10 de diciembre de 2014

La reinvención del Arte se basará en el realismo de la vida, de la más normal y pasajera.



Cuando el romántico y realista, y casi impresionista, pintor francés Jean-Baptiste-Camille Corot (1796-1875) crease en Italia su lienzo Marietta, no pudo por entonces sospechar lo que su gesto artístico supondría luego en la historia del Arte. Corot sería el precursor de otras tendencias posteriores, como fueran luego los impresionistas, que se inspiraron en él para convencerse de que la luz y el instante podían ser elementos muy esenciales de una creación artística. Pero antes de eso, en el año 1843, crearía Corot un desnudo de mujer como aquellas clásicas odaliscas o heroínas hermosas de antaño, pero, ahora, tan solo plasmaría en el lienzo una simple y vulgar prostituta de Roma. Y no sólo eso sino que su dibujo ahora no fue ni tan elaborado, ni tan decorado, ni tan arrebatador sensualmente como sí lo habían sido antes. No, ahora sólo era la simple imagen desnuda de una vulgar mujer romana tendida en un catre. Nada más. Y nada menos.

Corot fue el primero que desarrolló eso que, mucho tiempo después, se acabaría llamando Modernismo. El escritor y poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) lo entendió también. En 1863, veinte años después de que Corot pintase su Odalisca romana, Baudelaire escribe su ensayo El pintor de la vida moderna. En su escrito quiso reflejar el ofuscado poeta francés la experiencia fluctuante y efímera de la vida moderna, la responsabilidad que tendría el Arte de captar ahora esa nueva experiencia. Así empezaría la Modernidad... La definió Baudelaire diciendo que era lo transitorio, lo contingente, lo fugitivo, que era la mitad del Arte, cuya otra mitad sería lo eterno, lo más inmutable -representado por el Arte más clásico-, pero que el Modernismo debería incorporar ahora lo no eterno, lo más vulgar o lo pasajero.

Sin embargo, había motivos para conseguirlo. Y Corot fue el primero que comprendió que lo contingente del Arte no podía ser tan elaborado, no podía ser tan perfilado como lo había sido antes, con los académicos rasgos excelsos de la Pintura más consagrada. Así nació el Modernismo, aunque tímidamente desde entonces. Pero aún tendrían que pasar más años, muchos, hasta llegar al Arte más moderno. La actriz de teatro Sara Bernhardt (1844-1923) fue la primera que comprendió, desde que empezara a declamar sus papeles dramáticos en los teatros de Europa, que la naturalidad de la vida normal debía sustituir el histrionismo rígido y alejado de las actuaciones clásicas de antes. Y así lo hizo y triunfaría en todas las ocasiones que su arte le permitió hacerlo. Con ella comenzaría el nuevo teatro y las nuevas formas de interpretarlo.

El Realismo en el Arte tiene, básicamente, dos formas de entenderse. Una como la descripción natural de la vida más normal y vulgar de los hombres; el Barroco fue el primero que lo hizo así. Otra como el verismo más fiel a las cosas de la naturaleza, es decir, pintar las cosas como son realmente, no sólo ya por sus detalles sino por su realidad más cercana a la visión exacta de las cosas, a su reflejo real ante los ojos humanos -algo que empezaría a mediados del siglo XIX-. Y aquí el color tendría mucho que decir, porque las cosas no son tan contrastadas en la vida real como los pintores del Barroco las pintasen, por ejemplo, con aquellos colores exagerados y no tan conformes a como serán reflejados por la luz de las cosas, aunque fuesen del todo bellísimos. Pero también la perfección real del cuerpo de las personas, la proporción exacta ante el resto de las cosas, el reflejo real que de la luz natural sus cuerpos emitan. Y, además, la verdad más sincera que de sus propias imágenes pudiera obtenerse de esa misma verdad; algo que, de estar dentro de la escena retratada, el propio receptor así lo viera.

El creador francés Aimé-Nicolas Morot (1850-1913) fue un ejemplo del más sublime verismo en el Arte académico y realista de finales del siglo XIX. Un dibujante extraordinario, un recreador de la verdad en sus facetas artísticas más estéticas. Sin embargo, su modernismo para entonces no fue tal, no cumpliría aquel sentido existencialista del hombre moderno que hablaba Baudelaire. Sus obras son representaciones de gestas históricas o legendarias, de esas gestas de las que siempre se habrían representado en el Arte. ¿Qué interés podría tener descubrir el perfecto perfil anatómico de un vulgar personaje? Es por lo que estos pintores, tan escrupulosamente realistas, crearon obras de seres reconocidos en la historia o en la gran leyenda -Herodías o el Buen Samaritano- y no de representaciones normales, genéricas o banales. 

Tuvo que llegar la Posmodernidad de finales del siglo XX para crear las cosas de otra forma. La Posmodernidad, algo impreciso pero que asesinaba por la espalda a la modernidad de antes, a la que Oscar Wilde o Baudelaire habrían jurado que nunca algo así jamás pudiera morir... Sin embargo, aún tendría una de las dos cosas que el escritor decadentista francés hubiese augurado: la fugacidad de la vida, reflejo de la existencia efímera de los seres sometidos a su influencia. Y así llegaría luego el Hiperrealismo, el Realismo más fotográfico o el Superrealismo. La verosimilitud de la escena retratada se ha conseguido extraordinariamente, como en el caso del pintor chileno Claudio Bravo (1936-2011) y su obra Venus del año 1979. A diferencia de Corot, el creador chileno nos sorprenderá, ¿es una fotografía o no lo que vemos?

Aquí, en la obra superrealista de Bravo, el Arte trastocará claramente aquel sentido de modernidad, y ahora la postmodernidad del pintor chileno le llevará a sublimar lo eterno del Arte en una eternidad nada gloriosa, ni idealizada ni reflejada en ningún alarde más allá de la fidelidad exacta de la imagen a la Naturaleza. Sin embargo, la pintora brasileña actual Marta Penter (Porto Alegre, 1957) sí conseguirá aquella otra mitad efímera del Arte, esa mitad que nos describirá a todos nosotros, a los seres desconocidos en su mundo conocido... Porque es la necesidad ahora del ser humano de verse, de reflejarse de cualquiera de las posibles maneras naturales que la vida actual le obligue. Con belleza, con sensualidad y con originalidad. También con las sutiles formas de los detalles naturalistas del Barroco, pero, ahora, sin los colores grandilocuentes o realistas, o menos exactos, a la propia vida.

(Imagen reproducida -sin color- de un óleo del pintor Aimé-Nicolas Morot, Herodías, 1880, Francia; Óleo de Aimé-Nicolas Morot, El Buen samaritano, 1880, Museo de Bellas Artes de París; Cuadro de Camille Corot, Marietta, Odalisca romana, 1843, Museo de Bellas Artes de París; Obra del pintor superrealista Claudio Bravo, Venus, 1979; Óleo del pintor modernista y orientalista francés Georges Clairin, Retrato de Sara Bernhardt, 1871, Francia; Detalle azulado de una imagen fotográfica de Sara Bernhardt, del fotógrafo Felix Tournachon, conocido como Nadar, 1865, París; Imagen fotográfica original de Felix Tournachon, 1865, Retrato de Sara Bernhardt; Cuadro hiperrealista de la pintora Marta Penter, Pintura realista en óleo, 2009; Imagen fotográfica de la pintora Marta Penter creando su obra, 2009; Óleo barroco del pintor español Juan Bautista Maíno, Adoración de los pastores, 1614, Museo del Prado; Detalle de la misma obra de Maíno, con los reflejos realistas del barroco en una imagen.)

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