19 de febrero de 2014

Cuando también el Arte desaparece, poco a poco, como aquel que fenece bajo la sombría historia.



A mediados del siglo XV el Renacimiento había llevado al arte de construir palacios muy bellas formas con la ahora revolucionaria y pujante arquitectura de Florencia. Plantas rectangulares y definidas; pequeños arcos de ventanas decoradas originalmente; paredes macizas, casi rústicas, con curiosos y estéticos sillares almohadillados en su perfil vertical, algo muy costoso de hacer por entonces. Así fue como el Ducado de Medinaceli construiría, en su villa guadalajareña de Cogolludo, su renacentista palacio ducal a finales de aquel siglo quince. Una fachada extraordinaria se elevaría por entonces entre las rudas laderas castellanas según los principios más clásicos y armoniosos de la época. Según esos principios estéticos, la belleza arquitectónica debía disponer de un cierto orden y de una cierta unión dentro del organismo del que forman parte, conforme a una definida delimitación y a una colocación de todo de acuerdo con un número determinado de cosas, tal y como lo exige la armonía de la belleza, esto es, de la ley perfecta y principal de la naturaleza.

De esa forma tan exacta, la fachada renacentista del Palacio de Cogolludo se dividía en dos partes iguales desde el mismo centro de la misma... A cada lado de ese centro arquitectónico se situaban tres ventanas geminadas -divididas en dos, una decoración propia del gótico final-, incluyendo el escudo familiar nobiliario inscrito ahora entre sus tímpanos. Esas ventanas geminadas, divididas por su pequeña columna de mármol, estaban diseñadas con unos pequeños arcos trilobulados decorados aún con los típicos elementos góticos de antes, las llamadas cardinas decorativas vegetales. También con sus grandiosos relieves decorados superiores, formando la ventana renacentista un arco conopial, un pequeño arco que enlazaría así, bellamente, con el florón final que lo apuntara. Pero todo ese estilo arquitectónico mostraba aún las trazas de un gótico agonizante frente al floreciente y esplendoroso resto del conjunto, tan propio entonces del triunfante, armonioso y espectacular Renacimiento.

El palacio de Cogolludo se construyó a finales del año 1492, justo cuando el reino de Castilla y León había alcanzado su máximo esplendor. Luis de la Cerda (1442-1501) fue el V conde de Medinaceli, un título castellano que le sería otorgado a uno de sus antepasados en el año 1368, un noble francés que se uniría en matrimonio con una descendiente de un malogrado infante de Castilla -el infausto Fernando, primogénito fallecido del rey castellano Alfonso X-. Un día cualquiera de un siglo después, cuando el rey Enrique IV de Castilla deseara entonces reconocer como heredera a su hija Juana -frente a su hermanastra Isabel, la futura reina Católica-, este V conde de Medinaceli, demostrando un gran valor, se negaría a reconocerla por las dudas sobre la legitimidad de Juana. Ante este gesto valiente y decidido, la futura reina Isabel la Católica le otorgaría luego el ducado de Medinaceli, siendo el primero de su familia que lo llegara a ostentar. Fue este duque quien quiso construir tan maravilloso edificio clásico en Cogolludo siguiendo las nuevas edificaciones que el poderoso Renacimiento había inspirado ya en Italia.

Fue nieto el V duque del marqués de Santillana -un cultivado poeta castellano enamorado de la cultura y el arte clásico-, descendiente además de la familia Mendoza, por lo que el duque era sobrino además del famoso cardenal Mendoza. Esta familia, los Mendoza, fueron los primeros que importaron a España el gusto artístico renacentista, llegando a ser abundante este estilo entre sus grandes casas y palacios nobiliarios. El estilo del edificio finalmente construido en Cogolludo -provincia de Guadalajara- sería basado en un diseño de la arquitectura renacentista florentina. Porque en Florencia existían ya palacios con esas extraordinarias fachadas de sillares almohadillados, con un gran patio interior principal de galerías ajardinadas, con un jardín elevado y un espacio anexo al edificio principal para servicios palaciegos, con caballerizas, capilla y dependencias propias del palacio. Tan maravilloso alojamiento suntuario era entonces ese palacio de Cogolludo que el propio duque acabaría residiendo en él sus últimos años.

