28 de noviembre de 2014

Arte y Belleza, dos cosas compatibles pero que no siempre contiene una a la otra.



La Belleza existe en casi cualquier cosa de la naturaleza de este mundo; en cualquier cosa que sea propia a emitir signos de equilibrio, de medida y gusto. Este placer estético, sin embargo, es abundante y puede hallarse en muchas cosas de la naturaleza con solo mirarlas de otra forma, incluso en aquellas cosas que no lo posean propiamente. Porque estas cosas son cosas que, luego, un tiempo después, no volverán a ser las mismas y producirán esa belleza desconocida si se observan de otro modo o bajo otras condiciones distintas. Entretejidas de un modo tal ahora que no correspondan a lo que aquella vez vimos de ellas antes, aunque luego incluso volvamos a ignorarlas desdeñosos... Pero en el Arte, en el verdadero Arte, eso no se dará nunca. Si queremos entender lo que es el Arte en verdad debemos comprender la diferencia entre una cosa que puede a veces producir belleza de algo que siempre la produce. Y no solo esa belleza producirá el Arte, es decir, no solo equilibrio, medida o gusto, sino que el Arte motivará en el espíritu humano algo más: un inacabable gozo de identificación estética con lo que vemos. Un logro especial que marcará una impronta en lo que sintamos en ese preciso instante y no dejará nunca de reproducirse en nuestro interior: una vaga inspiración sosegada y fervorosa de un poderoso aliento espiritual...

Sí, una vaga inspiración fervorosa, la misma que el creador tuviera antes de hacer la obra artística. La misma que le serviría para obtener, luego, la obra universal. Esa misma sensación interior que ahora, en el preciso momento en que percibamos la obra de Arte, experimentaremos, de un modo subjetivo, para albergar una impronta plástica de rasgos emotivos y espirituales en lo más profundo de nuestra conciencia. Por esto cuando miramos algún cuadro, o algo tan solo lleno de belleza, pero que no es Arte en verdad, solo percibiremos un placer efímero, tal vez maravilloso, pero que desaparecerá tan pronto, que se desvanecerá tan pronto, como hayamos encontrado luego otra cosa aún más bella que lo sustituya. En el Arte, en el auténtico Arte, nada de eso sucederá. Como, por ejemplo, lo que nos sucede con esa inspiración misteriosa, perfecta y sobrecogedora que tuviese una vez el creador francés Nicolás Poussin (1594-1665), uno de los más importantes creadores con los que poder llegar a comprender el Arte, su belleza y su verdad misteriosa. Y si nos sucede lo contrario no estará en el Arte sino en nuestra impenitente naturaleza insatisfecha.

En pleno momento del Barroco, cuando la Belleza había alcanzado las mayores cumbres de la representación artística de la historia, un creador que amaba profundamente las pautas clásicas, esas maneras de cómo debía ser creado un lienzo, alcanzaría la grandiosidad artística con la más simple de las cosas que pudieran representarse en un cuadro. Aquí, ante un escenario humano derruido, ante un paisaje ahora frugal, lejano y casi monocolor, vemos tres figuras deslucidas de belleza... Pero, sin embargo, en ellas hay ahora algo más que reflejarán las pinceladas sutiles del gran pintor francés. Tres personajes interactúan bajo las sombras de un ruinoso edificio clásico. Un hombre levanta difícilmente una losa del suelo y ellas mirarán satisfechas lo que hace. Todo correctamente dibujado: las columnas clásicas perfectas, los arcos clásicos grandiosos y separados así por el arquitrabe ahora destacado y perpendicular a aquellas columnas enhiestas. También extraordinaria es aquí la perspectiva geométrica, esa que acercará y dará profundidad, genialmente, a los personajes en su plano iconográfico barroco. Y, por fin, las figuras representadas de esos mismos personajes, nada hieráticas, apenas endiosadas, revestidas aquí de un misterio peregrino y pedestre tan solo perfilado por el alarde ahora de querer descubrir algo oculto ahí, bajo la piedra. 

El gran Arte siempre tratará de contar alguna historia, alguna leyenda o algún cuento mítico escondido entre las comisuras atrapadas ahora de colores, trazos o distancias en sus obras. Eso era así en el canon académico de entonces -siglo XVII-, algo fundamental para ejecutar una representación artística cualquiera. En este caso, en esta obra de Arte de Poussin, se cuenta ahora una leyenda griega fabulosa, la de Teseo, el héroe mitológico ateniense que nacería huérfano y que su madre ahora -en la imagen con su hija- le anuncia ahí quién es su verdadero padre -el rey Egeo-, y qué le habría dejado éste a él en herencia: las armas y su legado regio y espiritual. Pero, sin embargo, todo eso está oculto bajo la losa sagrada y pesada de un grandioso templo en ruinas. Qué mejor excusa para elogiar así el mundo clásico de las mejores virtudes humanas que recogerán los héroes en su legado espiritual, a pesar de estar escondidas o perdidas en tan ruinoso, abandonado y perdido lugar. En la imagen su madre le indicaría el lugar y Teseo se esfuerza por descubrirlo. Todo está ahora aquí en la obra: la Belleza y el Arte, pero, también la magia de la vida, la fuerza del destino o la consagración inevitable y virtuosa al mismo.

