17 de diciembre de 2012

El Arte no remediará el dolor ni sus creaciones lograrán conmover la vida... más allá que a sus autores.



Ya lo dijo el gran poeta romano Virgilio hace siglos: la poesía no puede aliviar la angustia de vivir. Así mismo también lo dijera antes el poeta clásico griego Teócrito: el poeta elevará sus cantos a la vida sin conmoverla... Ésta -la vida- maldecirá con sus efectos desdeñosos la aspiración desconsolada de los hombres. Y todo acabará. El final de todo será que el verso inútil, el más desesperado, no conseguirá salvar a nadie. Tan sólo los creadores robarán a los dioses el instante descarnado para poder apenas saborear ahora la emoción de plasmar en una obra los deseos inabarcables del idilio imposible de los hombres.

Cuando la niña Camille Claudel (1864-1943) jugara en su infancia con el barro e hiciera figuras de las cosas que ella viese, nunca pensaría que acabaría solo deseando vivir una humana vida de pasión... más que alcanzar la gloria artística de los dioses... En el año 1883 llegaría a París para desarrollar su arte escultórico. Y entonces conocería a dios... El gran genio escultor y creador que fuese Auguste Rodin (1840-1917) se impresionaría tanto de su trabajo que la incluiría en su taller. Colaborará Camille con él como modelo y como autora, para terminar, finalmente, como amante. Su relación con él -con el dios de la escultura- acabaría siendo compleja y desgarrada. Ella le entregará a él su Arte y su vida; él únicamente acabaría tomando lo primero. 

La vida de Camille terminaría siendo un sufrir silencioso y macilento. Al desolado lamento del desamor se unirían sus crisis nerviosas. En 1913, a los cuarenta y nueve años de edad, la ingresarían en un manicomio del que no saldría hasta su muerte treinta años después. Realizó muchas obras escultóricas hasta su internamiento, para luego nunca más crear. En una de sus primeras esculturas, iniciada dos años después de llegar a París, quiso inmortalizar entonces con la piedra y sus manos el gesto conmovido del desgarro... Y compuso entonces su obra escultórica Sakountala.

Según cuenta el libro sagrado del hinduísmo, el Mahabarata, una vez el dios de los cielos Indra quiso distraer de sus meditaciones profundas al sabio Vishvamitra. Para ello le enviaría a una hermosa mujer que acabaría seduciéndolo por completo. Ella terminaría teniendo una hija de él. Una pequeña a la que el sabio abandonaría junto a su madre, temeroso ahora de perder la virtud adquirida durante años de ascetismo. La madre abandonaría también a la pequeña Sakountala en un bosque. Luego, muchos años después, un joven rey la encontraría a ella mientras cazaba en ese bosque. Ambos, entonces, acabarían enamorados. El rey le entregaría a ella un anillo y se marcharía luego a su reino con la firme promesa de volver. Pasaron los años y el rey no lo cumpliría. Hasta que decidió, por fin, ir ella misma a buscarlo. Por el tortuoso camino cruzaría un río donde acabaría mojándose sus manos. De ese modo perdería ella aquel anillo regalado para siempre... Más tarde, después de ser herida por bandidos, llegaría a su destino desconocida y diferente. El rey entonces no la reconoció y ella se volvería perdida y desolada para siempre. En el Libro del Principio (Génesis hinduísta) se dice en uno de sus versos:

Ella se vió entonces envuelta en la soledad del desierto, junto a Sakountas (pájaros, en Sánscrito), por eso fue nombrada por mí Sakountala.

Camille Claudel comenzaría en el año 1886 su obra escultórica Sakountala, y no la terminaría hasta dos años después. Representaba la unión de dos amantes hindúes después de años de separación, ésta causada al parecer por un maleficio ajeno a ambos. En su inspirada y versionada escultura, Claudel trataría de enfrentar ahora su obra con aquella otra obra famosa de Rodin, El Beso. En su obra escultórica Claudel representará, a cambio de Rodin, al rey Dusiyanta arrodillado ahora frente a Sakountala, arrepentido él totalmente por no haberla reconocido entonces. A diferencia del deseo más pasional e irrefrenable de la escultura de El Beso de Rodin, la escultura de Camille simbolizará ahora, sin embargo, el desgarro padecido más atroz frente al conmovido gesto tan humano del arrepentimiento.

(Escultura Sakountala, Camille Claudel, 1888; Fotografía de Camille Claudel, 1884; Cuadro del pintor hindú Raja Ravi Varma, Mahabarata, Nacimiento de Sakountala, siglo XIX; Fotografía de Camille Claudel esculpiendo su obra, siglo XIX; Composición de fotografía artistica, de la fotógrafa española Lola Martínez Sobreviela, En el Jardín de Sakountala, 2008; Óleo Sacerdotisas, 1912, del pintor expresionista alemán Emil Nolde; Fotografía de Camille Claudel pocos años antes de fallecer en el manicomio.)

4 comentarios:

lur jo dijo...

Conozco la obra de Rodin, incluso he tenido el placer de disfrutar de sus réplicas "Los burgueses de Calais" o "El pensador" al aire libre, bajadas de su pedestal; como él deseaba fueran expuestas para el disfrute del público.

Sin embargo no conocía el espléndido trabajo de Camille; lástima que su gran sensibilidad, la abocara al abandono de la seducción.

Un abrazo.

lur jo dijo...

Ah me olvidaba, magnífica entrada!!!
Gracias por compartir.

Arteparnasomanía dijo...

Yo tampoco. Internet es a la curiosidad como aquella emoción al Arte. Gracias siempre a ti.

Un abrazo.

elpresley dijo...

Estupenda la síntesis literaria y gráfica que nos das de esta mujer, genio olvidado y humillado.

Un abrazo y que pases unos días agradables en estas fechas navideñas.

(Este comentario te lo puse en tu entrada del día 20 por un error al abrir entradas simultáneamente. Cosas del "gagaismo", corriente no pictórica caracterizada por la gran influencia que ejerce el paso del tiempo en el cerebro humano.)

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