16 de septiembre de 2014

La Belleza es la lucha interior por querer resguardar el recuerdo primero más maravilloso y efímero.



Para celebrar la conquista del reino de Granada, producida en el año 1492, los Reyes Católicos hispanos Fernando V e Isabel I decidieron erigir por entonces un pequeño templete en Roma, en la colina donde la tradición afirmaba que el apóstol San Pedro había sido crucificado. Años antes, en 1480, los mismos monarcas católicos habían patrocinado la construcción de una iglesia en ese mismo recinto, San Pietro in Montorio, un edificio que acabaría convertido en convento franciscano en esa misma colina llamada desde siglos atrás del Janículo. Esta colina situada al sur de la colina Vaticana no fue, sin embargo, muy afortunada en la Antigüedad ni en los siglos del oscuro medievo.

Situada a las afueras de la ciudad de Roma, más allá de las antiguas Murallas Servianas -murallas que rodeaban y resguardaban la antigua ciudad imperial-, parte de esa colina fue consagrada en los albores de la cultura latina a una deidad, Furrina, una diosa romana de la fuente del Janículo y de las aguas que abundaban en la parte más frondosa y boscosa de su suelo. Furrina era por entonces una diosa latina de la paz social, y castigaría a todos aquellos que alguna vez pudieran perturbarla. Cuando las costumbres de Roma cambiaron a peor, se relajaron mucho, como luego toda su política imperial, se dejaría de adorar a esa diosa. Simplemente se acabó temiendo que ella lanzara su furia mortal ahora contra Roma. Era mejor dejar de adorarla que arriesgarse, alguna vez, a sufrir la furia terrible y ciega de su venganza.

Así que durante el largo periodo medieval la colina del Janículo quedaría totalmente abandonada por Roma. Fue luego, en el Renacimiento, cuando empezaron a construirse algunas villas por su alrededor y la leyenda de ser el lugar donde Pedro fue martirizado llevó a consagrar ese emplazamiento a su memoria. Con unos ochenta metros de altura sobre el nivel del mar, desde el Janículo se podría observar entonces el maravilloso decorado del famoso complejo Vaticano, con la enorme Basílica y su gran y extraordinaria cúpula renacentista, una obra de Arte diseñada por el mismo arquitecto que levantase aquel pequeño templete en homenaje al martirio de San Pedro, el gran artista-arquitecto del Renacimiento que fuese Donato Bramante (1444-1514).

Aquel pequeño templete erigido en el siglo XV representaba por entonces la Belleza perfecta, la más clásica y perfecta..., aquella belleza donde ahora la circunferencia perfecta de su pequeña estructura soportaría su pequeña y perfecta cúpula. Rodeado además de unas magníficas y ordenadas columnas toscanas, un tipo de columna clásica de estilo dórico muy romanizado, algo que concentrará aquí, en tan pequeño edificio clásico, toda la grandiosidad y Belleza del Renacimiento. Y es este extraordinario monumento clásico el que, entre otros muchos, aparecerá maravillosamente incluido en la genial película italiana La grande Bellezza (2013). Porque es ahora, desde ese curioso lugar romano -el Janículo- donde comienza el filme a querer mostrarnos ya la belleza tan sugerente, efímera y deslumbrante, de la tan hermosa, fragante, eterna y brillante ciudad de Roma.

¿Qué grande Belleza será esa que el director, Paolo Sorrentino, quiere hacernos ver en su película? Porque, de pronto, dejaremos de ver esos maravillosos paisajes romanos, esas deliciosas esculturas clásicas, esa esencia de fragancia equilibrada, o de música de dioses, para asombrarnos ahora con la fuerte ruptura de una fiesta moderna, mundana, avasalladora y frívola. Y, entonces, el Arte tendrá que venir a ayudar a comprenderlo. Porque, realmente, la Belleza es aquí ahora el Arte; o, mejor aun para entenderlo más, es como el Arte... Es decir, que la Belleza es lo que, básicamente, será recreado a veces por el hombre para representar ahora lo que, en otros momentos, no pudo entonces atrapar ni aprehender como quisiera, ni volver a vivir de nuevo y para siempre...

La palabra Arte conjugará la raíz latina del término artificio, por lo tanto es un tipo de maniobra para hacernos ver ahora algo diferente, algo distinto a lo que es en verdad, a la realidad dolida o degradante de lo que es. Y que no entenderemos a veces que lo queríamos ya de antes, que lo deseamos aún..., pero que, ahora, cuando lo comprendemos mejor por padecerlo, no es más que otra cosa diferente, aquello que antes recordábamos perdidos... Porque, ¡es así!, los seres no podremos dejar de crear cosas que nos alejen de alguna forma de la sensación de vacío. Unos lo conseguirán con su trabajo, alguna tarea convencional, repetitiva o codiciosa; otros con la entrega o la compasión o la experiencia del sufrimiento; y algunos otros con la contemplación y la fragancia, con la nostalgia o el refugio... Pero, todos buscarán en algo la Belleza, una sensación que no es más que la inquietud profunda por no querer perder el recuerdo -a veces de modo inconsciente- de una juventud, sin embargo, ya perdida para siempre.

