20 de enero de 2013

El medio más indeleble, hermoso, contemporizador y genial del Arte: la Obsidiana.



Cuando en la Nueva España -actual México- se descubriese plata fue durante el año 1552. Fueron andaluces los españoles que hicieron posible una de las mayores actividades económicas conocidas en la edad moderna hispanoamericana. Con ella, España conseguiría las fuentes de donde emanaría el más grande poder político que en el siglo XVI hubiese soñado reino alguno. El onubense Alonso Rodríguez de Salgado llegaría en el año 1534 a la Nueva España. Dos años después, alcanzaría las estribaciones de la Sierra de las Navajas en la extraordinaria cordillera de la Sierra Madre Oriental, la cadena montañosa que zanja casi todo el territorio mexicano de norte a sur por su parte más céntrica. Y allí, años después -en 1552-, Rodríguez de Salgado amanecería un día con su ganado en una mañana fría y desolada. Decidió entonces encender un fuego para calentarse. Pero, al acabar la fogata, los restos calcinados habían despejado el suelo de maleza y descubierto unas curiosas piedras oscurecidas. La plata refulgía brillante entre las costras minerales que la recubrían. El mineral argentífero fue, a partir de entonces, la única razón de ser de la pequeña población mejicana de Pachuca de Soto. Pero la excelente prestancia de la plata estaba rodeada ahora de escoria, de restos petrificados que ningún valor poseía. Así que no fue hasta que el sevillano Bartolomé de Medina llegase a Méjico en el año 1554 y, en las minas de Pachuca, descubriese la forma -desconocida entonces- de separar la plata de los restos de mercurio que servían para limpiar el preciado y deseado mineral mejicano.

La Sierra de las Navajas -situada en el estado de Hidalgo- las visitaría en el año 1803 el naturalista y geógrafo alemán Alexander von Humboldt, y las acabaría llamando Sierra de los Cuchillos por sus abundantes yacimientos de obsidiana. La obsidiana es una curiosa roca volcánica vítrea, una piedra que se forma de la solidificación rápida del magma expulsado por los volcanes. Todas las culturas mesoamericanas utilizaron esta piedra negra para sus útiles, resultando especialmente eficaz por los afilados bordes producidos por la fragmentación que sus propiedades le permitían. Una antigua leyenda azteca contaba cómo una hermosa amante -llamada  Xochitzol, flor de sol-, enamorada de un guerrero azteca, subiría a lo alto de una montaña y comenzaría a llorar desconsolada. Uno de los dioses aztecas le preguntó entonces por qué lloraba. Le contestó que trataba de que sus lágrimas fuesen como un faro de luz que pudiese guiar a su amado hasta ella. Y fue entonces cuando los dioses convirtieron sus lágrimas en la maravillosa obsidiana...

La obsidiana se convertiría en un material imprescindible para los pueblos mexicas. Su utilización sangrienta -cuchillos afilados para sacrificios humanos- se completaría con los magníficos objetos labrados de artesanía y ornamentación decorativa, los más hermosos y durables que pueblo alguno haya poseído jamás. Cuenta otra leyenda prehispánica que la vida de los primeros hombres sería muy dura y difícil, que debían luchar contra las bestias y animales salvajes para poder alimentarse y sobrevivir. Y que en cierta ocasión debieron salir todos los hombres a cazar dejando a las mujeres y a los niños solos en la cueva. Estas y sus pequeños estarían a cubierto en su refugio, pero sin armas. Sucedió entonces que un grupo de hienas feroces atacaron la cueva. Pero ahora el pequeño hijo de uno de aquellos guerreros, llamado Obsid, tomaría del suelo una filosa negra piedra, la ataría a un palo y, a modo de lanza, se enfrentaría decidido a los depredadores. Acabaría recibiendo los honores de la tribu y en su honor aquella maravillosa piedra recibiría su nombre.

Los españoles comerciaron las riquezas de la Nueva España entre los siglos XVI y XVII. Los privilegiados canónigos de la metrópoli, como lo fuera el sevillano Justino de Neve, dispondrían de intereses y rentas de las minas mejicanas de entonces. Este sacerdote español iniciaría, a mediados del siglo XVII, una relación profesional y artística de lo más fructífera con el mejor maestro pintor barroco de la ciudad hispalense. Murillo entonces lo retrataría agradecido por contratarlo para sus obras en la Catedral y en otras iglesias de Sevilla. Así hasta que un día le trajeron al canónigo Neve de aquella Sierra Madre mejicana unos trozos de piedra negra de obsidiana. Con ellas le pediría entonces a Murillo que las utilizara para plasmar su prodigioso y maravilloso Arte barroco. El gran pintor español no lo dudaría en absoluto, y crearía así, de ese modo tan curioso, las únicas obras maestras barrocas sobre obsidiana de toda la Historia del Arte universal.

(Fotografía del volcán Popocatepelt, Estado de México, México; Imagen del Parque Nacional de El Chico, Sierra Madre Oriental, Estado de Hidalgo, México; Obra Sacrificio en noche de Obsidiana, 2007, del pintor mexicano Joaquín Martín Rojas Hernández, México; Imagen de una Obsidiana verde; Óleo sobre obsidiana -el creador utilizaría las propias vetas naturales de la piedra para simbolizar así los rayos celestes y divinos- La oración en el huerto, 1685, Murillo, Museo del Louvre, París; Óleo sobre obsidiana Natividad, 1670, Murillo, Houston, EEUU; Imagen de una piedra de Obsidiana volcánica; Óleo Retrato de Justino de Neve, 1665, del pintor barroco Murillo, National Gallery, Londres.)
 

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