18 de marzo de 2015

El escenario romántico por antonomasia, aquel en el que no importará otra cosa..., salvo él mismo.



El pintor más romántico de todos tal vez lo fuera el francés Theodore Géricault (1791-1824)... Su corta vida estuvo contenida con los elementos propios de una pasión, de una huida, de un desasosiego, de un regreso y de una rebeldía. Tuvo que abandonar Francia, urgentemente, por una inapropiada relación con una tía suya, mujer a la que, al parecer, habría dejado embarazada. Viajaría luego a Italia, y recorrería sus paisajes y las obras de Arte de su admirado Miguel Ángel. Durante los años 1816 y 1817 visitará Florencia y Roma, y acabaría inspirándose para componer un grandioso lienzo, uno que nunca acabaría. Regresaría después a París y pintaría sólo aquello que su ánimo romántico le pidiera. No vivió nunca de la Pintura, gracias sobre todo a su linaje, pero pudo, a cambio, realizar las obras de Arte que él quería realizar, sin dejar que opinión ni menoscabo alguno le condicionase su obra. Por eso pintaría La balsa de la Medusa (desastre de un naufragio que humillaría a Francia a principios del siglo XIX), a pesar del rechazo que las autoridades francesas tuvieron a que se publicitara aquella terrible tragedia. Por eso no dudaría en hacer, con su tendencia romántica, un atisbo artístico de crítica social frente a los desposeídos o a los marginados, algo que el realismo subsiguiente llevaría, verdaderamente, a representar en el Arte sin complejos.

Pero, en un ejemplo de paisaje romántico, de paisaje romántico por antonomasia, Géricault compone, en su estudio de París, en el año 1818, dos obras de Arte con dos momentos recordados de aquel viaje a Italia. En esos dos paisajes paradigmáticos del escenario romántico, Géricault describe los elementos que se precisan en un paisaje para expresar un sentimiento visual que contenga así ese espíritu romántico... Primero un río, el cauce de una rivera tranquila, no de rápidos ni de una cascadas; seguidamente un puente, un acueducto inspirador, o unos arcos que lo sobrepasen. Luego, unas elevaciones montañosas, cercanas y a la vez lejanas a nosotros. No servirán, para el paisaje romántico, una llanura o una meseta..., ni siquiera un valle. También son necesarias unas edificaciones, pocas, pero algunas; pero sobre todo unos castillos, torres o ruinas, porque no bastan, ni se requieren tanto, casas, hogares sencillos o cabañas rústicas. Un elemento imprescindible además es un cielo no despejado, uno cargado de nubes inofensivas, poderosas o envolventes. Otro elemento vital del paisaje romántico será la luz, pero una luz que no solo dé vida a los colores o a las formas, no, mejor una luminosidad que deberá señalarse claramente entre las cosas que ilumine, entre los bordes de los árboles, entre las piedras de los fuertes o entre las sombras que produzca. Pero será una luz solar ahora, una que no sabremos de dónde proviene; es decir, que el sol no debe aquí verse, no podemos más que notar ahora sus efectos, pero nunca ver su halo poderoso brillar en ese lienzo. Por último, pueden estar también, en ese paisaje romántico, unos seres humanos. Pero, sin embargo, éstos ahora no interesarán, no importarán aquí, no estarán hay por nada especial, tan sólo para justificar ese paisaje...

De ese modo compuso Theodore Géricault sus dos obras de paisajes románticos italianos. Una, Paisaje con Acueducto, la otra, Paisaje con tumba romana, ambas obras pintadas en el año 1818. El primer cuadro es un atardecer; el segundo un amanecer. Y efectivamente así es porque ahora la luz del sol -al atardecer- es más poderosa, más brillante, más desgarradora incluso, de un resplandor llameante que, contra todas las cosas, aún su luminosidad perfilará con sus rayos creadores... Y así es en la primera obra, donde veremos la luz en la parte izquierda del lienzo amarillear poderosa. En el otro lienzo la luminosidad solar es más suave, más agradecida o salvadora de sombras, algo que luego, con la elevación radiante del sol, acabará poco a poco venciendo las recónditas esquinas más ocultas a su luz. Pero, sin embargo, todos esos elementos se precisarán para llevar a cabo un paisaje romántico. Un paisaje, es decir, un espacio para recrear con él un único sentido artístico, y no para contar alguna cosa, o para describir algo concreto, o para relatar una leyenda, o para denunciar alguna calamidad. No, es tan solo para emocionar con el espíritu que de su luz, la de la mañana o la de la tarde -nunca un paisaje romántico será al mediodía-, pueda componerse en un escenario tan efímero. Porque el escenario romántico no solo buscará retratar un espacio sino también el tiempo. Las dos cosas son aquí inevitables, como la inutilidad poderosa de lo que representa, como la grandiosidad tan limitada de las cosas; como la innecesaria esperanza de sus formas, o como la irrelevancia más universal de lo vivido.

(Las dos obras del pintor romántico Theodore Géricault: Óleo Paisaje con acueducto, 1818, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York; Óleo Paisaje con tumba romana, 1818, Museo de Bellas Artes de París.)

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