29 de enero de 2015

Sobrevolando el espíritu por encima de todos, de los grandes, de los ángeles, de sus colores...



Aquí podemos comprobar la resolución de estas imágenes del Museo del Prado. Debían verse bien los colores de El Greco... Es algo necesario para entender la entrada anterior, aquella donde no se alcanzaba a vislumbrar del todo la maravillosa tonalidad de este gran pintor manierista. Porque es ahora, en esta bellísima obra maestra del Arte -La Trinidad-, donde más se puedan descubrir no ya los colores sino la utilización que de ellos hace el pintor para crear cosas diferentes, otras sutiles tonalidades así como sus propias formas reflejadas en volúmenes perfilados de belleza. Otros reflejos, otras gamas, otras gradaciones ahora hacia los azules, los malvas, los bermejos, los amarillos, los grises, los verdes... Y, sin embargo, no serán aquí sólo los colores y sus formas los que hagan de esta obra una obra maestra del Arte. La historia de este lienzo es la historia del comienzo de El Greco en España. Durante la estancia de este pintor manierista en Italia, conocerá en Roma al español Luis de Castilla, un hijo natural del deán de la Catedral de Toledo, don Diego de Castilla. Entonces Luis le hablará a su padre de las maravillas artísticas del pintor cretense. Y es cuando don Diego le solicita su labor creativa al pintor griego para el retablo de una iglesia en la ciudad de Toledo: la iglesia de Santo Domingo el antiguo. Estamos en el año 1576, y España brillaba en el orbe mundial como nunca nación europea alguna lo hubiera hecho antes. Y ese retablo en Toledo es ahora, para el gran pintor español de origen griego, un maravilloso escenario para plasmar en él todo su misterioso, bello y sutil Arte.

Compuso por entonces varios lienzos para ese gran retablo. Imaginemos el hecho artístico: una pared no muy grande decorada con cinco obras maestras...  Pasarían luego allí esas obras maestras los siglos en silencio, resguardadas del paso del tiempo entre las acogedoras gruesas paredes y los anchos marcos de Santo Domingo el antiguo. Se mantuvieron las obras maestras de El Greco todos esos años con todo su vigor, con toda su fuerza, y con todo el fulgor eternizado por unos bien elegidos y fijados pigmentos cromáticos. Así hasta que llegaron luego los franceses de Napoleón en el año 1808 y lo cambiaron todo. Ellos descubrieron por entonces la España artística, un país tan cercano y tan lejano a Francia. Descubrieron que la nación europea que invadían entonces tenía, calladamente -a diferencia de Italia-, una de las colecciones de Arte más fascinantes del mundo. No pudieron por entonces evitarlo: se enamoraron del país al verlo. Comenzaron expoliándolo, pero luego, al marcharse, continuaron buscando y comprando su maravilloso Arte. Ellos, los franceses, crearon un mercado en España que no existía por entonces: la compraventa de obras de Arte. Hasta la aristocracia española y el propio rey español se contagiaron de ese fervor comercial y artístico. ¿Quiénes fueron los proveedores de ese Arte?: la Iglesia, una institución siempre necesitada de fondos, sensible a los galanteos monetarios de los oportunistas.

De ese modo, dos de los cinco lienzos de aquel retablo manierista de Toledo, los dos más grandiosos, La Trinidad y La Asunción, fueron enajenados o vendidos durante la primera mitad del siglo XIX. Los que hoy se ven en la iglesia de Toledo son copias de los mismos. ¿Dónde estarán, entonces, los originales? En Chicago y en el Museo del Prado. Pero, lo más importante es que hoy los podemos ver fascinados, y, desde aquí, desde esta entrada, por ejemplo, en todo y para todo el mundo... Al menos este lienzo, que vemos ahora aquí, representado y denominado como La Trinidad. Y, ¿qué veremos? La representación de un dogma católico, de una verdad de fe reconocida por la Iglesia Católica desde los inicios de su historia en el siglo IV. El dios único poseerá tres formas de expresión, pero una sola realidad. Nunca pudo ser representado eso en el Arte de un modo claro, solo pudo ser representado a través de símbolos o de triángulos decorados con mensajes o grabados referentes a ese dogma. Comenzaron a expresarlo en el Arte los pintores del siglo XV. Verdaderamente fueron ellos los que crearon las primeras composiciones figurativas de este curioso dogma católico. Los bizantinos y su peculiar Arte lo iniciaron tímidamente, pero, luego, los italianos siguieron avanzando en esa representación trinitaria tan compleja. ¿Cómo hacer una representación de tres personas y, a la vez, de una solo? ¿De qué forma hacerlo?

La mayoría de las veces con las figuras antropomorfas paterna y filial de Dios y Jesús, y luego el Espíritu Santo como una paloma sobrevolando ambos personajes. Pero separados ambos -Padre e hijo- en sus figuras definidas, distantes ambos personajes sagrados, el uno siempre algo más alejado del otro. Fue el renacentista pintor alemán Alberto Durero el primero que uniría a los dos sagrados personajes en el año 1511: abrazados ambos ahora tras la sufrida pasión de Cristo. En la obra de Durero se inspiraría El Greco para hacer luego, en el año 1579, lo mismo. ¿Lo mismo? No, exactamente lo mismo no. Porque el pintor cretense fue mucho más allá. El creador alemán, sin embargo, había representado años antes centrados a los dos personajes fundamentales de la Trinidad, y, sobrevolando a ambos dos, luego al Espíritu santo. Alrededor de aquellos estarían los ángeles, pero separados éstos un poco de aquéllos, como formando los ángeles un coro que rodease, respetuoso, al sagrado y único sentido de los dos divinos personajes principales de la trinidad. En El Greco, a cambio, su Trinidad es absolutamente diferente, todos los personajes retratados están ahora unidos aquí, muy juntos todos ellos, como formando así un único grupo cerrado. Hasta un ángel se permite tocar ahora con su mano el hombro sagrado de Dios... Es una composición compacta además, donde el dramatismo de la escena de Durero pintada años antes -como en casi todas las iconografías de la Trinidad- no se percibirá en El Greco. Porque aquí, en la obra maestra manierista de El Greco, los gestos serán comprensivos, compasivos, justificados, amables, sentidos todos ellos como los de unos seres más humanos que divinos...

Y el espíritu representado sobrevolará aquí por encima de todo y de todos... Se elevará ahora en forma de una paloma perfecta, de la más perfecta paloma quizás nunca representada, o pintada jamás así, en todo el Arte. Tan perfecta es como aquellos detractores críticos desearían que fuese toda la pintura del pintor cretense. Es tan perfecta, tan armoniosa, tan majestuosa y brillante esa paloma que, con todo ese maravilloso alarde artístico utilizado, el creador más original del Manierismo hispano magnificaría su sentido al propio espíritu..., un sentido ahora aquí muy diferente -más prevalecedor incluso- frente al sentido de las otras dos sagradas -más grandes doctrinalmente- representaciones figurativas de la Trinidad católica. Pero, también más prevalecedor que todas esas mismas representaciones sagradas de siempre, que todas las demás representaciones sagradas, o que todas aquellas que configurasen además, antes o después, todo aquel mismo místico sentido de siempre...

(Fragmentos del lienzo de El Greco, La Trinidad, 1579; Óleo La Trinidad, del pintor manierista El Greco, 1579, Museo del Prado, Madrid.)

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