Aun con un parecido conjunto iconográfico vemos otra imagen distinta en una obra de Arte más moderna. Pero, sustituyendo ahora las columnas dóricas por un vallado pedestre, los héroes clásicos por un conjunto de niños, y la leyenda elogiosa por un infantil escenario de arrabal... Pero también veremos una perspectiva tan curiosa como la de antes, como la tan delineada perspectiva clásica de antes de Poussin, aunque aquí, a cambio de la sagrada piedra ruinosa, vemos los simples tableros de madera de un vulgar vallado de ciudad. Esta obra decimonónica, titulada Una Reunión, fue pintada al final de su vida por la artista ucraniana María Bashkírtseva (1858-1884). Pero ella, que consiguió crear imágenes correctas reflejo de una época y un momento social determinado, no alcanzaría la gloria por su pintura...  Pasaría a la historia más por su propia vida contada que por su Arte pictórico, es decir, por cómo contó su vida y cuándo lo hizo. Cómo, porque fue desgarradoramente sincera en su diario; cuándo, porque lo terminaría muy poco tiempo antes de morir. Así consiguió ella la fama, contando una historia que no pudo alcanzar llevar a ningún lienzo para contarla. En su despiadado diario dejaría escritas cosas como éstas: Es una naturaleza desafortunada la mía; yo querría una armonía exquisita en todos los detalles de la existencia. A menudo las cosas que pasan por elegantes o atractivas me chocan por no sé yo qué falta de arte, o de gracia particular. ¿Naderías? Todo es relativo. Y si una espina nos hiere tanto como un puñal, ¿qué es lo que los sabios tienen que decir? Desaparecería María Bashkírtseva a los veinticinco años de edad de una tuberculosis maligna, habiendo dejado un legado de pintura y escultura que no alcanzarían, sin embargo, la belleza de su obra literaria

Cuando la ciudad italiana de Bolonia se planteara construir una grandiosa catedral en el siglo XIV, sus promotores quisieron que fuese la más grande de todas las edificaciones sagradas de la cristiandad, incluida la basílica de San Pedro en Roma. Y así lo fue, su nave es inmensa, su altura descomunal y su volumen arquitectónico albergará el sagrado templo junto a las capillas y los retablos más artísticos de entonces. Sin embargo, su fachada gótica, su apoteósica fachada proyectada entonces como una espléndida decoración a los ojos de los transeúntes, no pudo ser acabada nunca. Y así sigue hoy. A lo largo de los siglos fue interrumpida frecuentemente una decoración de mármoles aguerridos que relieve alguno en su exterior pudiese imaginar tener para una fachada tan grandiosa. A finales del renacentista siglo XV fueron convocados escultores que tallaran el mármol para que representaran escenas bíblicas en su fachada inacabada. Una de aquellos escultores lo fue la desconocida artista Properzia de Rossi (1490-1530). Apoyada por su escultor padre, aprendería de artistas boloñeses a cincelar el mármol en aquel Renacimiento tan lleno de atrevimiento, sutileza y clasicismo.

Fue contratada en Bolonia para esculpir el mármol de la fachada de su catedral con alguna referencia histórica o leyenda bíblica. Así, elaboraría ella figuras en bajorrelieve para la fachada de San Petronio en la basílica catedral de Bolonia. En una de esas esculturas talladas en mármol representaba Properzia de Rossi la leyenda de José, el hijo menor del patriarca bíblico Jacob, un personaje hebreo que alcanzaría la sabiduría más providencial en la corte del faraón de Egipto. Expresaba el momento en que la esposa de Putifar -un alto cargo del faraón- atropella a José tratando ahora de seducirlo eróticamente. Éste se resiste decidido, como la leyenda bíblica lo cuenta orgullosa. Pero Properzia se atrevería, ¡en el año 1520!, a esculpir por entonces una de las primeras mujeres con los senos desnudos en el Arte de un relieve... Tal belleza consiguió que fue envidiada por otros escultores, artistas que trataron de denostar su figura y su genial y atrevido Arte renacentista. Diez años después de realizar aquel bajorrelieve para la fachada de Bolonia, moriría Properzia en la más desolada situación artística, desprestigiada por la maledicencia y una de las peores ofensas creativas que existan: la envidia en el Arte.

(Óleo Teseo encuentra la espada de su padre, 1638, Nicolás Poussin, Museo Condé, Chantilly, Francia; Cuadro La Reunión, 1884, María Bashkírtseva, Museo de Orsay, París; Fotografía de María Bashkírtseva, París; Lienzo de María Bashkírtseva, Autorretrato con paleta, 1882, Museo Bellas Artes de Niza, Francia; Óleo En el estudio, 1881, María Bashkírtseva, Museo de Arte de Dnipropetrovsk, Ucrania; Bajorrelieve José y la mujer de Putifar, de la escultora Properzia de Rossi, 1520, Museo de San Petronio, Bolonia, Italia; Fotografía de la Basílica de San Petronio, Bolonia.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Si ya es difícil encontrar en siglos pasados, a mujeres que hayan adquirido algún reconocimiento en el mundo de las artes, el ejemplo que citas de Properzia de’ Rossi, me llama poderosamente la atención, al tratarse de una escultora.

Me alegra que con tu entrada, colabores a restituir parte de ese prestigio, que en vida no pudieron disfrutar.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es sin duda el caso más extraordinario. En pleno Renacimiento, una mujer como ella, que no provenía de familia de artistas, y que desató así, con su belleza, la ira envidiosa y ultrajante de los demás, artistas como ella además.

Un abrazo.

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