Cuentan las crónicas que en el año 1502 los príncipes de Castilla y Aragón, Juana y Felipe de Habsburgo, visitaron Guadalajara en su primer viaje a España desde Flandes. En otros palacios de la familia Mendoza -duques del Infantado- estuvieron alojados los príncipes varias noches, pero quisieron visitar el Palacio de Cogolludo, del cual habían oído hablar de sus extraordinarias bellezas artísticas renacentistas. De una de aquellas crónicas de entonces, el propio chambelán flamenco del archiduque Felipe de Habsburgo escribiría sobre este palacio: Vale siete veces cualquiera de los nuestros; es el más rico alojamiento que hay en España. Así de impresionante sería la maravillosa visión de aquella hermosa fachada, de sus patios, de sus galerías ajardinadas o de sus ricos ornamentos interiores labrados o decorados tradicionalmente. Porque toda aquella decoración del edificio fue de estilo renacentista, es cierto, pero también lo fue del gótico y del mudéjar. Porque todo ello junto, la construcción y la decoración, superaban con mucho -decían las crónicas- cualquier otra edificación flamenca o castellana construida por entonces.

Pero, sin embargo, toda esa maravilla del arte renacentista castellano acabaría malograda a principios del siglo XVIII. De toda aquella exquisita magnificencia decorativa, de sus artesonados, azulejería, yeserías y grandeza, sólo quedarían con el tiempo la estructura de su fachada y poco más. El resto moriría; acabaría como toda aquella misma grandeza hispana de entonces, de toda aquella gran historia gloriosa que alguna vez tendría... El último miembro de la familia de la Cerda que ostentaría el ducado fue don Luis Francisco de la Cerda y Aragón (1660-1711), IX duque de Medinaceli. Con él finalizaría la gloria del palacio. Fueron los años de la decadencia española de finales del siglo XVII, cuando la descendencia maldita de sus reyes de la dinastía austríaca acabaría por hacer estallar el reino de España frente a las ambiciones de otros poderes reales europeos. Al morir sin descendencia el rey Carlos II en el año 1700, la monarquía hispánica no pudo más entonces que hacer uso de un real testamento, uno que otorgaba ahora la sucesión del trono español al más poderoso reino europeo de entonces, a Francia.

Con esa decisión se precipitaría por entonces una guerra, una dolorosa escisión del reino, pérdidas territoriales y, luego, la decadencia malograda más absoluta. Así entraría España en su postrer enfisema... Muchos nobles apoyaron la decisión real y otros aceptaron a regañadientes la influencia francesa. Pero aunque Luis Francisco de la Cerda aceptase inicialmente al joven Felipe de Anjou -el rey español de origen francés Felipe V-, luego opinaría el IX duque de Medinaceli, sin reservas, que la excesiva influencia francesa de la corte no sería muy buena para España. El caso fue que, como su valeroso antepasado lo hiciera, no rehusó tampoco dar su opinión en unos graves hechos ocurridos por entonces -los intereses inconfesables de ambición territorial de Francia en Flandes- ni ocultarla ante el nuevo monarca. Así que, ahora, el rey Felipe V -el primer rey Borbón de España- lo mandaría encarcelar por traición en el Alcazar de Segovia en el año 1710, falleciendo en el Castillo de Pamplona al año siguiente el IX duque y su talante... Sus dos únicos hijos tenidos en dos matrimonios diferentes fallecerían antes que él. Así que el ducado de Medinaceli pasaría a uno de sus sobrinos, el cual nunca quiso residir en un palacio tan antiguo, tan alejado y decadente. Con su abandono de Cogolludo para siempre la población guadalajareña entraría también en una completa decadencia, como toda aquella misma que su reino había comenzado a padecer tiempo antes.

