17 de mayo de 2014

La compasión del Arte, o la mejor forma de educar el juicio inmisericorde hacia los demás.



Cuando la Academia Francesa del Arte comenzara a determinar, a mediados del siglo XVII, lo que debía o no debía ser considerado Arte, estableció entonces una jerarquía de principios. Una clasificación que mostrase las obras merecedoras de elogios frente a las que no tendrían ningún honor en ese sentido. Planteaba distintos niveles de Arte, desde el más inspirado y acreedor de belleza genuina hasta el menos llamado a ser una obra artística. Defendía la creación artística que emocionase no solo su visión sino cualquier otra cosa que ofreciera estímulo espiritual o alarde mitificador y moralizante. Fue conocida como La jerarquía de géneros. En el primer peldaño de esa pirámide artística se encontraba la Pintura de temática histórica, obras de Arte de elevados momentos épicos que llevaran a ensalzar el espíritu y la grandeza del hombre. Luego, más abajo de esa pirámide jerárquica, estarían los grandes retratos de personajes importantes o consagrados. Seguidamente estarían los paisajes, los estimulantes paisajes que llevan la realidad o fantasía al mítico instante inspirador. Finalmente, en el último de los peldaños de esa tendenciosa jerarquía artística, se situarían los bodegones o las llamadas escenas de género, situaciones plasmadas en un lienzo donde la cotidianeidad, sencillez, serenidad y originalidad marcasen la representación de una vida doméstica, más vulgar o menos significativa.

Sin embargo, el Arte es lo menos manipulador que existe. Es imposible usarlo para mentir o para desgraciar, para asolar o para compartimentar, para hacer sentir lo contrario a lo que el Arte ofrece siempre con sus bendiciones ecuánimes y despersonalizadas. Porque el Arte es algo absolutamente entregado al que lo ve, con la desnuda claridad de sus formas y provisto tanto de falta de totalidad como de total falta de seguridad. Porque nada es más que nada en el Arte. Solo la grandeza de su creación, de su única y poderosa creación -completamente subjetiva- puede albergar grandes motivos para llegar a las emociones que se proponga, emociones que recibirán todos y cada uno de los que se acerquen honestos a sus fronteras. Pero, entonces, ¿para qué el Arte? El escritor suizo Alain de Botton nos dice del Arte, frente a los que piensan de su inutilidad práctica: Es una de las pocas empresas vitales más importantes que existen. El Arte es un medio para ofrecer soluciones a las más profundas inquietudes y ansiedades del hombre. Al presenciar una obra maestra se descubre que lo que la define es el deseo de eliminar el error, de disipar la confusión, o de disminuir el sufrimiento de los seres humanos.

Y como muestra de ambas cosas, del desdén sutil del Arte hacia la grandeza de las grandes escenas reconocidas, como la de su capacidad para la conmiseración humana más desinteresada, acudo ahora a una obra maestra de un genial pintor francés de la misma época en que se creara aquella Academia rigurosa, el barroco Nicolás Poussin. Muchos años antes de que este pintor compusiera su obra, un poeta italiano del Renacimiento, Torquato Tasso (1544-1595), había escrito en el año 1562 su extraordinaria obra Jerusalén liberada. En ese grandioso poema renacentista un caballero cruzado, Tancredo, acabará caído en el campo de la lucha en la sagrada cruzada de Jerusalén justo al lado de su amada Herminia, la cual ahora se corta sus cabellos para tratar de curar las heridas al héroe. La obra de Poussin -Tancredo y Herminia- vibra así con la escena más épica pero, también, con la escena más humana. Las figuras están perfectamente dibujadas -como representante del clasicismo académico- y muestran al escudero fiel, que se acerca para auxiliar al héroe, a la princesa Herminia de Antioquía que, decidida, toma la espada para rasgar con ella su propia cabellera; a los caballos en escorzo, que incluso el blanco, el del caballero, dirige ahora una mirada original cargada de cierta compasión hacia su amo. Los colores de la obra -atenuados pero brillantes- y un firmamento desgarrado y emotivo tratarán de mostrarnos su aprecio, su homenaje y su descargo, hacia el personaje principal malogrado en esa cruzada, pero ahora un personaje absolutamente de ficción, es decir, del todo históricamente desconocido, inexistente en la realidad histórica. Pero, sin embargo, es ahora él aquí algo más tan solo por el Arte, por esas cosas que el pintor y el poeta inventaron, y por nosotros que lo vemos, ahora eternamente ya bendecido por el Arte.

La leyenda del relato estaba basada, sin embargo, en la historia de Tancredo de Hauteville (a. 1075- 1112), un caballero normando de Sicilia que marcharía en la Primera Cruzada hacia Jerusalén. A pesar de los crueles actos cometidos por los cruzados en la toma de la ciudad, Tancredo de Hauteville trataría de proteger a sus habitantes de aquella violencia. Pero, la inesperada furia de los soldados cruzados acabó desbordando sus deseos y el más sangriento episodio de asedio terminaría con las vidas de muchos de los asediados. Moriría luego Tancredo en Antioquía, en el año 1112, de una vulgar epidemia tifoidea. Y a pesar de haberse casado con una de las hijas del rey francés, no dejaría descendencia ni recuerdo ni épica alguna en su linaje. En la obra barroca de Poussin -como en el verso renacentista de Tasso- se nos muestra ahora a un heroico personaje herido, abatido totalmente, pero, sin embargo, no nos muestra aquí al real personaje histórico -nada épico ni glorioso- sino tan solo al heroico personaje glorificado y sentido por la ficción.

No al ser real, anodino y sin semblanzas -para el Arte-, no al hombre que pasaría por conseguir poco más que su desconocida vida para el Arte -a pesar de haber llegado a ser incluso príncipe de Galilea-, no, plasmaría tan solo ahora al héroe épico más consagrado, al querido por todos, al que los demás sienten ahora -como antes- por él un aprecio inmensurable, una identificación y compasión sincera y emotiva. Esta será la compasión del Arte, la única expresión que, ahora, pueda aleccionar eterna con sus formas glorificaciones exultantes, la única que pueda motivar emociones permanentes, o la única que pueda inspirar semblanzas paradigmáticas... La que representará además, desde la más pura ficción, la mayor gloria bendecida por los hombres; la que hace tan solo un juicio general del ser humano no una parodia o un panegírico o una alabanza de, aparentemente, unos grandes o no tan grandes personajes reales o conocidos. Seres estos últimos, los grandes personajes históricos, ya con nombres y apellidos y que, ahora, a consecuencia de la más pura injusticia -o no- vital de antes o de sus humanas y vulgares vidas reales y miserables, no serán vistos en el Arte como seres ni mejores ni más grandes, ni  más dignos que los otros, que todos nosotros, que todos los demás...

(Óleo de Nicolás Poussin, Tancredo y Herminia, 1630, Museo Hermitage, San Petersburgo; Retrato de Tancredo de Hauteville; Cuadro de escena de género, La Bendición, 1740, del pintor Jean Siméon Chardin, Museo del Louvre; Óleo Orfeo y las Bacantes, 1710, del pintor Gregorio Lazzarini; Lienzo La coronación de Napoleón, 1807, del pintor neoclásico Jacques-Louis David, Louvre; Magnífico cuadro impresionista de un paisaje sencillo, del pintor Alfred Sisley, Claro en el bosque, 1895, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.)

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