31 de agosto de 2015

Un homenaje al Arte más sublime, la Pintura, y a la historia de una heredera y mujer.



En la Pintura española del siglo XVII se glosaría la historia de España porque fue la Corona real la que auspiciaría, fomentaría y coleccionaría Arte. El gran creador Velázquez fue la piedra angular sobre la que la Monarquía hispánica pudo conseguir la mayor de las glorias iconográficas. Pero esa publicidad de entonces no fue suficiente. Poco después de realizar Velázquez (1599-1660) su obra Las Meninas en el año 1656, el imperio español sería humillado y derrotado por una Francia ahora engrandecida en aquellos campos europeos llenos de sangre. Habrían de pasar sesenta o más años para que un heredero de la monarquía española -de origen francés curiosamente-, el rey Felipe V, pudiese conseguir volver a situar España entre las más importantes naciones de la Europa del siglo XVIII. Pero, ¿qué había sucedido para que el mayor imperio conocido desde la antigua Roma hubiese caído de esa forma tan sorprendente? La monarquía como forma de gobierno tuvo sus ventajas en la historia. Desde que los reyes visigodos comprobasen que sus antecesores -monarcas electivos- habían sufrido demasiadas traiciones y crímenes para eliminar la dinastía -porque no se heredaba la corona en el primogénito, solo se designaba al heredero en otro noble a elección, cuando no se aclamaba al futuro rey en un personaje poderoso-, la monarquía visigoda comprendería pronto que una forma de evitar el asesinato regio era hacer heredar la corona en el primogénito del rey, fuese éste hombre o mujer, aunque con prevalencia masculina, para mantener la dinastía y el reino. De ese modo se evitaban las traiciones, los asesinatos regios y la inestabilidad. Sin embargo, si el heredero no era un prodigio de sabiduría, bondad, equilibrio, inteligencia, fuerza o fertilidad, la corona estaba, a cambio, en muy serio peligro de extinción o degradación dinástica.

Y eso fue lo que sucedió en el reinado de Felipe IV de España entre los años 1621 y 1665. El rey contrajo matrimonio siendo niño -con solo diez años- con la francesa Isabel de Borbón, de doce años de edad. Nacieron de ese matrimonio seis hijas y un solo varón. Éste -Baltasar Carlos- fallecería a los diecisiete años dejando desolado al rey y su gran e inmenso imperio. De las seis hijas, cinco fallecerían en la infancia y solo una sobreviviría. María Teresa de Austria fue entonces el futuro sostén de aquel reino español durante los difíciles años de su decadencia. Ella sería designada desde niña para casarse con el poderoso rey francés, el temible, ambicioso, desalmado y traicionero rey Sol Luis XIV de Francia. La reina Isabel de Borbón fallece a los cuarenta y un años en el Palacio Real de Madrid, cuando la pequeña María Teresa tenía solo seis años de edad. Si no hubiese fallecido la reina el rey Felipe IV de España no se hubiese casado de nuevo, y, por tanto, hubiese dejado la herencia de su Monarquía en las dulces, pero decididas, manos de su hija María Teresa.

Cinco años después de la muerte de la reina Isabel, el rey Felipe IV volvió a casarse con cuarenta y cuatro años con una sobrina suya de solo quince, Mariana de Austria. El matrimonio tuvo tres hijas y tres hijos. La mayor de ellos fue la infanta Margarita (1651-1673), la única hija que sobrevivió. El príncipe Felipe, nacido seis años después que Margarita, moriría con cuatro años dejando de nuevo al rey español más desolado que antes. El otro hijo, Fernando, solo sobrevivió un año. Y el menor de todos ellos, Carlos, diez años menor que Margarita, sobreviviría difícilmente y acabaría, a pesar de sus deficiencias físicas y mentales, llevando por fin la corona de España entre los años 1666 y 1700. Así que la mimada, elegante, aristocrática y decidida hija Margarita fue la esperanza durante muchos años de su fatalmente poderoso padre, un rey destinado a contemplar el peor de los destinos que un gran hombre pudiera: observar como todo su poder se deslizaba, inevitablemente, entre los frágiles dedos de su desgraciada historia.

Cuando el pintor del reino Diego Velázquez decide componer su obra de Arte más extraordinaria -Las Meninas-, fijaría en su lienzo barroco la imagen más bella de la infanta Margarita, una imagen confiada, aleccionadora, exultante y esplendorosa: la que de una heredera regia pudiese pintarse en una ocasión parecida. El mismo año de esa creación artística, 1656, otro pintor español, Juan Bautista Martínez del Mazo (1611-1667), yerno de Velázquez, pinta otro retrato de la infanta Margarita. Fue pintado en el mismo año, pero el yerno no consigue la mirada confiada y bella que su suegro lograse de Margarita en su genial obra de Arte. Ni la mirada ni la esperanza... Pero, probablemente, sí conseguiría el yerno del genio español otra cosa entonces: anticipar con el gesto adusto de ella la desgraciada vida de la pequeña heredera. Esto es algo prodigioso, ¿fue clarividencia artística e histórica o tan solo pura casualidad? No creo que fuera esto último ya que nada es porque sí en el Arte. No significa que Velázquez no se percatara también de la decadencia, es posible que el insigne pintor español quisiese ofrecer con su obra maestra de Arte una justificación poderosa, sin embargo, para hacer coincidir en la historia futura su propio deseo con el de su regio mentor.