Entonces, muchos años antes de suceder todo eso, en el año 1684, fue cuando el pintor flamenco Jacob-Ferdinand Voet (1639-1689) pintase al joven IX duque de Medinaceli en un retrato de salón en otro de sus palacios. En esta extraordinaria -y premonitoria- pintura barroca se vislumbraría ya la atmósfera decadente que el propio autor flamenco insinúa ahora levemente en su obra. Al ser un pintor extranjero no se puede evitar pensar ahora la audacia, suspicacia y brillantez que anticipó tener este creador ante su singular personaje retratado. Porque en esos años se comenzaría a identificar España más con su gloria pasada que con su incierto porvenir, pero, sin embargo, nadie se atrevería por entonces siquera a mencionar o expresar algo parecido. Y en este curioso retrato barroco subyacería, veladamente, esa sutil sensación decadentista, una sensación crítica que entonces solo algunos extranjeros -en este caso artistas como Voet- podrían acaso percibir, comprender y atreverse a expresar hábilmente en un lienzo artístico.

Pintaría por entonces Voet el retrato del duque en un escenario desolado, casi declinante ahora, sin demasiada luz o con una palidez muy inquietante para su lienzo artístico barroco. Hasta una columna del fondo aparece aquí oscurecida, tenebrosamente incluso, donde parte de la misma está recubierta ahora por una cortina encarnada, simbolizando con ella así un estremecido, sangriento y desalentado porvenir. Además observaremos la visión parcial, a la izquierda del lienzo, de un gran balcón entreabierto, desnudo y sin brillo alguno, mostrando tras él un mar ahora reducido, con unos cuantos buques detenidos, muy pocos y deslucidos, casi nada enarbolados y algo escorados incluso. Reflejando así, en este pequeño encuadre, el pintor ahora vagamente la por entonces terrible realidad de un poder disminuido. Con la imagen solitaria además, sobre la mesa de la estancia, de un antiguo casco guerrero emplumado de armadura, un símbolo ahora deslavazado aquí del gran poder imperial que una vez fuese en el mundo, de lo que sólo fuese ya una vez... y dejaría ya de ser entonces. Y con el semblante tan hosco, casi entristecido, de un noble retratado ahora aquí mucho más inseguro, indolente, rígido o sorprendido que sus grandiosos caballeros pasados de antes. Con una apostura sin fuerza, desposeída de la gracia o la finura de un esplendor ya perdido; y con su vestimenta ridícula, desproporcionada, decadente, muy poco a la moda, menos avanzada, o menos floreciente.

(Óleo Barroco del pintor flamenco Jacob Ferdinand Voet, Retrato de Luis Francisco de la Cerda, 1684, Museo del Prado; Fotografía de mediados del siglo XIX, realizada por el francés Jean Laurent, Palacio de Cogolludo, entonces transformado en una fonda o posada decadente; Imagen fotográfica actual de la fachada renacentista del Palacio de Cogolludo, Cogolludo, Guadalajara, España; Palacio renacentista Medici Riccardi, siglo XV, Florencia, Italia; Palacio renancentista Strozzi, siglo XV-XVI, Florencia.)

2 comentarios:

Spaghetti dijo...

Toda un lección de belleza, de historia y del arte de la arquitectura. Gracias, pero para resaltar aún más, tanta armonía en las formas y tan grande esplendor en el imperio, lo contrastas con la decadencia política y la ridícula apariencia del retratado por Voet, que realmente parece un payaso, con su estridente pajarita y esos zapatones.
No puedo estar más de acuerdo contigo, con tu forma de mirar la historia y la belleza, y la empatía que siento al leerte.
Mil gracias.

Arteparnasomanía dijo...

Es que todo estará relacionado, la vida, la historia y el Arte. Hasta las palabras, con sus ideas y sus emociones. Muy agradecido yo por tener aún más sentido todo esto.

Un abrazo.

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