17 de marzo de 2014

El Arte como un talismán ante la pérdida: la de la belleza, la de la inspiración... o la de la vida.



¿Qué cosa nos causará más temor en este mundo? Es seguro que es algo que poseemos, o creemos poseer, y que, de pronto, comprendemos que vamos a perder o ya hemos perdido. Es esta una vaga sensación parecida a la primera pérdida..., a la traumáticamente primera pérdida de los seres humanos, esa que nos llega justo al nacer, cuando, de seguro, recordábamos por primera vez el sentido de pérdida..., de una sensación entonces de pérdida de ese lugar acogedor -el útero materno- que nos guarecía desde antes. Y es probable que el Arte desde sus inicios fuese una forma de exorcizar ese sentimiento inicial de pérdida. Porque es ese impenitente artificio plástico que es el Arte, inventado para mantener el hilo que nos uniría a la visión de lo desaparecido o lo por desaparecer, lo que nos seguirá mostrando su recuerdo, su sentido, su razón o su miseria... El gran pintor Rembrandt se obsesionaría tanto con ese sentimiento de pérdida que se autorretrataría en multitud de obras, todas maestras, hasta justo muy poco antes de desaparecer. En su último Autorretrato del año 1669, pocos meses antes de morir, plasma el pintor holandés toda su verdadera imagen malograda, ajada ahora por los años y la cruel enfermedad. Aquí el pintor reflejaría su decrepitud como un alarde de lo que el mismo Arte salvará..., a pesar de los rasgos poco agraciados en la obra, ocasionados por su avanzada edad.

Pero es ese retrato una de las más extraordinarias obras de Arte del pintor holandés. Nos llegaría a transmitir un gran mensaje con él, una máxima que el creador comprendería entonces, cuando lo hiciera: que la belleza está encerrada -guarecida- en la propia creación artística, y que ésta, a su vez, la volverá inmune frente a la pérfida, impertérrita y desasosegada pérdida...  Cuando el impresionista creador francés Édouard Manet quisiera reflejar la muerte como una desaparición poco heroica, ni consagrada en los altares de la historia, ni en los épicos relatos de leyenda, idearía la creación de una obra que reflejase el suicidio vulgar de un hombre vulgar, en un lugar vulgar, de un mundo vulgar...  Y de ese modo compuso el pintor su poco conocida obra El Suicida producida en el año 1880. Hasta entonces, hasta ese momento, sólo se había realzado en el Arte la gran pérdida de los grandes hombres de la gran Historia, como la muerte autoinflingida, por ejemplo, del famoso romano Catón o como la de otros grandes personajes de la historia. Pero, aquí, el pintor va más allá y nos dice, claramente, que cualquier pérdida debe ser siempre reconocida. Cualquiera. Y el pintor francés nos lo muestra así, de esa forma tan simple, sin más adornos en el lienzo que los elementos dramáticos y fríos -pero artísticos- de la impresión que nos transmitirá que toda pérdida, toda, puede ser, verdaderamente, redimida por el Arte...

La leyenda mitológica nos cuenta el trágico final de la bella Procris. Fue Procris hija de un rey de Atenas, Erecteo, y acabaría uniéndose a Céfalo, un bello príncipe de la antigua Fócide griega. Pero este hijo de otro rey fue una vez atormentado por los dioses, por las diosas, en este caso por la atormentadora diosa griega Eos, la diosa de la aurora. Quiso ella entonces poseerlo, y, aunque él se negara por la fidelidad debida a Procris, le convencería la diosa a Céfalo de la fragilidad de ese fiel sentimiento de ella...  Así fue como el bello Céfalo, convertido ahora por la diosa en otro hombre de apariencia diferente, sedujo a la débil Procris fácilmente, convenciéndose ya él de la poca lealtad que ella le mantendría. Entristecido Céfalo, acabaría ahora en los brazos de la diosa. Sin embargo, Procris, desolada ya al saberlo, terminaría ahora errando por los mares hasta llegar a una isla, la de Creta. Allí, el rey Minos, a cambio de hacerla ahora su amante, le regalaría a ella un fiel perro, Lélape, un hábil animal para la caza y reflejo además de la fidelidad más permanente... De regreso a Atenas, Procris le ofrecería a su fiel perro la ocasión de disfrutar un paseo de caza por las hermosas laderas de su reino. Pero, entonces, surgida tras los árboles y perdida, una jabalina lanzada muy certera la heriría a ella, mortalmente. Céfalo, sin quererlo, la habría matado así, accidentalmente, herida ahora ella mortalmente por el arma perdida de otra caza...

Un pintor renacentista inmortalizaría a la bella Procris en su obra La Muerte de Procris, realizada en el año 1495. Tendida ahora en la bella escena dibujada, aparecerá Procris herida mortalmente para siempre. Con toda su belleza y con toda su vida terminadas para siempre. Sin embargo, el creador Piero di Cosimo (1485-1510) la eterniza a ella sola ahí, sólo acompañada por su perro Lélape y un extraño personaje ahora, un artístico y mítico sátiro desconocido. Pero sin la imagen ni la representación de su amado y perdido Céfalo de antes. De ese modo desolado, el creador italiano establece así parte del mensaje trascendente de la obra. Que el recuerdo de Procris, el recuerdo de su belleza, de su perdida belleza, quedará, sin embargo, patente con el auxilio sensible tan solo de un vulgar y fiero fauno, de un sátiro además, de una salvaje criatura que, tiernamente, acudirá a ella aquí como una metáfora salvífica: la de la grandeza del Arte ante la fragilidad exasperante de la vida. Y así, por tanto, expresará el pintor renacentista que toda pérdida merecerá alguna vez ser requerida, que todo ser humano conservará con ella -con la expresión artística del Arte-, el recuerdo permanente y generoso del sentido más heroico de una vida.

(Óleo de Piero di Cosimo, La muerte de Procris, 1495, National Gallery, Londres; Autorretrato de Rembrandt, 1669, National Gallery, Londres; Obra El suicida, 1880, Édouard Manet, Zurich, Suiza,)

2 comentarios:

lur jo dijo...

En esta entrada, me ha encantado tu manera de mostrar en las tres obras, la idea que quisieron trasmitirnos sus autores.
Y como colofón tus excelentes premisas sobre cada una de ellas; gracias por compartirlas y ayudarnos con ello a apreciar el arte.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

El Arte es subjetivo siempre. Probablemente, con toda seguridad, nunca sabremos qué quisieron transmitir los autores en cada caso. Pero, es que esto es una particularidad especialmente propia del Arte pictórico -la poesía también-, que cada receptor pueda interpretarlo como su emoción y su intuición se lo permita. Esta plasticidad emocional subjetiva es una grandiosidad extraordinaria. Cierto es que limitada al sentido, o los sentidos, más ajustados al propósito más probable. Pero éstos pueden ser varios, aunque, sobre todo, vencerán más aquellos que más alcancen a emocionarnos.

Un abrazo.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...