7 de julio de 2014

Un momento de fijación distraída o la genialidad universal del mundo de Dalí.



Si de los grandes creadores de Arte hay uno que debiera calificarse de genio, en el sentido que le damos modernamente al término genial, es decir, algo extraordinario, fuera de lo común, un creativo por disponer de una imaginación desbordante..., ese es sin duda el gran pintor Salvador Dalí. Obsesionado también con la dualidad, llevaría a plasmarla en casi todas sus obras surrealistas. En este caso selecciono dos obras suyas, ubicadas ambas en la Tate Gallery londinense, que representan muy bien ese universo doble, ese desdoblamiento inevitable, genético, psicótico, inconsciente, natural y surrealista. Pero en estas creaciones se verá también la sutil admiración del pintor por otros grandes creadores del Renacimiento, como fueron Leonardo o El Bosco. Se ven en las dos obras el fondo montañoso propio de las creaciones de Leonardo da Vinci, donde el misterio de lo abrupto, de lo poderoso o de lo grandioso, perfilará el límite entre los dos ámbitos de su sentido surrealista: el irreal por un lado y el real o subyacente por otro. Además, se verá en su obra surrealista la atmósfera onírica, la composición, sus tonos, sus elementos, sus sombras o luces, y nos recordarán a otro anticipadísimo creador renacentista: El Bosco

Narciso es uno de los mitos más curiosos de los antiguos griegos de Homero. Ni hijo de dioses, ni gran héroe, ni guerrero, ni músico, ni poeta, ni otra cosa que le llevara a ser reconocido por los dioses o por los demás. Salvo una cosa ahora: su irresistible belleza... No tendría Narciso nada más, ninguna otra cosa que le llevara a ser algo más de lo que era. Y, tampoco era él nada más... Había nacido, con una extraordinaria belleza, de la ninfa Liríope y de un pequeño y simple río griego -Céfiso-, el cual llevaría muy poca agua al ser castigado una vez por el dios Poseidón. Pero Narciso, consciente de la admiración que provocaba en los demás, alcanzó a poseer un excesivo orgullo de sí mismo, algo que los griegos denominaban hybris, algo que era imperdonable por los dioses. Su castigo divino estuvo causado entonces por su propia satisfacción, y ésta se produjo al admirar él su imagen reflejada en el agua. Entonces no pudo ya dejar de hacerlo, extasiado ante ella. Se olvidaría, incluso, de vivir. Así acabaría Narciso hasta de vivir, deshecho ahora por los deseos egoístas de su delirio. Agarrado a una raíz del borde de las aguas, se transformaría Narciso en la flor que llevará su nombre para siempre.

Interpretaciones de algunos poetas y escritores llegaron a decir que la imagen reflejada en el espejo-agua no era ahora sino un yo idealizado, una imagen que no se correspondería a la verdadera realidad reflejada sino a la que el sujeto desea ser. Dalí, como siempre, va más allá y descubre una disociación manifiesta en el mito. Una duplicación figurativa que disloca la realidad volviendo lo mismo en otra cosa diferente, con otro sentido de lo mismo. Pero, como El Bosco, nos muestra aquí Dalí otros planos, otras escenas y otras representaciones... Al fondo veremos una escultura -¿renacentista?- del perfecto Narciso clásico. Más a la izquierda una manifestación de hombres y mujeres que danzarán cerca de otras aguas, tratando de emular aquí, inútilmente, la única cualidad que sólo la belleza más insigne pueda tener -imposible en ellos, a diferencia de Narciso- para ser reconocida y elogiada eternamente. Las dos imágenes de Narciso en el plano principal están aquí mimetizadas parcialmente. Una con su inclinación arrodillada, ante la inmortal sensación de no poder saciar el ansia de su desahogo. Es una imagen mortecina, propia de la narcosis, de la muerte, de la desaparición ante la osadía más siniestra -una planta conocida por sus efectos en el sueño-. Otra con la creación de la vida..., como una cosa ahora diferente, con una parte bella -flor del Narciso- y con otra parte demolida, ésta representada aquí como una mano con sus dedos enfrentados, sujetando ahora el huevo frágil de la propagación de la vida -incluso el pulgar agrietado lo recorren aquí unas hormigas gigantescas-.

A finales del año 1936, luego de llevar comenzada medio año la guerra civil española, Dalí compone su obra surrealista Canibalismo otoñal. Aquí veremos una pareja muy unida, sin solución de continuidad, realizar el banquete más misterioso de su vida... Ambos se alimentarán de ambos, a la vez que, así, acabarán ambos aniquilando a cada uno. Las obras surrealistas de Dalí, como de cualquier otro pintor de su tendencia, son creaciones que obligarán a fijarse claramente en los detalles, elementos ahora necesarios para complementar su comprensión. Sin embargo, Dalí recomendaría en uno de sus escritos que se vieran sus obras en un momento de fijación distraída, sobre todo su obra Narciso. Y, tal vez, sea así lo mejor, porque una fijación distraída es ahora, curiosamente, lo único que pueda hacernos ver aquí las hormigas o la manzana agujereada y derretida, o el soporte de sujeción de las dos cabezas unidas, o la desolación de la terrible sensación de querer herir, desde la pasión, la única forma de poder sentir la vida.

(Óleos de Salvador Dalí, La metamorfosis de Narciso, 1937; Canibalismo otoñal, 1936, ambas obras en el Tate Gallery de Londres.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Comprender las pinturas de Dalí siempre ha sido tarea ardua para mí, gracias a ti, se convierte en una actividad entretenida y clara.

Por cierto la de veces que aparecen hormigas en cuadros de Dalí, quizás tengan que ver con sucesos que quedaron ubicados en su subconsciente.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Lo es para todos, no sólo para ti. Pero tiene razón Dalí con su mirada distraída. Hay que mirar sencillamente, como se mira una flor sin saber distinguir la corola de los pétalos. Lo que se sienta al pronto, así se acerca uno al Arte, como a un amigo confidente.

Un abrazo agradecido.

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