Entre los años 230 y 220 antes de Cristo, el rey griego de Pérgamo -un reino situado entonces al noroeste de Turquía, cerca de la costa del mar Egeo-, Atalo I, mandaría componer en bronce una escultura griega que recordara la victoria de su reino frente a las bárbaras tribus de los gálatas, unos pueblos celtas que habitaban en la Galia europea y que, luego, parte de ellos se desplazaron hacia el este. Muchos años más tarde, los romanos copiarían aquel mismo diseño de escultura ahora en mármol, como con tantas obras griegas clásicas ellos harían. Acabaría la escultura poco tiempo después perdida tras las asoladas pisadas del declive del imperio y los oscuros siglos subsiguientes. La impactante escultura clásica representaba a un guerrero gálata, o galo, con un realismo extraordinario. Su figura está esculpida completamente desnuda, sin nada más en su cuerpo que un pequeño collar, torque o atadura antigua, que rodeará así la base del cuello de la estatua.

Y es así como aquí, en su postura sentada y solitaria, se muestra ahora al héroe vencido, al ser que lo ha perdido todo, pero que, de todos modos, no se resistirá al vacío de dejar de ser..., de no poder ser ahora nada. La escultura clásica fue erigida, sin embargo, por los vencedores -los griegos-, y es representada aquí con el gesto más sublime admirado ya por éstos. Sus heridas las soportará el vencido hombre aquí con estoicismo, tratará el héroe galo malogrado de luchar ahora contra el destino fatídico, y conseguirá al menos no perder ni la postura ni el recuerdo, ni el pudor, ni su sentido. Apoyará en la escultura el gálata malogrado o moribundo su mano firme aquí contra su muslo, antes poderoso y fuerte, pero ya del todo malherido, derrotado él así y vencido ahora por el mundo... Y entonces, como queriendo no perder el sentido de su vigor, ni de su grandeza, ni de su momento más maravilloso y efímero, permanecerá eternamente él así para nosotros esculpido en ese gesto. Y también entre todas las posibles miradas solícitas, además, ahora ya por el anhelo más deseado y complaciente, ese mismo anhelo de querer admirar toda aquella Belleza..., ya perdida para siempre

(Detalle de la escultura romana Galo o Gálata moribundo, de una copia griega del periodo Helenístico, siglo III a.C. Museo Capitolino, Roma; Fotografía de la actriz italiana Sabrina Ferilli; Óleo del pintor inglés Richard Wilson, 1713-1782, Roma, San Pedro y el Vaticano desde la colina del Janículo, 1753, Tate Gallery, Londres; Fotografía actual de Roma desde la colina del Janículo; Cuadro del artista italiano Giovanni Paolo Panini, Capricho romano con la columna de Trajano, el Coliseo, la escultura de Gala moribundo, el Arco de Constantino y el Templo de Cástor y Pólux, 1734, Museo Thyssen, Madrid; Escultura de Gala Moribundo, Museo Capitolino, Roma; Templete de San Pietro, Colina del Janículo, Roma; Imagen fotográfica de una vista de Roma desde la colina del Janículo; Escultura del Marforio, estatua parlante romana representando al dios Océano, siglo II, d.C., Museo Capitolino, Palacio de los Conservadores, Roma; Fotograma de la película La Gran Belleza, 2013.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Con tu impecable descripción de las atractivas vistas de Roma, sus edificios o esculturas que se aprecian desde la colina, dan ganas, para los que no conocemos la ciudad, de salir volando a descubrirla. No obstante, nos tendremos que conformar de momento, con apreciar dicha belleza, valiéndonos del vídeo que nos has proporcionado de la película "la gran belleza".

En alusión a la juventud, me viene a la mente la tabla central del jardín de las delicias, repleta de jóvenes disfrutando de la vida y sus placeres.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Me temo que gran parte de esa belleza está, como todas, encerrada tras las llaves recelosas de puertas ocultas y desconocidas. Aun en Roma, la más grande sirvienta histórica de belleza civilizada del mundo. La película, que hay que verla varias veces, estimula a pensar que la belleza, no la valoración intelectual de la belleza, se encuentra en ese momento de la vida en donde ésta se traduce en una herramienta persistente y propia, más que en una grandiosidad ajena y poderosa de justificar ya la vida y su existencia, algo que se hará, y se valorará, mucho después, cuando aquélla, con el Arte, alcance ya todo su sentido.

Abrazos!

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