7 de agosto de 2014

La mayor humillación consiste en provocarla, la menor en ser fiel a lo que piensas.



Cuando la época napoleónica terminara en España, los reaccionarios afines al rey Fernando VII impusieron sus antiguos privilegios frente a la nueva tendencia social liberalizadora que la guerra y ocupación francesa habían, curiosamente, motivado antes. Los liberales españoles pronto comprendieron que nada tenían que hacer con un régimen que desoía todas las demandas sociales de su pueblo. Luego de la corta revolución liberal de los años 1820-1823, España entra en la más sangrienta represión y retroceso que país europeo alguno por entonces hubiese podido padecer. De ese modo, muchos liberales españoles tuvieron que emigrar en la primera gran emigración de las que luego tuviese España en su historia. Uno de aquellos emigrantes lo fue el escritor toledano Juan Antonio Hermógenes Calderón (1791-1854). Fue ingresado en un convento desde niño, aunque luego aceptaría esa reclusión religiosa buscando más una amplia cultura que una ferviente religiosidad. Llegaría a convertirse con los años en filósofo y filólogo francés.

La guerra de ocupación francesa del año 1808 lleva a Juan Antonio Hermógenes Calderón -como a todos los españoles de entonces, religiosos o no- a luchar en los frentes de la nación ocupada. Arraigado en la tradición liberal, defendería después de la guerra sus creencias progresistas -fuera ya del convento- con los escritos que su pluma ácida y avanzada pudiese realizar... Inevitablemente, debió cruzar la frontera y llegar a Francia en el año 1823. Apartado por completo de su fe católica -opuesta a ese liberalismo europeo de entonces-, acabaría convirtiéndose a la protestante fe evangélica y se casa luego con una francesa dedicándose a publicar sus estudios filológicos en el país galo. En Francia nace su hijo Philip Hermógenes Calderón, un artista que con los años terminaría haciéndose británico y adscribiéndose a las tendencias de los pintores ingleses de la fértil época victoriana. Como creador pictórico combina el clasicismo más artístico del momento con narraciones históricas y literarias cargadas de cierta emoción romántica, algo que por entonces, finales del siglo XIX, atraería a un público ilustrado y seducido además por la belleza.

Isabel de Turingia (1207-1231) era la segunda hija del rey de Hungría y Croacia, Andrés II. Desde muy pequeña mantuvo ella una delicada, sensible y extraordinaria personalidad. Pero, como hija de rey, debía comprometerse matrimonialmente con un vasallo de mucha importancia social. Su compromiso con el conde de Turingia Luis de Hesse la lleva desde los catorce años a vivir un matrimonio feliz y una vida de dulzura y confianza. En la primavera del año 1226 irrumpe una plaga de peste mortífera en Turingia, ciudad situada al este de Alemania. En ese momento, lejos de su marido, ella tomará las riendas del condado y ofrece su ayuda a los más necesitados de su feudo. Construirá cerca de su castillo un pequeño hospital para su pueblo y acaba atendiendo ahí a todos los enfermos con su precoz -solo diecinueve años- actitud ante los dramas más humanos de los hombres. Un año después, cuando Luis de Turingia -Luis de Hesse- se marcha a otro largo viaje, en este caso la Sexta cruzada a Tierra Santa (1228-1229), fallece el conde alemán de otra peste en el sur de Italia poco antes de embarcar a Palestina. Queda ella desamparada por completo, después de haber nacido incluso su hija Gertrudis -entregada a un convento-, al tener que hacer frente ahora a las intrigas de los poderes de su feudo. Cosas que, por su bondad personal, no podría soportar su dulce espíritu entregado. Finalmente, decidirá Isabel elegir tomar la vida piadosa y retirada.

El noble clérigo alemán Conrado de Marburgo fue por entonces el guía espiritual que Isabel de Hungría eligiese para aquellos difíciles momentos. Ella está convencida de que su vida no puede ya ir por otro camino que el de la entrega a los demás -algo que sólo podía hacer la alta nobleza ingresando en una orden-, y terminaría intentando acceder a la prestigiosa -por caritativa y entregada- reciente y exigente orden franciscana. Pero el inflexible Conrado -acabaría llegando a ser inquisidor alemán- no creía que Isabel de Hungría pudiese dejar las alhajas, la alta cuna o la vida desahogada y soportar una existencia de pobreza y entrega tan extremas. Alumbrado por su excesivo celo y la hipócrita represión de un irracional celibato libidinoso, el irrespetuoso Conrado de Marburgo la obliga a renunciar a la vida terrenal arrodillándola frente al altar de su convento, humillándola incluso al exigirle ahora hacerlo desnuda por completo... En esta iconografía tendenciosa influiría, sin embargo, la leyenda desconocida, la actitud heterodoxa de los liberales de la época y el anticlericalismo del pintor y de su padre.

Es de ese modo tan impactante como el pintor Philip Hermógenes Calderón (1833-1898) compuso su impresionante obra en el año 1891. En la asombrosa y bella imagen se destaca ahora la iluminada y hermosa forma serpenteante de Isabel de Hungría. Detrás de ella se sitúan las figuras del descarado Conrado y de otro fraile, éste ocultará aquí su rostro avergonzado. También de dos monjas franciscanas que no la miran a ella, que tratan de evitar, respetuosamente, ahora el mirarla. Pero no así el noble clérigo alemán, personaje que la mira con un libidinoso deseo reprimido inconfesable, algo que se permite hacer por el privilegio de ser ahora él el único varón que pudiese admirar así tanta belleza humillada. La composición es tan solemne y sencilla, tan oscura y depravada o tan obtusa y dominante, como natural, extraordinaria, orgullosa, victoriosa y triunfante a la vez. Porque entonces esa vil humillación, esa innecesaria forma de renunciar a todo por dedicar su vida a lo que ella deseaba, no fue tal humillación sin embargo... No, no terminaría siendo una humillación ni una taimada forma de agraviar a una dama -toda una magnífica belleza joven y aristocrática-, sino justo todo lo contrario. Fue entonces la humillación de los otros, la del reprimido Conrado de Marburgo y lo que él representaba lo que acabarían allí insultándose a sí mismos por completo. Como quedase además bellamente para siempre recordada la afrenta siglos después, gráficamente ahora, en este emotivo, romántico y curioso cuadro.  

(Óleo del pintor británico Philip Hermógenes Calderón, 1891, Acto de renuncia de Santa Isabel de Hungría, Tate Gallery, Londres.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Que manera tan atractiva de describir la obra de Philip Hermógenes Calderón y con todo tipo de detalles.
Con ella nos refrescas la historia a la vez que nos haces interesarnos de biografías de una forma muy amena.

Un abrazo.



Arteparnasomanía dijo...

Aunque la realidad histórica de esta humillación no se sabe exactamente, al Arte esto le dará igual, lo importante es el mensaje universal y la belleza que encierra aquí se magnífica creación.

Un abrazo agradecido.

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