosas con la regeneración... o la vida-; pero además se asociaba también el color rojo con fuerzas peligrosas o fuera de todo control. Porque los ojos, los cabellos y hasta la piel, por ejemplo, del despiadado dios egipcio Seth eran rojos... Este dios egipcio, envidioso de su carisma, asesinaría a su propio hermano Osiris. Por tanto, el dios egipcio Seth acabaría representando el mal, el poder más destructor -descuartizaría en cientos de pedazos a su hermano Osiris- así como el ámbito de lo más desolador. Por esto el rojo fue para los egipcios el color del desierto. Sin embargo, sería considerado también Seth un dios egipcio protector, siendo el benévolo patrón de las guerras, confundiendo o creando discordia entre los enemigos.

Luego, cuando el imperio romano conquistara y colonizara culturalmente todo el mundo conocido, el color rojo comenzaría a tener un sentido totalmente contrario. Ahora era un color glorioso, heroico, salvador, insigne, magistral y hasta aristocrático. Los emperadores y senadores romanos eran los únicos personajes que podían llevar ese color en su vestimenta. Es por lo que la Iglesia Católica, cuando alcanzara en Roma un simbolismo imperial y regulador parecido al de sus antiguos opresores, utilizaría ese mismo color rojo para sus próceres y jerarcas eclesiásticos. En el Arte, en el comienzo de su renacimiento histórico del siglo XV, llegaría a ser entonces casi todo ese color rojo menos hiriente, erótico, demoníaco o destructor... El pintor Hans Memling, por ejemplo, lo utilizaría por entonces para pintar una Madonna en su obra La Virgen y el niño. Y el pintor austríaco del Gótico -movimiento anterior al Renacimiento-, Michael Pacher, dejaría incluso claro que las fuerzas malignas eran por entonces de otra tonalidad -de color verde-, pero nunca encarnadas. Aunque, eso sí, con los ojos y la boca diabólicas pintadas de un fuerte color carmesí.

El color rojo es el símbolo pictórico más emblemático por naturaleza. Su emoción, su firme consistencia y su clara fuerza sobre todos los demás le ha hecho haber sido elegido para resaltar o indicar algo especialmente señalable en el mundo... Pero, entonces, ¿por qué ese cariz erotizante, pasional o de alarma mortal en este extraordinario color? Su rasgo alarmante y peligroso es propio en la Naturaleza -los vegetales rojos y los tonos encarnados de algunos animales urticantes, por ejemplo así lo indicarán-, pero, sin embargo, había un sentido muy inocuo moralmente por entonces con el rojo. Pero, al pasar los años, después de la Contrarreforma religiosa del siglo XVI, el color rojo dejaría ya de utilizarse en las Vírgenes pintadas en el Renacimiento o en el Barroco, algo que sí se había hecho antes, por ejemplo, en su vestimenta sagrada y virginal. Se entendería así desde entonces que la fuerza vigorosa y pasional de este poderoso color no asociaría muy bien con la pureza divina y trascendente de la madre de Jesús.

La pasión humana más desaforada, por lo tanto, terminaría por asumirse con el tiempo al color rojo. Los siglos posteriores al Renacimiento comenzaron a mostrar un claro motivo pecador con ese color encarnado, aquel mismo tono de la propia manzana pecaminosa del Paraíso... Fue tiempo después, a partir del Romanticismo del siglo XIX, cuando el color rojo asumiría su fuerza más trágica, por ejemplo, en el envolvente mundo de lo diabólico o de lo vampírico. Hasta que llegara luego el cine, y santificaría el perverso y seductor antiguo estigma del color rojo para glorificar ahora sus historias neogóticas. Y, poco antes, hasta los radicales movimientos sociales revolucionarios encontrarían en ese color el justo emblema para sus reivindicaciones políticas. ¡Qué manipulado y sinuoso destino este para el único, el más desbordante, lúcido, inconfundible, útil, áspero... y maravilloso color!

(Óleo El hombre del turbante rojo, 1433, de Jan van Eyck, National Gallery, Londres; Cuadro del pintor impresionista y retratista italiano Giovanni Boldini, La Dama de rojo, 1916; Cuadro El viñedo rojo, 1888, Vincent Van Gogh, Museo Pushkin, Rusia; Pintura Armonía en Rojo, 1908, Henri Matisse, Hermitage, San Petersburgo, Rusia; Obra de Michael Pacher, San Agustín y el Diablo, 1475, Munich, Alemania; Cuadro del pintor expresionista Lovis Corinth, Cristo Rojo, 1922; Óleo Virgen y el Niño, siglo XV, del pintor Hans Memling, Museo diocesano de la Catedral de Burgos, España; Cuadro del mismo pintor Memling, San Jerónimo y el León, 1485; Óleo Retrato de una Dama, 1460, Rogier van der Weyden, National Gallery de Art, Washington, EEUU; Fotografía de la fotógrafa holandesa Suzanne Jongmans, Julie, retrato de una mujer, 2012 -semejanza con el anterior, en este caso matizada con la envoltura reciclada con algunos signos rojos; Óleo Alegoría de la Historia, 1620, José de Ribera, Hermitage, San Petersburgo, Rusia; Fotografía de la actriz estadounidense Scarlett Johansson.)

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