Seis años después de aquello, en el año 1662, el mismo pintor Martínez del Mazo -yerno de Velázquez y discípulo suyo- lleva a cabo otro retrato de la infanta Margarita. Ahora es ella una pequeña adolescente, una joven que solo un año después fue comprometida en una boda regia con su tío Leopoldo I, emperador de Austria. Pero su padre Felipe IV se negaba a que ella dejara la corte madrileña todavía. Sabría el rey que su aún pequeño hijo Carlos era un ser débil, que la herencia hispánica estaba frágilmente predestinada con él. No consintió el viejo rey español que ella, su hija Margarita, se fuese de su lado para unirse definitivamente a su imperial esposo austríaco. Pero la muerte del rey español en el año 1665 lo llevaría todo a un efecto inevitable solo un  año después. Fue entonces cuando el pintor Martínez del Mazo vuelve a retratar a la infanta en Madrid, pero ahora ella con quince años y totalmente enlutada por la muerte de su padre. Pocos días después, viaja a Austria para reinar como consorte en la corte vienesa del emperador Leopoldo I.

Velázquez la había retratado antes en otra ocasión, cuando ella tenía ocho años y seguía siendo la ilusión de un imperio, la esperanza de un padre y la tranquilidad y seguridad de una nación ya desvanecida en la historia. Pero aquí, en este otro retrato, Velázquez la vuelve a pintar aristocrática y segura, decidida y embellecida de nuevo, por una mirada y un gesto tan maravilloso como el que insinuara en sus meninas, algo que contrastaría con el retrato que su yerno hiciera tres años después, aun manteniendo la misma e idéntica noble pose aristocrática. Un seguidor del pintor Rubens, el creador flamenco Jan Thomas (1617-1678), la pinta además en el año 1667 en la corte de Viena, cuando Margarita sabría por entonces que solo sus herederos podrían reinar por su padre en España si su hermano Carlos -el futuro Carlos II- no pudiese hacerlo. Pero la historia es imprevisible -salvo para algunos sutiles pintores inspirados- y la herencia regia de su hermano Carlos II determinaría que fuese la rama francesa -Borbón- de la familia la que reinase por no tener él herederos directos. Y en su obra barroca el pintor flamenco la retrata joven y lozana aunque ataviada con los ornamentos y vestidos imperiales de la corte austríaca. ¿Parece ella misma?, ¿parece aquella misma niña confiada y elegante, tan prodigiosamente poderosa, que Velázquez representara entonces en su genial obra artística barroca?

Porque lo que Las Meninas fue, sobre todo, tuvo más que ver con un sutil homenaje a la Pintura que con otra cosa. Había que representar magníficamente el futuro de la Corona hispánica, había que glosar su flamante y única heredera posible. Y el gran pintor Diego Velázquez lo consiguió, a pesar de que sospechara las grandes dificultades que aquella herencia real tuviese. Pero lo hizo así, era su trabajo en la corte y realizó una obra extraordinaria, algo nunca visto antes ni después en un lienzo en toda la historia. Sin embargo debía Velázquez encuadrar toda esa representación regia en un entorno determinado. Tenía que ser en el Palacio Real de Madrid, pero, ¿cuál estancia de ese viejo, vetusto y decadente Palacio elegir? El genio artístico más grande de la historia decidió entonces que fuese el cuarto del Príncipe en el viejo Alcázar madrileño, un lugar lleno de muchos cuadros en todas sus paredes. Y en una estancia sin mayor decoración, sin lujos, sin muebles, sin nada más -aparte de cuadros- que un espejo en la pared del fondo donde se reflejan ahora los monarcas hispanos (Felipe IV y Mariana de Austria) deslavazadamente -una señal premonitoria de la debilidad de la monarquía-, Velázquez se retrata a sí mismo pintando la escena prodigiosa. Indicando así la gran importancia de su artístico oficio, dándole una relevancia mayor al Arte que a cualquiera otra dedicación o actividad, sea regia o noble o palaciega. Salvo, quizá, la de su pequeña protagonista infantil, aquella heredera que entonces concentrara la mayor esperanza de un pueblo. Seis años después de retratarla el pintor flamenco Thomas, la hija del mayor monarca de todos los tiempos fallecería en Viena a los veintiún años de edad, víctima del difícil parto de uno de aquellos herederos de su padre que nunca, nunca, reinarían jamás en España.

(Óleo Las Meninas, Diego de Silva y Velázquez, 1656, Museo del Prado, Madrid; Retrato de Margarita de Austria, 1656, Juan Bautista Martínez del Mazo, Museo del Louvre, París; Detalle del lienzo Las Meninas, imagen de Margarita de Austria, Velázquez, 1656, Prado; Retrato de Margarita de Austria, 1662, Juan Bautista Martínez del Mazo, Museo Bellas Artes de Budapest; Lienzo de Velázquez, La infanta Margarita en azul, 1659, Museo de Bellas Artes de Viena; Óleo La emperatriz Margarita de Austria, 1666, Juan Bautista Martínez del Mazo, Museo del Prado; Cuadro del pintor flamenco Jan Thomas, Emperatriz Margarita Teresa de Austria, 1667, Museo de Bellas Artes de Viena.)

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